Выбрать главу

Habiendo actuado con tal precipitación que ni siquiera llevó consigo soldados, Antonio no estaba en situación de castigar a la Legio Martia como había hecho en Brindisi cuando la encontró en Alba Fuquentia. Buen orador, se vio obligado a intentar hacer entrar en razón a los legionarios, disuadirlos de su actitud. Fue en vano. Los hombres lo calificaron de cruel y mezquino y declararon categóricamente que sólo lucharían al servicio de Octaviano. Cuando Antonio les ofreció dos mil sestercios por cabeza, se negaron a aceptar el dinero. Así que Antonio se conformó con decirles que no valían ni la pizca de sal que llevaba encima un legionario y regresó a Roma desacreditado, mientras la Legio Martia iba a reunirse con Octaviano en Arretium. Lo único que Antonio averiguó de la Legio Martia fue que ninguno de los soldados de su bando o del bando de Octaviano lucharían entre sí si él intentaba librar batalla. La pequeña serpiente que ahora se hacía llamar sin pudor Divi Filius podía quedarse a salvo en Arretium. De regreso en Roma, Antonio violó una vez más la Constitución: convocó al Senado a una sesión nocturna en el templo de Júpiter óptimo Máximo. El Senado tenía prohibido celebrar asambleas tras ponerse el sol, pero la sesión tuvo lugar de todos modos. Antonio prohibió asistir a los tribunos de la plebe, Tiberio Canutio, Lucio Casio y Décimo Carfuleno, y de nuevo propuso que se declarara hostis a Octaviano. Antes de que pudiera solicitar una votación, llegó otra noticia catastrófica. La Cuarta legión también se había unido al bando de Octaviano, y con ella el cuestor de Antonio, Lucio Egnatuleyo. Por segunda vez Antonio fue incapaz de proscribir al heredero de César, y para colmo Tiberio Canutio le hizo llegar el mensaje de que en caso de presentar una petición de privación de derechos contra Octaviano, él tendría el placer de vetarla cuando se pasara a la Asamblea de la Plebe para su ratificación.

Así pues, mientras la Cuarta legión iba a reunirse con Octaviano en Arretio, la sesión del Senado convocada por Antonio acabó tratando de asuntos insignificantes. Antonio elogió encarecidamente a Lepido por llegar a un acuerdo con Sexto Pompeyo en la Hispania Citerior y arrebatar luego la provincia de Creta a Bruto y la provincia de Cirenaica a Casio. Su antigua provincia de Macedonia (ahora sin la mayor parte de sus quince legiones) la cedió a su hermano pretor, Cayo Antonio.

Y lo peor era que Antonio no tenía a Fulvia para aconsejarle. Había roto aguas mientras él hablaba en la Cámara, y por primera vez en una larga sucesión de partos, sufrió mucho. El segundo hijo que tuvo con Antonio nació por fin, dejando a Fulvia gravemente enferma. Decidió llamar al niño lulo, que era un insulto directo a Octaviano, ya que ponía de relieve la sangre juliana de los Antonios. Julo era hijo de Eneas, el fundador de Alba Longa, el pueblo romano, y de los Julianos.

Todos los interesados compinches de Antonio habían ido a esconderse, abandonándolo a los consejos de sus hermanos, que no eran gran ayuda ni consuelo. Los acontecimientos habían tomado un curso tan complejo e inquietante que Antonio era incapaz de controlarlos, sobre todo en esos momentos en que el miserable Dolabela había abandonado su puesto para marcharse a Siria. Al final, Antonio decidió que la única actuación posible era marchar hacia la Galia Cisalpina para expulsar a Décimo Bruto, que había contestado con una contundente negativa a su orden de dejar la provincia. Ésa había sido desde el principio la sugerencia de Fulvia, y normalmente tenía razón.

Octaviano tendría que esperar hasta que él derrotara a Décimo; Antonio había pensado que en cuanto aplastara a Décimo, heredaría sus legiones, que no sentirían la menor lealtad hacia el heredero de César. Entonces actuaría.

No había tenido la sensatez y la paciencia de comportarse como debía cuando Octaviano entró en escena, pues no le había dado la bienvenida ni aprendió a conocerlo. En lugar de eso había rechazado al muchacho, que cumplió diecinueve años el vigesimotercer día de septiembre. Ahora se encontraba con un adversario cuya valía no se había demostrado ni era fácil de prever. Lo mejor que podía hacer antes de partir hacia la Galia Cisalpina era promulgar una serie de edictos denunciando al ejército de Octaviano como ejército privado, y por tanto traicionero, y calificándolo de espartaquista más que de catilinario, presentando así a los hombres totalmente romanos de Octaviano como una chusma de esclavos. Los edictos también contenían jugosas pullas sobre la homosexualidad de Octaviano, la gula de su padrastro, la falta de castidad de su madre, la fama de ramera de su hermana y la pueril inutilidad de su verdadero padre. Roma leyó esos edictos y rió con incredulidad, pero Antonio ya no estaba presente para ver cómo eran acogidos. Iba camino del norte.

En cuanto Antonio se hubo ausentado Cicerón inició su segundo ataque contra él. No podía llamarse discurso, porque no llegó a pronunciarlo; en lugar de eso lo publicó. Pero contestaba a todas las acusaciones contra Octaviano, y proporcionaba a sus ávidos lectores una larga retahíla de torpezas del cónsul superior: sus amigos íntimos eran famosos gladiadores como Mustela y Tiro, libertos como Formio y Cnato, actrices de mala vida como Citeris, actores como Hirpias, mimos como Sergio, y jugadores como Licinio Dentículo. Insinuaba asimismo que Antonio había tomado parte en la conspiración para asesinar a César, y de ahí su posterior reticencia a procesar a los culpables. Acusaba a Antonio de robar los fondos para la guerra de César así como setecientos millones del templo de Ops, y afirmaba que lo había destinado todo a pagar sus deudas. Después de eso enumeraba con todo detalle los testamentos de hombres que se lo habían dejado todo a Antonio, y respondía al infundio de la homosexualidad de Octaviano describiendo pormenorizadamente la larga relación de Antonio con Cayo Curio, más tarde uno de los maridos de su ex esposa. Señalaba después sus actos de libertinaje y sus excesos, desde la multitud de queridas hasta el carro tirado por leones, pasando por sus vomitonas en la tribuna del Foro y en otros lugares públicos. Roma disfrutó leyendo el panfleto. Con Antonio ausente -estaba atacando la ciudad de Mutina, donde Décimo Bruto se había hecho fuerte- y Octaviano aún en Arretium, Roma estaba por fin en manos de Cicerón, que seguía lanzando sus diatribas contra Antonio con creciente audacia y vehemencia. En ellas empezó a traslucirse cierta admiración por Octaviano: si Octaviano no hubiera marchado sobre Roma, Antonio habría asesinado a todos los cónsules que quedaban y asumido el poder absoluto, así que Roma estaba en deuda con Octaviano. Como ocurría con la retórica de Cicerón, por escrito o de viva voz, la información era imprecisa en la medida de su conveniencia, y la verdad elástica.

La influencia de los seguidores de Catón y los Libertadores casi había desaparecido por completo del Senado, que ahora se dividía en dos nuevas facciones: los partidarios de Antonio y los de Octaviano. Y esto pese a que uno era cónsul superior y el otro ni siquiera había llegado al Senado. Mantener la neutralidad era cada vez más difícil, como estaban comprobando Lucio Piso y Filipo. Naturalmente, gran parte de la atención de Roma se centraba en la Galia Cisalpina, a la que se le echaba encima un crudo invierno; por tanto la acción militar sería lenta y poco decisiva hasta la primavera.

A finales de diciembre, acampadas sus tres legiones cómodamente en los aledaños de Arretium, Octaviano regresó a Roma, donde su familia lo recibió con intranquila alegría. Filipo, que se negaba rotundamente a comprometerse en público con Octaviano, no era tan reacio en privado, y pasaba horas y horas con su hijastro descarriado aconsejándole cautela, diciéndole que no debía embarcarse en una guerra civil contra Antonio, que no debía insistir en que lo llamaran César o, peor aún, Divi Filius. El marido de Octavia, Marcelo el joven, había llegado a la conclusión de que Octaviano poseía una gran fuerza política y no tenía que esperar a la madurez para reclamar un alto cargo, y empezó a cultivar su relación con él. Los dos sobrinos de César, Quinto Pedio y Lucio Pinario, expresaron su firme apoyo a Octaviano. Había otros tres hombres en la periferia de la familia, ya que el padre de Octaviano había estado casado antes de su matrimonio con Atia, y había tenido una hija, llamada también Octavia. Esta Octavia había contraído nupcias con Sexto Apuleyo, y tenía dos hijos adolescentes, Sexto y Marco. También los Apuleyos comenzaron a rondar al muchacho de diecinueve años que había asumido el liderazgo de la familia.