– Tú aboliste la dictadura -dijo Octaviano en tono amable.
– Cierto, ¡y no quiero dar a entender que me arrepiento! -espetó Antonio, crispado-. Lo que intento decir es que Roma no puede ser gobernada por una sucesión de meros cónsules hasta que hayamos terminado con los Libertadores, si bien un verdadero dictador es demasiado ofensivo para cualquiera que crea en la democracia. Si los tres compartimos el mando con poderes parcialmente dictatoriales, nos controlaremos mutuamente además de gobernar Roma como necesita ser gobernada por el momento.
– Un sindicato -dijo Octaviano-. Tres hombres. Triumviri rei publicae constituendae. Tres hombres que forman un sindicato para poner orden en los asuntos de la República. Sí, no suena mal. Tranquilizará al Senado y atraerá mucho al pueblo. Toda Roma sabe que hemos emprendido una acción militar. Imagina cuán espléndido será cuando los tres regresemos a Roma como los mejores amigos, nuestras legiones a salvo e incólumes. Le demostraremos a todo el mundo que los romanos pueden superar sus diferencias sin recurrir a la espada, que nos importan más el Senado y el pueblo que nosotros mismos.
Se reclinaron en sus asientos y se miraron unos a otros con gran satisfacción. ¡Sí, era esplendoroso! Una nueva era.
– Además -dijo Antonio-, también se le demostrará al pueblo que somos su verdadero gobierno. No protestarán diciendo que se trata de una guerra civil como tal cuando vayamos a Oriente a luchar contra Bruto y Casio. Fue buena idea intentar condenar a los Libertadores por traición, Octaviano. Podemos decir que no estamos luchando contra otros romanos, estamos luchando contra los hombres que han derogado su ciudadanía.
– Haremos más que eso, Antonio. Mantendremos a agentes circulando por toda Italia para reforzar la indignación por el asesinato del amado César. Y cuando la prosperidad disminuya, podremos culpar a Bruto y a Casio, que se han apropiado de las rentas públicas de Roma.
– ¿Cuando disminuya la prosperidad? -preguntó Lepido con consternación.
– Ya está disminuyendo -dijo Octaviano rotundamente-. Tú eres gobernador, Lepido. Sin duda habrás notado que las cosechas de tus provincias no han llegado este año.
– No he ido a mis provincias desde principios de verano -se excusó Lepido.
– Me he dado cuenta de que de pronto es muy caro alimentar a mis legiones-dijo Antonio-. ¿Sequía?
– Por todas partes, también en Oriente. De modo que Bruto y Casio también deben de estar sufriendo.
– Lo que dices en realidad es que vamos a quedarnos sin dinero -saltó Antonio, fulminando a Octaviano con la mirada-. Bueno, ¡tú te has quedado las arcas de César, así que puedes financiar nuestra campaña en Oriente!
– Yo no robé el fondo, Antonio. Gasté todo mi patrimonio en bonificaciones para mis legiones cuando llegué a Italia, y he tenido que coger dinero del Erario para pagar parte de las bonificaciones que debo todavía a mis hombres. Estoy en deuda con ellos, y lo estaré durante largo tiempo. No tengo idea de quién se quedó con el fondo, pero a mí no me culpes.
– Entonces tuvo que ser Opio.
– No puedes estar seguro. También puede haberlo hecho cualquier samnita. La solución no está en el pasado, Antonio. Es vital que mantengamos a Roma y a Italia alimentadas y entretenidas, dos labores muy costosas, y también tenemos que mantener un gran número de legiones en el campo. ¿Cuántas crees que necesitaremos?
– Cuarenta. Veinte que nos acompañen y otras veinte para deberes de guarnición en Occidente, en África, y para irlos dejando a nuestro paso a medida que avancemos. Más diez o quince mil hombres montados.
– Incluidos no combatientes y caballos, eso hace más de un cuarto de millón de hombres. -Los grandes ojos grises de Octaviano parecían vidriosos-. Piensa en las cantidades de grano, garbanzos, lentejas, panceta, aceite…, un millón y un cuarto de modii de trigo al mes a quince sestercios el modius suma setecientos cincuenta talentos mensuales sólo en trigo. Los otros alimentos básicos doblarán esa cantidad, tal vez más, con esta sequía.
– ¡Serias un praefectus fabrum maravilloso, Octaviano! -exclamó Antonio, con ojos chispeantes.
– Tómalo a broma si quieres, pero lo que digo, Antonio, es que no podemos hacerlo. No si queremos alimentar también a Roma y a Italia.
– Oh, yo conozco una forma -declaró Antonio con exagerada despreocupación.
– Soy todo oídos -repuso Octaviano.
– ¡Eso es cierto, Octaviano!
– ¿Ya has terminado con tus chanzas?
– Sí, porque la solución no es una broma. Proscribiremos -dijo Antonio.
Esa última palabra cayó en un silencio roto sólo por el tenue susurro del río, el temblor de las hojas doradas de los álamos que esperaban que los vientos invernales las hicieran caer, el lejano murmullo de miles de tropas, el relinchar de los caballos.
– Proscribiremos -repitió Octaviano.
Lepido parecía al borde del vahído: estaba pálido, temblaba.
– ¡Antonio, no nos atreveremos! -exclamó.
Los ojos pardo rojizos lo miraron y lo sometieron con fiereza.
– ¡Oh, vamos, Lepido, no seas más necio de lo que te hicieron tu madre y tu padre! ¿Cómo, si no, vamos a financiar un Estado y un ejército durante una sequía? ¿Cómo, si no, podríamos financiarlos, aunque no hubiese sequía alguna?
Octaviano seguía sentado, con aspecto meditabundo.
– Mi padre-dijo-fue famoso por su clemencia, pero fue su clemencia la que lo mató. La mayoría de sus asesinos eran hombres perdonados. De haberlos matado, no tendríamos necesidad de preocuparnos de Bruto y de Casio, Roma tendría todas las rentas públicas de Oriente y nosotros podríamos navegar con libertad a Euxine para comprar cereales en Cimeria si no encontráramos en ningún otro lugar. Estoy de acuerdo contigo, Marco Antonio. Proscribiremos, exactamente igual que hizo Sila. Una recompensa de un talento por la información que nos aporte un hombre libre o un liberto, una recompensa de medio talento más la libertad para un esclavo. Pero no cometeremos el error de documentar las recompensas. ¿Por qué darle a algún aspirante a tribuno de la plebe la oportunidad de obligarnos a castigar a nuestros informantes? Las proscripciones de Sila recaudaron dieciséis mil talentos para el Erario. Ése es nuestro objetivo.
– Eres una continua sorpresa, querido Octaviano. Creía que la tarea de convencerte sería más ardua -dijo Antonio.
– Antes que nada, soy un hombre sensato. -Octaviano sonrió-. La proscripción es la única solución. También nos permitirá deshacernos de enemigos, reales o potenciales; todos los que tienen sentimientos republicanos o simpatía por los asesinos.
– ¡No puedo acceder! -exclamó Lepido-. ¡Mi hermano Paulo es republicano acérrimo!
– Entonces proscribimos a tu hermano Paulo -dijo Antonio-. Yo tengo algunos parientes que tendrán que ser proscritos, algunos en común con el primo Octaviano, aquí presente. El tío Lucio César, por ejemplo. Es un hombre muy rico, y no me ha sido de ayuda.
– A mí tampoco -dijo Octaviano, asintiendo. Frunció el ceño-. No obstante, sugiero que no resultemos detestables por ejecutar a nuestros familiares, Antonio. Ni Paulo ni Lucio son una amenaza para nuestra vida. Sólo confiscaremos sus propiedades y su dinero. Creo que ambos tendremos que sacrificar a algunos primos terceros.
– ¡Conforme! -Antonio asintió con presteza-. Pero Opio ha de morir. Sé que se hizo con las arcas de César.
– No tocaremos a ningún banquero ni a ningún alto plutócrata -declaró Octaviano con tono intransigente.
– ¿Qué? ¡Pero si ahí es donde está el dinero de verdad! -objetó Antonio.
– Precisamente, Antonio. Piénsalo, por favor. La proscripción es una medida a corto plazo para llenar el Erario, no puede mantenerse para siempre. Lo último que queremos es una Roma despojada de sus genios financieros. Vamos a necesitarlos siempre. Si crees que un liberto griego como ese Crisogono de Sila es un buen sustituto de un Opio o un Ático, estás mal de la cabeza. Mira a ese liberto de Pompeyo Magno, Demetrio, que nada en la abundancia pero no le llega a Ático a la suela del zapato cuando se trata de entregar dinero. De modo que proscribiremos a Demetrio, pero no a Ático. Ni a Sexto Perquitieno, ni a los Balbo, ni a Opio, ni a Rabirio Póstumo. Admito que Ático y Perquitieno juegan a dos bandas, pero los banqueros que he mencionado han sido adeptos de César desde que César se convirtió en una fuerza política. No importa lo tentadora que sea la magnitud de sus fortunas, no tocaremos a los nuestros. En especial si tienen la habilidad de generar dinero. Podemos permitirnos proscribir a Flavio Hemicilo, y tal vez a Fabio… Ambos son adláteres de Bruto en la banca. Pero los banqueros de Roma habrán de ser sacrosantos en el futuro.