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Y, ¿por qué -se preguntó Polio para sus adentros- creo en sus palabras? Porque de veras le creo.

Octaviano entró en Roma hacia finales de noviembre, a pie y con toga, escoltado por cantores y bailarines que entonaban cánticos en loor de la paz entre los triunviros y rodeado de hordas de ciudadanos exultantes de alegría, ante los que esbozó la sonrisa de César y a los que saludó con el saludo de César, con los pies enfundados en aquellas botas de suela alta. Se dirigió directamente a la tribuna del Foro y allí proclamó la formación del triumviri rei publicae constituendae con un discurso breve y emotivo que no dejó lugar a dudas entre la multitud acerca del papel fundamental que había desempeñado en la conciliación de las partes implicadas en el pacto. Él era César el Hacedor de Paz, y no César el Hacedor de Guerras.

A continuación se dirigió al Senado, esperando en la Curia Hostilia a oír las noticias con mayor comodidad e intimidad. Publio Titio recibió instrucciones de reunir a la Asamblea de la Plebe inmediatamente y revocar el decreto que dejaba fuera de la ley a Antonio y Lepido. Aunque Quinto Pedio se enteró así, públicamente, de que su consulado estaba a punto de tocar a su fin, Octaviano reservó para más tarde las noticias de las proscripciones.

– Titio promulgará las leyes que instaurarán el Triunvirato ante la Asamblea de la Plebe -le dijo a Pedio en el despacho de éste-, pero también aprobará otras medidas igual de necesarias.

– ¿Y cuáles son esas otras medidas igual de necesarias? -preguntó Pedio con cautela, desconfiando de la expresión del rostro de su primo, que era forzada.

– Roma está en bancarrota, y por lo tanto proscribimos.

Estremeciéndose, Pedio levantó las manos como si quisiera protegerse de una amenaza invisible.

– Me niego a aprobar la proscripción -dijo con un hilo de voz-. Como cónsul, me pronunciaré en contra.

– Como cónsul, te pronunciarás a favor. Si te opones, Quinto, tu nombre será el primero en aparecer en la lista que Titio colgará en la tribuna del Foro y en el Regia. Vamos, querido amigo, sé razonable -insistió Octaviano con voz suave-. ¿Quieres que Valeria Mesala se quede viuda y sin casa, y que sus hijos tengan prohibido heredar, además de tener prohibido ocupar los lugares que les corresponden por derecho en la vida pública? ¿Los sobrinos nietos del mismísimo César? Tu hijo Quinto pronto se presentará a la elección como tribuno de los soldados, y si te proscribimos a ti, también tendremos que proscribir a Mesala Rufo. -Octaviano se levantó-. Piénsatelo bien antes de decir nada, primo, te lo ruego.

Quinto Pedio se lo pensó muy bien. Aquella noche, cuando toda su familia estaba durmiendo, se dio muerte con su propia espada.

Cuando le comunicaron la noticia al amanecer, Octaviano tenía palabras serenas que decirle a Valeria Mesala, quien lloraba desconsoladamente, así como al hermano augur de ésta.

– Haré saber al pueblo que Quinto Pedio murió mientras dormía, extenuado por sus obligaciones como cónsul. Por favor, entended que tengo poderosas razones para querer que su muerte sea así descrita. Si valoráis vuestras vidas, las vidas de vuestros hijos y vuestras propiedades, obedeced mis deseos. Sabréis el por qué muy pronto.

Antonio entró en la ciudad con más ceremonia que Octaviano, consciente de que éste le había robado el protagonismo. Montado en su nuevo Caballo Público, Clemencio, vestía su coraza de gala y su capa de piel de leopardo, e iba escoltado por su guardia de caballería germana. Se quedó extremadamente complacido ante la calurosa acogida que Roma le dispensó. Octaviano tenía razón: el pueblo romano no quería enfrentamientos militares entre facciones. Así, cuando Lepido entró al día siguiente, también fue recibido con júbilo.

Hacia finales de noviembre, Octaviano abandonó su consulado, y le sucedieron dos víctimas avejentadas de la guerra de Italia, Cayo Carrinas y Publio Ventidio. En cuanto los cónsules sustitutos hubieron tomado posesión de su cargo, Publio Titio fue a la Asamblea de la Plebe. Primero redactó unas leyes que dotaban al Triunvirato de existencia oficial con el consentimiento de todas las tribus y luego promulgó diversas leyes referentes a los enemigos públicos que recordaban a las de Sila en casi todos los detalles, desde las recompensas por proporcionar información hasta la lista anunciada públicamente de los proscritos. En la primera lista figuraban ciento treinta nombres, encabezados a petición de Antonio por Marco Tulio Cicerón. La mayor parte de los mencionados ya habían muerto o huido; Bruto y Casio también aparecían en la lista. La razón de la proscripción era por «simpatizar con los Libertadores».

El anunció cogió desprevenidas a la Primera y la Segunda Clase, entre las que cundió el pánico, sobre todo cuando supieron del arresto y la ejecución del tribuno de la plebe, Salvio, en cuanto hubo acabado la reunión comicial. No se exhibieron las cabezas de las víctimas, sino que simplemente las arrojaron con los cuerpos a las fosas de cal de la necrópolis de Campus Esquilinus. Octaviano había convencido a Antonio de que el clima de terror sería más soportable si no quedaban recordatorios a la vista. La única excepción sería Cicerón, si es que todavía lo encontraban en Italia.

Lepido había proscrito a su hermano Paulo, Antonio a su tío Lucio César y a los primos de Octaviano, aunque ninguno de ellos fue ejecutado, condición que no se dio en el caso del suegro de Polio o del hermano pretor de Planco, quienes fueron ejecutados. Otros tres pretores proscritos murieron, así como el tribuno de la plebe Publio Apuleyo, quien no tuvo tanta suerte como Cayo Casca, que huyó con su hermano al este. El antiguo legado de Vatinio, el incombustible Quinto Cornificio, fue incluido en la lista y ejecutado.

Ático y los banqueros habían sido informados en privado de que no les iban a proscribir, cosa que contribuyó en gran medida a impedir que el dinero desapareciese, siempre un peligro en tiempos difíciles. Las celdas del Erario, completamente vacías salvo por el precioso oro y por diez mil talentos de plata, empezaron a llenarse poco a poco con las reservas en metálico y las inversiones líquidas de Lucio César, varios Apuleos, Paulo Emilio Lepido, los dos hermanos asesinos Cecilio, el venerable cónsul Marco Terencio Varro, el inmensamente rico Cayo Lucilio Hirro y cientos de personajes más.

Pero no todos murieron: Quinto Fufio Caleno retuvo al anciano Varro y amenazó a las autoridades encargadas de llevar a cabo las proscripciones (que se ejecutaban, como en la época de Sila, de forma burocrática) con matarlo hasta que consiguió llegar hasta Antonio y así salvaguardar su vida. Lucilio Hirro huyó del país con sus esclavos y asociados abriéndose paso hasta el mar, y la ciudad de Cales cerró sus puertas y se negó a entregar al hermano de Publio Sitio. Marco Favonio, el favorito de Catón, fue proscrito, pero consiguió escapar de Italia, al igual que otros. Siempre y cuando los fugitivos dejasen atrás el dinero, a los triunviros les importaba muy poco el destino de sus poseedores, excepto, claro está, en el caso de Cicerón, a cuya vida Antonio estaba dispuesto a poner fin de la manera más cruenta posible.

Con esta misión, el tribuno de los soldados Cayo Popilio Lenas (un nombre muy famoso) salió de Roma con una hueste de soldados y un centurión, Herenio, para registrar las villas de Cicerón. Quinto Cicerón y su hijo, leales a César, habían aparecido en la segunda lista de proscritos, denunciados por un esclavo que juraba que las simpatías de éstos habían cambiado, que ahora pretendían huir del país para sumarse a las filas de los Libertadores. Así pues, Lenas tenía tres objetivos, aunque el gran Marco Cicerón era, con diferencia, el más importante de ellos; era con él con quien había que ajustar cuentas primero.

Las consecuencias de la segunda marcha sobre Roma de Octaviano habían dejado atónito a Cicerón, quien había acudido al nuevo cónsul superior y le había suplicado que le excusase de asistir a las futuras reuniones del Senado.