Muy enojado, Décimo envió una orden directa a las seis legiones cuyos representantes le dijeron sin tapujos que pertenecían al joven César y que preferían quedarse con el joven César. Éste pagaba bonificaciones decentes. Además, ¿por qué deberían prestar sus servicios a un hombre que había asesinado al viejo general? Se mantendrían fieles a un César, no querían verse involucrados con un asesino.
De este modo, Décimo se vio obligado a marchar hacia el oeste tras los pasos de Antonio con algunas de sus propias tropas de Mutina y las tres legiones de reclutas itálicos de Hirtio que, curtidos en Mutina, eran por consiguiente los mejores hombres de los que disponía. Aunque ¡qué no daría por tener las seis legiones de Octaviano!
Octaviano se retiró a Bononia y allí acampó con la esperanza de que Décimo encontrara su ruina. Puede que Octaviano no fuera un general, pero sin duda era un estudiante de la política y las luchas por el poder. Sus propias perspectivas eran pocas y desfavorables si Décimo no fracasaba. Octaviano sabía que si Antonio se unía a Ventidio y conseguían atraer a Planco y a Lepido a su bando, lo único que Décimo tenía que hacer era llegar a un acuerdo con Antonio. Una vez conseguido aquello, todos juntos se volverían contra él, Octaviano, para destrozarlo. Su única esperanza era que Décimo fuera demasiado orgulloso y demasiado corto de vista para ver que negarse a unirse a Antonio anunciaba su ruina.
Nada más recibir la presuntuosa carta de Cicerón en la que le decía que se preocupara de sus propios asuntos en sus provincias, Marco Emilio Lepido reunió sus legiones y las trasladó a las inmediaciones de la orilla occidental del río Ródano, la frontera de la provincia narbonense. Fuera lo que fuese lo que ocurriera en Roma y en la Galia Cisalpina, su intención era estar en posición de demostrar a los advenedizos como Cicerón que los gobernadores de provincia formaban una parte igual de grande del tumultus que cualquier otro. Era el Senado de Cicerón el que había declarado inimicus a Marco Antonio, no el Senado de Lepido.
Lucio Munatio Planco en la Galia Trasalpina no estaba muy seguro de a qué Senado servía, pero un estado de tumultus en Italia era lo bastante grave como para reunir sus diez legiones al completo y dirigirse hacia el sur a lo largo del Ródano. Cuando alcanzó Arausio, se detuvo en seco; sus exploradores le informaron de que Lepido y su ejército de seis legiones estaban acampados a tan sólo cuarenta millas de allí.
Lepido envió a Planco un mensaje cordial que rezaba: «¡Ven a visitarme!»
Aunque conocía que Antonio había sido derrotado en Mutina, el precavido Planco no sabía nada de Ventidio y de las tres legiones de picentinos que marchaban en auxilio de Antonio, o de la negación de Octaviano a cooperar con Décimo Bruto. De este modo, Planco decidió hacer caso omiso de la cordial tentativa de acercamiento de Lepido. Dio media vuelta y avanzó un poco hacia el norte para ver qué ocurría a continuación.
Entretanto, Antonio se había apresurado a llegar a Dertona y allí tomó la Vía Emilia Escauri hacia la costa del mar toscano de Genua, donde se encontró con Ventidio y las tres legiones picentinas. Entonces dejaron una pista falsa para el perseguidor Décimo Bruto con la intención de hacerle creer que avanzaban por la Via Domitia en dirección a la Galia Trasalpina en vez de dirigirse hacia la costa. La treta surtió efecto. Décimo pasó Placentia y tomó la Via Domitia a través de los Alpes, mucho más al norte de Antonio y Ventidius, quienes siguieron el camino de la costa y se asentaron en el Foro Julio, una de las recientes colonias de veteranos de César. Lepido, marchando hacia el este desde el río Ródano, llegó a la orilla opuesta del riachuelo del Foro Julio y asentó su ejército con toda tranquilidad. Al verse y encontrarse, las tropas de ambos ejércitos confraternizaron… con ayuda de dos de los legados de Antonio. La Décima legión, que servía con Lepido, era por tradición partidaria de Antonio desde los días en que éste había promovido un motín en Campania. Así que Antonio lo tuvo fácil en el Foro Julio, Lepido aceptó lo inevitable y unió fuerzas con él y con Ventidio.
Por entonces, mayo estaba tocando a su fin e incluso hasta el Foro Julio llegaron los rumores de que Cayo Casio estaba invadiendo Siria. Interesante, pero de poca importancia. Los movimientos de Planco y su ingente ejército en el Ródano eran más preocupantes que Casio en Siria.
Planco había estado acercando poco a poco sus legiones a Antonio, pero cuando sus exploradores le informaron de que Lepido también se encontraba en el Foro julio, a Planco le invadió el pánico y se retiró hasta Cularo, bien al norte de la Via Domitia, y envió un aviso a Décimo Bruto, que todavía estaba allí. Cuando Décimo recibió aquella misiva, se dirigió de inmediato hacia Cularo y se reunió con Planco a principios de junio.
Allí ambos decidieron que juntarían sus ejércitos y que serían fieles al Senado del momento, el de Cicerón. Al fin y al cabo, Décimo tenía el mando completo y Planco era un gobernador legítimo. Cuando luego se enteró de que Lepido también había sido declarado inimicus por el Senado de Cicerón, Planco se felicitó por haber escogido con acierto.
El problema era que Décimo había cambiado sobremanera, había perdido su antiguo brío, aquella asombrosa capacidad militar que había demostrado con tanta contundencia durante la guerra de César contra los galos. Se negó a abandonar las inmediaciones de Cularo, alegando estar preocupado por la inexperiencia de la mayoría de sus tropas, e insistió en que no debían hacer nada para provocar una confrontación con Antonio. Sus catorce legiones no eran suficientes…, ¡distaban mucho de ser suficientes!
De modo que todo el mundo se limitó a esperar, los dos bandos estaban poco seguros del éxito si acababa por estallar una batalla campal. No era una contienda ideológica bien definida entre dos facciones cuyos soldados creyeran fervorosamente en la causa por la que luchaban, y no había héroes en ninguna parte.
A principios de sextilis, la balanza se inclinó a favor de Antonio. Polio y sus dos legiones llegaron de la Hispania Ulterior para unirse a él y a Lepido. ¿Por qué no?, se preguntó Polio, sonriendo. Nada interesante ocurría en su provincia desde que el Senado de Cicerón concedió el mando del Mare Nostrum a Sexto Pompeyo… ¡Qué estupidez!
– Francamente -dijo Polio, sacudiendo la cabeza con desesperanza-, van de mal en peor. Cualquiera con un mínimo de sentido común se daría cuenta de que lo único que Sexto Pompeyo está haciendo es reunir fuerzas para chantajear a Roma con el abastecimiento de grano. Además, ha hecho que la vida sea sumamente aburrida para un historiador como yo. Tendré más tema sobre el que escribir si estoy contigo, Antonio. -Miró alrededor, extasiado-. ¡Escoges buenos campamentos! El pescado y la temperatura del agua son magníficos, los Alpes marítimos son un estupendo telón de fondo… ¡Mucho más bonito que Corduba!
Si la vida sonreía a Polio, no hacía otro tanto con Planco. Para empezar, él tenía que soportar las eternas quejas de Décimo Bruto. Y además, cuando al indiferente Décimo no le apetecía, recaía sobre él la tarea de escribir al Senado tratando de explicar por qué Décimo y él no se habían lanzado contra Antonio y su colega inimicus Lepido. Tenía que dirigir todos los tiros contra Octaviano, culparlo por no haber detenido a Ventidius y condenarlo por negarse a entregar sus tropas.
Nada más llegar Polio, los dos inimici propusieron a Planco que se uniera a ellos. Abandonando a Décimo Bruto a su suerte, Planco aceptó con alivio. Marchó hacia el Foro Julio y su ambiente festivo, sin reparar, a medida que descendía las laderas orientales del valle del Ródano, en que todo estaba anormalmente seco, que los cultivos de aquella región fértil no producían espigas.