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Una ensordecedora aclamación sofocó sus palabras.

– ¿Y qué hay de la esposa del triunviro Marco Antonio, Fulvia? -gritó Hortensia, advirtiendo con la mirada que la totalidad del Colegio de Lictores hacía su aparición por el fondo del Foro y se abría paso hacia la tribuna entre la multitud-. ¡Fulvia es la mujer más rica de Roma, y sui iuris! ¿Pero tiene ella que pagar este impuesto? ¡No, ella no! ¿Y por qué no? ¡Porque le ha dado a Roma siete hijos! ¡Y añado, nada menos que tres de ellos son los villanos más repugnantes que hayan estado dentro del Foro o de una mujer! ¡Mientras que nosotras, que hemos obedecido el mos maiorum y hemos seguido siendo viudas, tenemos que pagar!

Avanzó hacia el borde de la tribuna y se enfrentó a los lictores, que se estaban acercando por delante.

– ¡No os atreváis a detenernos! -rugió-. ¡Volved con vuestros amos y decidles de parte de la hija de Quinto Hortensio que las mujeres sui iuris de Roma, de las clases más altas hasta las más bajas, no piensan pagar este impuesto! ¡Y no lo pagarán! ¡Venga, marchaos! ¡Fuera! ¡Fuera!

Las mujeres de la multitud siguieron su ejemplo: -¡Fuera! ¡Fuera!

– ¡Haré que proscriban a esa cerda! ¡Proscribiré a todas las cerdas! -rugió Antonio, lívido de ira.

– ¡No lo harás! -repuso Lepido-. ¡No harás nada!

– Ni dirás nada -añadió Octaviano con un gruñido.

Al día siguiente, Lucio Clodio, con el rostro encendido, regresó a la Asamblea de la Plebe para revocar su ley y aprobar una nueva que obligaba a todas las mujeres sui iuris de Roma, incluyendo a Fulvia, a pagar al Erario una decimotercera parte de sus ingresos, pero dicha ley nunca llegó a aplicarse.

XII

AL ESTE DEL ADRIÁTICO
Desde enero hasta diciembre del 43 a.C.

1

El tercer día de enero, después de atravesar laboriosamente los montes Candavios en pleno invierno, Bruto y su pequeño ejército llegaron a las afueras de Dirraquio. Siguiendo las instrucciones de Marco Antonio, que se encontraba en Salona, el gobernador de Ilírico, Publio Vatinio, había ocupado el campamento de Petra con una legión. Sin dejarse intimidar, Bruto llevó sus tropas a una de las muchas fortalezas de los alrededores de la ciudad, construidas cinco años atrás, cuando César y Pompeyo Magno la habían sitiado. Pero al final la intervención de Bruto no fue necesaria. Cuando apenas habían transcurrido cuatro días, los soldados de Vatinio abrieron las puertas de Petra, se dirigieron al lugar donde estaba Bruto, y declararon que su comandante Vatinio se había marchado de regreso a Ilírico.

Bruto, de pronto, se vio al frente de un ejército compuesto por tres legiones y una caballería de doscientos hombres. Nadie estaba más sorprendido que él, ni nadie se sentía más inseguro que él ante la responsabilidad de capitanear un ejército. Sin embargo, comprendió que para dirigir a quince mil hombres se necesitaban los servicios de un praefectus fabrum que se ocupara de alimentarlos y equiparlos. Escribió a su viejo amigo, el banquero Cayo Flavio Hemicilo, que había cumplido con este cometido en las campañas de Pompeyo Magno, preguntándole si podría hacer lo mismo para él. Una vez resuelto este trámite, el nuevo señor de la guerra decidió avanzar hacia el sur de Apolonia, donde se encontraba la sede del gobernador de Macedonia, Cayo Antonio.

El dinero le llegaba a raudales. Primero vino el cuestor de la provincia de Asia, el joven Lentulo Spinter, con los tributos para el Tesoro. Spinter no apreciaba demasiado a Marco Antonio, por lo que después de entregar rápidamente el dinero a Bruto fue a ver a su jefe, Cayo Trebonio, para informarle de que los Libertadores al final no iban a quedarse quietos. En cuanto hubo partido Spinter, llegó el cuestor de Siria, Cayo Antisio Veto, que se dirigía a Roma con los tributos de Siria. También él entregó el dinero a Bruto, y luego decidió quedarse. ¿Quién sabía qué pasaba en Siria? Se estaba mucho mejor en Macedonia, sin duda.

A mediados de enero, la ciudad de Apolonia se rindió sin oponer resistencia y sus legiones anunciaron que preferían a Bruto antes que al odioso Cayo Antonio. Aunque Cicerón y Antistio Veto instaron a Bruto a ejecutar al menos talentoso y afortunado de los tres hermanos Antonio, Bruto se negó. Por el contrario, le permitió a Cayo Antonio administrar el campamento y lo trató con gran cortesía.

La suerte le sonrió todavía más a Bruto cuando Creta, la provincia que le había sido adjudicada originariamente por orden del Senado, y Cirenaica, asignada a Casio, le informaron de que estarían dispuestas a actuar en función de los intereses de los Libertadores si, a cambio, les enviaban gobernadores adecuados. Bruto, encantado, les complació sin demora.

En ese momento poseía seis legiones, una caballería de seiscientos hombres y nada menos que tres provincias, Macedonia, Creta y Cirenaica. Casi antes de que pudiera asimilar tanta magnificencia, Grecia, Épiro y la Tracia Exterior también se declararon aliadas. Aquello era asombroso.

Entusiasmado, Bruto escribió al Senado de Roma, informándole de estos hechos. El resultado fue que en los idus de febrero el Senado ratificó oficialmente su cargo de gobernador de todos esos territorios, y luego añadió a sus dominios la provincia de Ilírico, que había gobernado Vatinio. ¡De pronto se encontró convertido en gobernador de casi la mitad del Imperio romano de Oriente!

Entonces llegaron noticias de la provincia de Asia. Al parecer, Dolabela había torturado y decapitado a Cayo Trebonio en Esmirna, un hecho terrible. Pero ¿qué había sido del gallardo Lentulo Spinter? Poco después le llegó una carta de Spínter en la que le decía que Dolabela había llegado inesperadamente a Éfeso para averiguar dónde había escondido Trebonio el dinero de la provincia. Pero Spínter se había hecho el tonto y Dolabela, frustrado, simplemente le echó de allí antes de iniciar su marcha a Capadocia.

Ahora Bruto temía por Casio, de quien no temía noticia. Le escribió a varios lugares advirtiéndole que Dolabela se dirigía a Siria, pero no tenía modo de saber si le había llegado alguna de las cartas.

En medio de todo esto, Cicerón escribió varias veces a Bruto para rogarle que regresara a Italia, una alternativa tentadora ahora que Bruto gozaba del favor oficial. Al final Bruto decidió que lo mejor que podía hacer era mantener el control de la vía romana que atravesaba Macedonia y Tracia en dirección este: la Via Egnatia. Además, si Casio lo necesitaba, podría acudir rápidamente en su ayuda.

Bruto había conseguido rodearse de un pequeño grupo de seguidores nobles, entre los que se encontraban el hijo de Ahenobarbo y el de Cicerón. También estaban Lucio Bibulo, el hijo que había tenido el gran Lúculo con la hermana menor de Servilia, y otro cuestor que había desertado, Marco Apuleyo. Aunque la mayoría estaba en la veintena y algunos ni siquiera llegaban a esa edad, Bruto los nombró a todos legados, los distribuyó por las legiones y se consideró muy afortunado.

Lo peor de no estar en Italia era la ambigüedad de las noticias que llegaban de Roma. Aunque una docena de personas escribía a Bruto regularmente, lo que decía una contradecía lo que decían las demás. Las perspectivas eran diferentes, a veces contradictorias; a menudo presentaban los rumores como si fueran hechos incontrovertibles. Después de la muerte de Pansa e Hírtio en los campos de batalla de la Galia Cisalpina, le comunicaron que Cicerón sería nombrado cónsul superior y Octaviano, que tenía diecinueve años, cónsul inferior. A continuación le llegó otra carta que afirmaba que Cicerón ya era cónsul. El tiempo vino a corroborar que ninguna de las dos noticias era cierta, pero ¿cómo distinguir la verdad de la ficción hallándose tan lejos? Porcia lo importunaba con las historias de sus infortunios a manos de Servilia, mientras que ésta le envió una de sus infrecuentes y lacónicas misivas donde le informaba de que su esposa estaba loca, que Cicerón había insistido en que no quería ser cónsul, pero que estaban colmando de honores al joven Octaviano. Así que cuando el propio Senado ordenó a Bruto que regresara a Roma, él hizo caso omiso de la orden. ¿Quién decía la verdad? ¿Cuál era la verdad?