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Su marido, Cayo Claudio Marcelo el joven, se encontraba en una curiosa posición para alguien cuya familia se había opuesto a César con tanto empecinamiento y persistencia. Había salvado su futuro -y había conservado su enorme fortuna- casándose con Octavia, a quien amaba con locura, porque eso no se podía evitar. Sin embargo, ¿quién habría soñado jamás que el hermano pequeño de su mujer sería cónsul superior a los diecinueve años? ¿Y adónde llevaba todo eso? Seguramente, pensó, a unas alturas vertiginosas. Octaviano irradiaba éxito, aunque no al estilo ampuloso de su tío abuelo.

– ¿Creéis que es el momento adecuado para enjuiciar a los Libertadores? -preguntó Marcelo el joven a Octaviano y a Pedio. Notó la mirada de enfado en los ojos de Octaviano cuando empleó ese nombre detestado, y se corrigió con premura-. Quiero decir los asesinos, claro. En Roma, la mayoría utiliza "Libertador" como recurso irónico, no con sinceridad. Pero, para seguir con lo que iba diciendo, César Octaviano, tienes que vértelas con Marco Antonio y los gobernadores occidentales, de modo que ¿es el momento adecuado para los juicios, que son tan interminables?

– Y, por lo que he oído -dijo Filipo, acudiendo en ayuda de Marcelo el Joven-, Vatinio no va a enfrentarse a Marco Bruto en Ilírico, sino que regresa a casa. Eso fortalece la posición de Bruto. Luego está Casio en Siria, otra amenaza para la paz. ¿Por qué enjuiciar a los asesinos y exacerbar la situación? Si Bruto y Casio son juzgados y declarados culpables, serán proscritos y no podrán regresar a casa. Eso puede tentarlos a declarar una guerra, y Roma no necesita otra guerra en estos momentos. Antonio y los gobernadores occidentales ya son guerra suficiente.

Quinto Pedio escuchaba, pero no tenía ninguna intención de responder. Era un hombre muy desgraciado, estaba permanentemente envuelto en los asuntos de los Julios, cosa que detestaba. Había heredado el modo de ser de su padre, un hacendado, pero su destino lo había heredado de su madre, la hermana mayor de César. Todo cuanto quería era una vida tranquila en sus extensas propiedades de Campania, no el consulado. En ese instante su mirada recayó sobre su esposa, tan pletórica, y suspiró. Los patricios siempre serán patricios, reflexionó con ironía. A Valeria le encanta ser la esposa del cónsul, no habla más que de celebrar la Bona Dea.

– Los asesinos deben ser enjuiciados -estaba diciendo Octaviano-. El escándalo reside en el hecho de que no fueron juzgados el día después de haber cometido el acto. De haber sido así, la situación presente no se habría producido nunca. Cicerón y el Senado son responsables de haber legalizado la posición de Bruto, lo cual repercute en la de Casio, pero fueron Antonio y su Senado quienes no los juzgaron.

– Que es lo que yo decía -terció Marcelo el joven-. Al no enjuiciarlos inmediatamente después, de hecho les concedieron la amnistía. ¿Comprenderá la gente que se los juzgue ahora?

– No me importa que no lo entiendan, Marcelo. El Senado y la Asamblea del Pueblo deben saber que un grupo de nobles no puede excusar el asesinato de otro noble con un cargo público por motivos patrióticos. Un asesinato es un asesinato. Si los asesinos tuvieron razones para creer que mi padre intentaba proclamarse rey de Roma, deberían haberlo enjuiciado ante un tribunal -dijo Octaviano.

– ¿Cómo podrían haber hecho eso? -preguntó Marcelo-. César era dictator perpetuus, estaba por encima de la ley, era inviolable.

– No tenían más que despojarlo de su dictadura, a fin de cuentas la obtuvo por votación. Sin embargo, ni siquiera intentaron hacerlo. Los asesinos votaron a favor del dictator perpetuus.

– Le tenían miedo -dijo Pedio. También él lo había tenido.

– ¡Qué disparate! ¿Miedo de qué? ¿Cuándo se cobró mi padre una vida romana más que en la batalla? Su política era la de la clemencia; un error, pero no obstante una realidad. Pedio, él había perdonado a la mayoría de sus asesinos, ¡a algunos incluso dos veces!

– Aun así, le tenían miedo -dijo Marcelo.

El joven y bello rostro se endureció, adoptó la expresión de un verdugo frío y curtido.

– ¡Tienen más motivos para tenerme miedo a mí! No descansaré hasta que el último de los asesinos esté muerto, su reputación destrozada, sus propiedades confiscadas y sus mujeres y sus hijos abocados a la indigencia.

Se hizo un extraño silencio entre los comensales. Filipo lo rompió.

– Cada vez son menos los que quedan por enjuiciar -dijo-. Cayo Trebonio, Aquila, Décimo Bruto, Basilo…

– Pero ¿por qué hay que enjuiciar a Sexto Pompeyo? -le interrumpió Marcelo-. Él no fue un asesino, y ahora es oficialmente el procónsul de los mares de Roma.

– Su categoría proconsular está a punto de terminar, como bien sabes. Tengo una docena de testigos que declararán que sus barcos asaltaron la flota de cereales hace dos nundinae.-Eso lo convierte en un traidor. Además, es el hijo de Pompeyo Magno -dijo Octaviano con rotundidad-. Me desharé de todos los enemigos de César.

Sus oyentes sabían que el César al que se refería era él mismo.

Los juicios de los Libertadores tuvieron lugar el primer mes del consulado dé Cayo Julio César Octaviano y Quinto Pedio; aunque se celebraron veintitrés vistas por separado (los muertos también fueron enjuiciados), todo el proceso hubo concluido en un solo nundinum. Los jurados condenaron por unanimidad a cada uno de los Libertadores, que fueron declarados nefas. Todas sus propiedades fueron confiscadas por el Estado. Los Libertadores que todavía estaban en Roma, como el tribuno de la plebe Cayo Servilio Casca, huyeron, pero la persecución fue lenta. De pronto Servilia y Tertula se habían quedado sin hogar, aunque no por mucho tiempo. Siempre habían invertido su fortuna privada por medio de Ático, que le compró a Servilia una casa nueva en el Palatino, y todos le atribuyeron un grande e inmerecido mérito por prestar apoyo a las dos mujeres.

Cuando la acusación subsidiaria condenó a Sexto Pompeyo por traición, uno de los treinta y tres jurados entregó una losa marcada con una A, de ABSOLVO; los demás escribieron C, de CONDEMNO, con obediencia.

– ¿Por qué has hecho eso? -le preguntó Agripa al disidente, un caballero.

– Porque Sexto Pompeyo no es un traidor -fue la respuesta.

Octaviano tomó nota de su nombre, bastante satisfecho por la magnitud de la fortuna de aquel hombre. Aguardaría.

Los legados fueron distribuidos entre el pueblo, y los parques y los jardines de César abrieron sus puertas; a los romanos de todas las condiciones les encantaba pasear y sentarse a comer algo en lugares verdes y bien cuidados. Octaviano se alegró de arrendar el palacio de Cleopatra a ambiciosos miembros de la Primera Clase deseosos de ofrecer espléndidos banquetes a sus clientes. Sus nombres también acabaron en su archivo de «Datos de Interés».

Se aseguró de que dos íntimos suyos fueran escogidos como tribunos de la plebe: Marco Agripa y Lucio Cornificio, puesto que la huida de Casca había dejado dos vacantes en el Colegio. Publio Titio, que ya era tribuno de la plebe y estaba ansioso por destacar junto a Octaviano, salvó la vida de éste cuando un pretor extranjero, Quinto Galo, intentó asesinarlo. Galo fue destituido de su cargo, el Senado se vio empujado a condenarlo a muerte sin juicio, y al pueblo de a pie se le permitió saquear su casa. Pequeñas oleadas de conmoción se extendieron entre la Primera Clase, que empezó a preguntarse entonces si Octaviano era mejor que Antonio.

Fiel a su palabra, el nuevo cónsul superior tomó dinero suficiente del Erario para pagar diez mil sestercios a cada una de sus tres legiones originarias. Los representantes de los militares habían aceptado sin objeción alguna su propuesta de que la otra mitad esperase y acumulase intereses como garantía de ingresos futuros. No obstante, con los extras de los centuriones, eso sumaba menos de cuatro mil talentos, y él se hizo con seis mil -a más no se atrevió, con los precios del grano aumentando por momentos-, y repartió el resto entre sus últimas tres legiones. También reclutó a sesenta humildes soldados rasos de cada legión para que trabajaran como sus agentes privados, un hombre por centuria; su trabajo sería hacer correr la voz de la generosidad y la constancia de César e informar también de cualquier alborotador. Les ordenó que hablaran del ejército como de una carrera a largo plazo que sin duda convertiría a un soldado en un hombre relativamente acomodado al final de quince o veinte años de servicio. La generosidad estaba bien, pero un empleo seguro, regular y bien pagado era mejor, ése era el mensaje de Octaviano. Sé leal a Roma y a César, y Roma y César siempre cuidarán de ti, incluso cuando no haya ninguna guerra que luchar. Las tareas de guarnición permitían la vida familiar en el puesto. ¡El ejército era una carrera más que atractiva! Así, incluso en esa etapa muy temprana, Octaviano comenzó a preparar a los legionarios para la idea de un ejército permanente.