Antonio se levantó de un salto y se acercó a la orilla del agua seguido de un asustado Lepido.
– Vamos, Antonio -le susurró Lepido al oído-, no puedes hacerlo todo a tu manera. Octaviano ha hecho grandes concesiones y tiene razón con respecto a sus legiones, no te seguirán.
Se sucedió una larga pausa, durante la que Antonio permaneció contemplando el río con el ceño fruncido, con la mano de Lepido asiéndole del brazo. Acto seguido, Antonio se volvió y regresó junto al joven.
– Está bien, podrás compartir el mando en plenas condiciones de igualdad, Octaviano.
– De acuerdo. En ese caso, cerremos el trato -dijo Octaviano con cordialidad, y extendió la mano-. Estrechémonos la mano para enseñarles a los hombres que hemos llegado a un acuerdo y que no habrá batalla.
Los tres caminaron justo hacia el centro de la isla, donde se estrecharon las manos. Todos los presentes prorrumpieron en vítores jubilosos: el Triunvirato era una realidad.
Sólo se produjo una discrepancia de opiniones, al día siguiente, concretamente acerca del orden en que los triunviros entrarían en Roma.
– Juntos -sugirió Lepido.
– No, en tres días consecutivos -lo contradijo Antonio-. Yo iré primero, Octaviano irá segundo y tú, Lepido, entrarás el tercero.
– Yo entraré primero -replicó Octaviano, categórico.
– No, lo haré yo -dijo Antonio.
– Yo iré primero, Marco Antonio, porque soy el cónsul superior y todavía no se ha aprobado ninguna ley que os otorgue a ti o a Marco Lepido ninguna clase de derechos. Todavía sois enemigos públicos, y aunque no lo fueseis, en el momento en que atravesaseis el pomerium para entrar en Roma, perderíais vuestra autoridad y os convertiríais en meros privati. No hay nada más que discutir: yo debo entrar primero para presidir la supresión de vuestro actual estado de ilegalidad.
Pese a sentirse muy molesto y ofendido, Marco Antonio no tuvo más remedio que mostrarse de acuerdo: Octaviano debía entrar en Roma el primero.
2
La mayor parte de la Galia Cisalpina era una llanura aluvial regada por las aguas del río Padus y de sus numerosos afluentes. En las épocas de escasez de lluvia, los agricultores locales podían regar de forma extensiva, por lo que la región disponía de muchos cultivos, era un auténtico granero. Lo más exasperante de la zona, tan cercana a la mismísima Italia, era que no podía abastecer a Italia propiamente dicha, pues la cordillera de los Apeninos, que atravesaba de este a oeste la parte superior de la bota para fusionarse con los Alpes Marítimos en Liguria, formaba una barrera demasiado imponente para el transporte de las mercancías por la vía terrestre. Las cosechas de grano y legumbres de la Galia Cisalpina tampoco se podían transportar por mar, pues los vientos siempre soplaban en contra de la travesía, que se hacía de norte a sur. Por dicha razón, los triunviros decidieron dejar sus legiones en la Galia Cisalpina y partieron hacia Roma acompañados tan sólo por unos cuantos hombres escogidos a dedo.
– Sin embargo -le dijo Octaviano a Polio (compartían el mismo carro)-, puesto que me ha sido designado el abastecimiento alimenticio de Roma e Italia, empezaré a enviar cargamentos de trigo del oeste de la provincia a través de Dertona a lo largo de la costa toscana. Las pendientes no son infranqueables en esa ruta, es sólo que no se ha hecho nunca.
Polio lo miró con fascinación, pues ya desde que salieran de Bononia se había dado cuenta de que el joven nunca dejaba de pensar. Su mente, decidió Polio, era precisa, pragmática, más preocupada por la logística que por la lógica: lo que le interesaba era cómo conseguir que se hiciesen las cosas rutinarias. Por ejemplo, si alguien le daba un millón de garbanzos para que los contase, pensó Polio, se concentraría en la tarea hasta terminarla, y no cometería ni un solo error en su recuento. ¡No es de extrañar que Antonio lo desprecie tanto!, exclamó para sí. Mientras que Antonio sueña con la gloria militar y con ser el Primer Hombre de Roma, Octaviano sueña en cómo alimentar al pueblo. Mientras que Antonio derrocha el dinero a espuertas, Octaviano siempre busca la manera más barata de hacer las cosas. Octaviano no urde conspiraciones, sino que trama planes. Espero vivir lo suficiente para ver en qué se convierte al final.
Así, Polio incitó a Octaviano a hablar de muchos temas, incluyendo el destino de Roma.
– ¿Cuál es tu mayor ambición, Octaviano? -le preguntó.
– Ver cómo en todo el mundo romano reina la paz.
– ¿Y qué serías capaz de hacer para conseguirlo?
– Cualquier cosa -se limitó a contestar Octaviano-. Sea lo que sea.
– Es una meta loable, pero poco factible.
Los ojos grises se volvieron para mirar a los ojos ambarinos de Polio, con una expresión de sorpresa genuina.
– ¿Por qué?
– Bueno, quizá porque los romanos están muy acostumbrados a que haya guerra. La mayoría de los hombres piensan que la guerra y la conquista realizan una contribución muy importante a las arcas de Roma.
– Las arcas de Roma -repuso Octaviano- ya son lo bastante ricas para sus necesidades. La guerra deseca el Erario hasta dejarlo vacío.
– ¡Eso no es pensar como un romano! La guerra nutre el Erario, y si no, mira a César y a Pompeyo Magno, por no mencionar a Paulo, los Escipiones, Mumio… -dijo Polio con regocijo.
– Esos días han terminado, Polio. Los grandes tesoros ya han sido todos absorbidos por Roma excepto uno.
– ¿El tesoro parto?
– ¡No! -exclamó Octaviano con desdén-. Ésa es una guerra que sólo César pudo haberse planteado. Las distancias son enormes y el ejército tendría que vivir a base de forraje durante años, rodeado por el enemigo y por terrenos inconmensurables por los cuatro costados. Me refería al tesoro egipcio.
– ¿Y aprobarías que Roma se apoderase de él?
– Yo mismo lo haré. A su debido tiempo -respondió Octaviano con aire de suficiencia-. Es un objetivo factible, por dos razones.
– ¿Y cuáles son?
– La primera, que para ello no es necesario que un ejército romano se aleje del Mare Nostrum. La segunda, que aparte del tesoro, Egipto produce cereales, que nuestra población cada vez más numerosa acabará necesitando.
– Muchos dicen que ese tesoro no existe.
– Oh, sí, ya lo creo que existe -le aseguró Octaviano-. César lo vio. Él mismo me lo contó todo al respecto cuando estuve con él en Hispania. Sé dónde está y cómo conseguirlo. Roma lo necesitará porque la guerra la deseca hasta vaciarla por completo.
– Te refieres a la guerra civil.
– Bueno, piensa en ello, Polio. Durante los últimos sesenta años, hemos librado más guerras civiles que extranjeras propiamente dichas. Romanos contra romanos, conflictos por ideas acerca de lo que constituye la República de Roma, de lo que constituye la libertad.
– Si fueras griego, ¿no irías a batallar por una idea?
– No, no lo haría.
– ¿Y qué me dices de ir a una guerra para garantizar la paz?
– No si eso significa combatir contra mis compatriotas romanos. La guerra que entablemos contra Bruto y Casio debe ser la última guerra civil.
– Es posible que Sexto Pompeyo no esté de acuerdo contigo. No hay duda de que coquetea con Bruto y Casio, pero no se comprometerá con ellos del todo. Terminará librando su propia guerra.
– Sexto Pompeyo es un pirata, Polio.
– Entonces, ¿tú no crees que reunirá al resto de las fuerzas de los Libertadores una vez que Bruto y Casio hayan sido derrotados?
– Ha escogido su territorio, y es el agua. Eso significa que nunca podrá organizar una campaña a gran escala -dijo Octaviano.
– Hay otra posibilidad de guerra civil -añadió Polio con malicia-. ¿Y si los triunviros riñen entre sí?
– Como Arquímedes, moveré el mundo con tal de evitarlo. Te aseguro, Polio, que nunca, jamás, iré a la guerra contra Antonio.