Vatia Isaurico habló después de Cicerón y se expresó en términos parecidos, aunque no lo hizo ni la mitad de bien. El viejo maestro había vuelto, y no había nadie a su altura. Significativamente, la Cámara se atrevió a aplaudir.
Así, cuando Antonio volvió a Roma desde Tibur, se encontró con el Senado de un humor distinto y toda clase de rumores en el Foro, donde los asiduos comentaban incansablemente el brillante y valiente discurso, oportuno y muy bien recibido.
Antonio reaccionó con virulencia y exigió la presencia de Cicerón en la Cámara para oír su respuesta el decimonoveno día de septiembre; pero la rabia de Antonio contenía un miedo palpable, poseía cierta bravuconería que nadie le había visto ni oído antes. Pues Antonio sabía que si dos cónsules del prestigio de Cicerón y Vatia Isaurico se atrevían a hablar abiertamente contra él en la Cámara, significaba que su influencia declinaba. Una conclusión que se vio confirmada a mediados de ese mismo mes cuando erigió en el Foro una nueva estatua de César, con la estrella en la frente y con una inscripción negando que César fuera un dios. El tribuno de la plebe Tiberio Canutio criticó la inscripción en un discurso ante la multitud, y de pronto Antonio se dio cuenta de que hasta los ratones sacaban los dientes.
Si alguien tenía la culpa por el cambio de actitud, pensó Antonio, era Octaviano, no Cicerón. Ese chico tan dulce, recatado y guapo estaba tramando contra él en todos los frentes. A partir del día en que los centuriones lo obligaron a disculparse en público ante Octaviano, Antonio se había dado cuenta de que no se las estaba viendo con un invertido; se las estaba viendo con una cobra.
Así pues, cuando la Cámara se reunió el decimonoveno día de septiembre, lanzó una diatriba contra Cicerón, Vatia, Tiberio Canutio y todos los que de pronto se habían atrevido a criticarlo abiertamente. No mencionó a Octaviano -habría hecho el ridículo-, pero sí abordó el tema de los Libertadores. Por primera vez los condenó por haber segado la vida de un gran romano, por haber actuado de manera inconstitucional, por haber cometido un flagrante asesinato. Este cambio de actitud no pasó desapercibido; la balanza empezaba a inclinarse en contra de los Libertadores si hasta Marco Antonio veía la necesidad de hablar mal de ellos.
Y Marco Antonio atribuía la culpa de todo única y exclusivamente a Octaviano. El heredero de César proclamaba en términos inequívocos, para cuantos estuvieran dispuestos a escucharle, que mientras los Libertadores siguieran impunes, el espíritu de César no descansaría en paz. ¿Acaso la stella critina no anunció con la fuerza de un trueno que César era un dios? ¡Un dios romano! ¡De un poder y una trascendencia enormes para Roma, pero que no descansaba en paz! Y Octaviano tampoco se limitaba a pronunciar sus afirmaciones categóricas ante el pueblo llano. También se manifestaba ante las clases altas. ¿Qué pensaban hacer Antonio y Dolabela con los Libertadores? ¿Acaso iban a aprobar una traición evidente, incluso a ensalzarla? En los meses transcurridos desde los idus de marzo, dijo Octaviano a todos, sólo hubo pasividad y permisividad; los Libertadores se paseaban como hombres libres a pesar de haber matado a un dios romano. A un dios que no recibía sacrificios oficiales y que no descansaba en paz.
Hacia finales del primer nundinum de octubre, el creciente complejo de persecución de Antonio lo llevó a expulsar de su escolta a los soldados veteranos. Arrestó a unos cuantos acusándolos de intento de asesinato, e incluso llegó a decir que Octaviano había pagado para que lo mataran. Octaviano, indignado, se subió a la tribuna del Foro ante un público sospechosamente numeroso y negó la acusación con vehemencia. Fue un excelente discurso. Cuantos lo escucharon le creyeron a pies juntillas. Antonio captó el mensaje y tuvo que conformarse con destituir a los hombres a los que había acusado, sin atreverse a ejecutarlos. De haberlos castigado, él mismo se habría hecho un daño irreparable a los ojos de soldados y civiles por igual. Al día siguiente del discurso de Octaviano, nuevas comisiones de las legiones y los veteranos acudieron a verlo para informarle de que no consentirían que Antonio tocara un solo pelo de la hermosa cabeza dorada de Octaviano. De algún modo -Antonio no entendía cómo- el heredero de César se había convertido en un talismán de la buena suerte para el ejército; formaba ya parte del culto legionario junto con las Águilas.
– ¡No me lo puedo creer! -gritó Antonio a Fulvia, dando vueltas como una bestia enjaulada-. ¡Si es un niño! ¿Cómo lo hace? ¡Porque te aseguro que no tiene a ningún Ulises susurrándole consejos al oído sobre cómo tiene que hacerlo!
– ¿Y Filipo? -sugirió ella.
Antonio resopló despectivamente.
– ¡Imposible! Le preocupa demasiado salvar su propio pellejo, como lo ha hecho toda su familia desde hace muchas generaciones. ¡No hay nadie, Fulvia, nadie! ¡Esa astucia, esa malicia…! ¡Sale todo de él! ¡Ni siquiera entiendo cómo César pudo adivinar su verdadera naturaleza!
– Te estás cavando tu propia fosa, querido -dijo Fulvia, muy convencida-. Si te quedas en Roma, acabarás matando a todos, desde Cicerón hasta Octaviano, y eso sería tu perdición. Lo mejor que puedes hacer es irte a luchar contra Décimo Bruto en la Galia Cisaipina. Con una victoria o dos contra el principal instigador de los Libertadores recuperarás tu posición. Es imprescindible que te hagas con el control del ejército, así que concéntrate en eso. Asume que no tienes madera de político. El político es Octaviano. Haz que saque los colmillos ausentándote de Roma y el Senado.
Seis días antes de los idus de octubre, Marco Antonio y Fulvia, con el vientre muy abultado, partieron juntos de Roma para ir a Brindisi, donde debían desembarcar cuatro de las seis legiones macedonias de veteranos.
Antonio tenía como mínimo un casus belli parcial, ya que Décimo Bruto, desoyendo las directrices del Senado y de la Asamblea de la Plebe, insistía en que él era el legítimo gobernador de la Galia Cisalpina, y seguía reclutando soldados. Antes de abandonar Roma, Antonio mandó una enérgica orden a Décimo Bruto para que dejara su provincia, porque él iría a sustituirlo como nuevo gobernador. Si Décimo se negaba a obedecer, Antonio tendría un casus belli completo. Y Antonio estaba seguro de que Décimo no obedecería. Si no lo hacía, su carrera pública habría acabado y debería afrontar inevitablemente la perspectiva de un juicio por traición.
Para que no le ganaran la partida, al día siguiente de marcharse Antonio y Fulvia, Octaviano dejó Roma con destino a los campamentos legionarios de Campania. Varias legiones embarcadas en Macedonia acampaban allí, junto con miles de veteranos y hombres jóvenes que se habían alistado cuando Ventidio empezó a reclutar.
Octaviano se llevó a Mecenas, Salvidieno y Marco Agripa, que acababa de regresar con dos carromatos cargados de tablas. También los acompañaba el banquero Cayo Rabidio Póstumo, junto con el ciudadano más eminente de las Velitras Latinas, un tal Marco Mindio Marcelo, un acaudalado pariente de Octaviano.
Empezaron la leva en Casilinum y Calatia, dos pueblos pequeños del norte de Campania situados en la Via Latina. Los hombres de la zona que se habían alistado, fueran veteranos o jóvenes, recibieron dos mil sestercios en el acto, y se les prometieron otros veinte mil si juraban adherirse al heredero de César. En el espacio de cuatro días, Octaviano contaba con cinco mil soldados dispuestos a marchar a cualquier parte con él. Era maravilloso disponer de fondos para la guerra.
– No creo que sea necesario reclutar a todo un ejército -dijo Octaviano a Agripa- No tengo la experiencia ni el talento para enfrentarme a Marco Antonio en una guerra. Lo que hago es dar la impresión al resto de las legiones de que necesito una sola legión para protegerme de Antonio. Y eso harán Mecenas y sus agentes: correr la voz de que el heredero de César no quiere entrar en combate, sino simplemente sobrevivir.