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La isla era pequeña, estaba cubierta de hierba y tenía la sombra de varios nobles álamos; también había contado con algunos sauces, pero una partida de zapadores los talaron para que los observadores de ambas orillas pudieran disfrutar de la vista de los acontecimientos sin obstáculos. El punto de encuentro de los tres negociadores -marcado por tres sillas curules bajo un álamo- estaba bastante alejado del grupo de criados y secretarios que ocupaban el extremo más apartado de la isla y que estaban allí para repartir refrigerios o esperar a ser llamados para anotar algo por escrito.

Antonio y Lepido llegaron en una barca de remos desde su orilla, ambos revestidos de armadura, mientras que Octaviano escogió su toga de ribete púrpura y su calzado granate senatorial con hebillas de media luna consulares, en lugar de sus botas especiales. El público era inmenso, puesto que ambos ejércitos estaban formados a lo largo de las orillas del Lavinus y contemplaban embelesados mientras las tres figuras se sentaban, se ponían de pie, daban unos pasos, gesticulaban, se miraban unas a otras o miraban pensativamente las aguas revueltas.

Los saludos fueron los típicos: Octaviano estuvo oportunamente deferente; Lepido, agradable; Antonio, cortante.

– Entremos en materia -dijo Antonio, y tomó asiento.

– ¿Cuál crees que es la materia, Marco Antonio? -preguntó Octaviano, mientras esperaba a que Lepido se sentase antes de ocupar él su silla.

– Ayudarte a salir a rastras de la fosa que te has cavado -dijo Antonio-. Sabes que, si se produce una batalla, la perderás.

– Cada uno tenemos diecisiete legiones, las mías contienen más o menos la misma cantidad de veteranos, tengo entendido -repuso Octaviano con frialdad, las bellas cejas alzadas-. No obstante, tú tienes la ventaja de contar con un mando más experimentado.

– Dicho de otro modo, quieres salir a rastras de esa fosa.

– No, no estoy pensando en mí. A mi edad, Antonio, puedo permitirme sufrir alguna humillación ocasional sin que mancille el resto de mi carrera. No, en quienes pienso es en ellos. -Octaviano señaló a los soldados que los contemplaban-. He solicitado esta conferencia para ver si podemos encontrar una forma de evitar derramar una gota de su sangre. De tus hombres o de los míos, Antonio, eso no importa. Todos son ciudadanos de Roma, y todos tienen derecho a vivir, a engendrar hijos e hijas para Roma y para Italia, que a juicio de mi padre eran la misma entidad. ¿Por qué habrían de derramar su sangre simplemente para decidir si eres tú o soy yo el líder de la manada?

Una pregunta tan difícil de responder que Antonio cambió de postura con incomodidad y, con incomodidad también, respondió: -Porque tu Roma no es mi Roma.

– Roma es Roma. Ninguno de nosotros es su dueño. Los dos somos sus sirvientes. Todo lo que haces tú, todo lo que hago yo, debería ser para mayor gloria suya, para incrementar su poder. Eso es igual de cierto para Bruto y Casio. Si tú, yo y Marco Lepido pugnamos por algo, debería ser por la distinción de ser el que más contribuya a la mayor gloria de Roma. Nosotros somos mortales, ya muramos aquí en el campo de batalla o más tarde, en paz los unos con los otros. Roma es eterna. Pertenecemos a Roma.

Apareció una media sonrisa en el rostro de Antonio.

– Algo diré en tu favor, Octaviano: sabes hablar. Es una pena que no sepas ser general de tus tropas.

– Si las palabras son mi especialidad, entonces escojo bien mi campo de acción -dijo Octaviano, sonriendo con la sonrisa de César-. Cierto, Antonio, no quiero un derramamiento de sangre. Lo que quiero es vernos a todos los que seguimos a César unidos de nuevo bajo un solo estandarte. Los asesinos no nos hicieron ningún favor eliminando a nuestro líder indiscutible. Desde su muerte, nos hemos dividido. Una parte nada pequeña de culpa la tiene Cicerón, que es enemigo de todo partidario de César, igual que fue enemigo de César.

Para mí, si derramamos sangre aquí, habremos traicionado a César. Y también a Roma. Los verdaderos enemigos de Roma no están aquí, en la Galia Cisalpina. Están en Oriente. El asesino Marco Bruto domina toda Macedonia, Ilírico, Grecia, Creta y, a través de adláteres, Bitynia, Pontus y la provincia de Asia. El asesino Cayo Casio domina Cilicia, Chipre, Cirenaica, Siria, tal vez incluso Egipto ya.

– Estoy de acuerdo contigo acerca de Bruto y Casio -dijo Antonio, que a todas luces se estaba relajando-. Continúa, Octaviano.

– Lo que pido, Marco Antonio, Marco Lepido, es una alianza. Una reunificación de todos los leales partidarios de César. Si somos capaces de superar nuestras diferencias y conseguir eso, podremos enfrentarnos a los verdaderos enemigos, Bruto y Casio, desde una posición de poder igual a la suya. De no ser así, Bruto y Casio ganarán, y Roma será historia. Porque Bruto y Casio devolverán las provincias a los publicani y apretarán tanto a los socii que preferirán un gobierno bárbaro o parto al gobierno romano.

Lepido escuchaba mientras Octaviano se explayaba sobre el tema y Antonio interpolaba algún comentario ocasional. De algún modo, todo aquello sonaba muy razonable y lógico cuando lo explicaba Octaviano, aunque Lepido no sabía por qué era eso, ya que nada de lo que decía el joven era nuevo ni extraordinario.

– No es que tenga miedo de luchar, es más bien que simplemente no quiero luchar -repitió Octaviano-. Deberíamos reservar hasta el último ápice de nuestra fuerza conjunta para nuestros auténticos adversarios.

– Golpearlos con tanta fuerza que no tendrán oportunidad de hacer lo que sucedió tras Pharsalus -dijo Antonio, animándose-. Lo que agotó a Roma fue la prolongación de la lucha contra los republicanos. Pharnaces, luego África, después Hispana.

Y así empezaron a entenderse, si bien necesitaron todo el día para llegar al acuerdo incondicional de que todos los partidarios de César deberían reunirse, porque debían contar con más líderes que los tres que estaban conferenciando. Tanto Antonio como Octaviano sabían muy bien que, en cuanto Antonio se cansara de estar dominado por César, ya no querría acceder a compartir el liderazgo con un recién llegado de veinte años cuyas únicas bazas eran su relación con César y el poder que se derivaba de ella. Lo mejor que podían conseguir era un cese temporal de la competición por la supremacía definitiva. Lo que podía hacer Octaviano, e hizo en la isla del río Lavinus, era darle a Antonio la impresión de que el heredero de César cedería la supremacía hasta que la edad de Antonio le impidiera ejercerla. Si cree eso, se dijo Octaviano, los dos aguantaremos hasta que Bruto y Casio sean derrotados. Después, ya veremos. Cada cosa a su tiempo.

– Desde luego, mis legiones no consentirán un acuerdo que dé la impresión de que habéis ganado vosotros -dijo Antonio, cuando reanudaron las discusiones el segundo día.

– Ni las mías un acuerdo que dé la impresión de que he perdido -replicó Octaviano, con aspecto pesaroso.

– Y mis legiones, y las de Planco, y las de Polio -dijo Lepido querrán que nosotros tengamos parte del liderazgo.

– Planco y Polio tendrán que contentarse con consulados en el futuro próximo -dijo Antonio con aspereza-. El escenario ya está bastante lleno con los tres que estamos aquí sentados. -Se había pasado la mayor parte de la noche pensando, y no era ni mucho menos estúpido; las mayores flaquezas de su intelecto eran la impulsividad, el hedonismo y la falta de interés en el arte de la política-. ¿Qué os parece pregunto- si repartimos el dominio sobre Roma más o menos en partes iguales entre nosotros tres?

– Eso suena interesante -dijo Octaviano-. Continúa.

– Mmm… Bueno, ninguno de nosotros debería ser cónsul, aunque todos deberíamos ser algo más que cónsul. En fin, como una dictadura compartida entre tres.