Antipater vino a toda prisa desde Judea para asegurarle a Casio que los judíos estaban de su parte. Bruto lo envió de regreso a Jerusalén con la orden de recoger dinero y asegurarse de que ningún elemento hostil entre los judíos creara problemas. Los judíos siempre habían estado de parte de César, que había sido amante de los judíos, mientras que Casio nunca había sido afín a ellos, pero quería sacar el máximo provecho a este pueblo torpe y rebelde.
Cuando Antipater se enteró de que Aulo Alieno, que había ido a Alejandría para conseguir las cuatro legiones de la región para Dolabela, se dirigía al norte con dichas legiones, envió un mensaje a Casio, en Antioquía. Casio fue al sur, se reunió con Antipater y entre los dos enseguida persuadieron a Alieno de que se rindiera con las cuatro legiones. El ejército de Casio ahora contaba con doce legiones muy experimentadas y una caballería de cuatro mil hombres, la fuerza más formidable del mundo romano. Si también hubiera tenido barcos, su felicidad habría sido perfecta, pero no tenía ni uno. O eso pensaba.
Sin que Casio lo supiera, el joven Lentulo Spinter se había reunido con los almirantes Pastico, Sextilio Rufo y el Libertador Casio Parmensio, y habían atacado la flota de Dolabela, que navegaba hacia las costas de Siria. El propio Dolabela había viajado por tierra, atravesando Capadocia. Cuando Dolabela cruzó las montañas Amanos y llegó a Siria, ignoraba que Spinter, Pastico y los otros estaban derrotando a su flota y haciéndose con la mayoría de los buques para ponerlos a las órdenes de Casio.
Horrorizado, Dolabela se encontró con que toda Siria estaba en contra de él; incluso Antioquía le cerró las puertas y anunció que pertenecía a Cayo Casio, el verdadero gobernador de Siria. Apretando los dientes, Dolabela intentó negociar una salida con los ancianos de la ciudad portuaria de Laodicea: si Laodicea le prestaba ayuda y le concedía refugio, él la convertiría en capital de Siria en cuanto le hubiera dado a Casio una merecida lección. Los ancianos aceptaron la oferta con presteza. Mientras Dolabela fortificaba Laodicea, envió agentes para sobornar a las tropas de Casio, pero no tuvo ningún éxito. Todos los soldados se mantuvieron fieles a su héroe, Cayo Casio. ¿Quién era ese Dolabela? Un borracho camorrista que había torturado y decapitado a un gobernador romano.
En abril, Casio todavía ignoraba el éxito marítimo que Spinter y los demás estaban consiguiendo. Convencido de que Dolabela pronto iba a disponer de cientos de barcos. Casio envió embajadores a la reina Cleopatra para exigirle, sin demora, una gran flota de barcos de guerra y de transporte. Cleopatra se negó: Egipto estaba sufriendo una pestilencia y una hambruna y, en consecuencia, no se encontraba en disposición de ayudar. Pero el regente de Cleopatra en Chipre sí envió barcos a Casio, y lo mismo hicieron Tiro y Arado en Fenicia, pero no en número suficiente como para satisfacer a Casio, que decidió invadir Egipto y demostrar a la reina que un Libertador no debía ser tomado a la ligera.
Dolabela se atrincheró en Laodicea, seguro de que su flota estaba a punto de llegar y de que Marco Antonio ya le habría enviado tropas de refuerzo. No sabía que Antonio ahora era un inimicus en lugar de ser el procónsul de la Galia Cisalpina.
Laodicea se encontraba en el extremo más elevado de un promontorio bulboso que se unía a la Siria continental por un istmo de menos de cuatrocientos metros de ancho. Esta situación geográfica hacía que fuera muy difícil sitiar la ciudad. Las legiones de Dolabela estaban apostadas alrededor de las murallas de la población, parte de las cuales habían sido demolidas y reconstruidas a lo ancho del istmo. A mediados de mayo empezaron a llegar unos cuantos barcos, y los capitanes aseguraron a Dolabela que el resto de la flota no tardaría en aparecer.
Pero en realidad nadie sabía lo que hacían los demás, lo que contribuyó a los avatares de la guerra en Siria tanto como cualquier proeza de los altos mandos. Spinter se había ido a la ciudad panfilia de Perga para recoger el alijo del difunto Trebonio a fin de dárselo a Casio. Mientras tanto, sus colegas Pastico, Sextilio Rufo y Casio Parmensio perseguían a la flota de Dolabela por el mar. Una situación que tanto Dolabela como Casio desconocían por completo mientras Casio llevaba a parte de su ejército a Laodicea, donde se puso a construir un terraplén impresionante que atravesaba el istmo; justo delante de la muralla. Una vez construido el terraplén, dispuso la artillería sobre él y atacó a Dolabela despiadadamente.
En ese momento, Casio por fin se enteró de que le pertenecía toda la flota. Casio Parmensio llegó con una flotilla de quinquerremes, atravesó la cadena que impedía el paso hacia el puerto de Laodicea, entró en él y hundió cada uno de los barcos de Dolabela que estaba fondeado allí. El bloqueo era total. Ningún abastecimiento podía llegar a Laodicea.
El hambre asoló la ciudad, al igual que las enfermedades, pero la ciudad aguantó hasta principios de julio, cuando el comandante al mando de las murallas abrió las puertas y permitió que las tropas de Casio entraran en la ciudad. Cuando las tropas llegaron, Publio Cornelio Dolabela se había suicidado.
Ahora Siria pertenecía a Casio, desde la frontera con Egipto hasta el río Éufrates, tras el cual se escondían los partos, que no sabían qué ocurría y se sentían reacios a invadir Siria sabiendo que Casio andaba cerca de allí.
Sorprendido de su buena suerte, pero convencido de que se la merecía, Casio escribió a Roma y a Bruto, tan satisfecho de sí mismo que llegó a creerse invencible. El era mejor que César.
Ahora, sin embargo, tenía que encontrar el dinero para mantener su empresa en funcionamiento, una tarea nada fácil en una provincia que primero había sido expoliada por Metelo Escipión al servicio de Pompeyo Magno, y luego por César a modo de venganza. Casio decidió adoptar la técnica de César, y pidió a la ciudad y a los distritos la misma cantidad que habían pagado a Pompeyo, a sabiendas de que no le darían ni de cerca una suma parecida a la estipulada. Sin embargo, cuando se conformó con lo que le dieron, quedó como un hombre clemente y moderado.
Como habían sido tan leales a César, los judíos fueron castigados con más encono. Casio exigió setecientos talentos de oro, cantidad que el pueblo de Judea sencillamente no tenía. Craso les había robado el oro del Gran Templo y desde entonces los romanos no les habían permitido acumular más. Antipater hizo lo que pudo, repartiendo la tarea de obtener el oro entre sus dos hijos, Fasael y Herodes, y también un cierto Málico, partidario secreto de una facción que se había propuesto liberar a Judea del rey Hircanio y su adulador Antipater de Idumea.
De los tres recaudadores, Herodes fue el que tuvo más éxito. Llevó cien talentos de oro a Casio, que estaba en Damasco, y se presentó ante el gobernador de una manera de lo más humilde y encantadora. Casio lo recordaba muy bien de los tiempos en Siria; aunque entonces Herodes era muy joven, le había causado una profunda impresión, y ahora se quedó fascinado al ver lo que había sido del feo muchacho. Decidió que le gustaba el idumeo astuto, que nunca sería rey porque su madre era gentil. Lástima, pensó Casio. Herodes abogaba ardientemente por la presencia de Roma en Oriente y, de haber sido rey de los judíos, habría hecho de los judíos unos súbditos romanos leales. Al menos, Roma tenía afinidad con Judea; la alternativa, el poder en manos del rey de los partos, era de lejos mucho más espantosa.
Los otros dos recaudadores tuvieron mucho menos éxito que Herodes. Antipater recolectó lo suficiente como para que la contribución de Fasael pareciera respetable, pero Málico fracasó estrepitosamente porque no estaba dispuesto a dar nada a los romanos. Casio, que quería demostrar que iba en serio, mandó llamar a Málico para que fuera a Damasco y lo condenó a muerte. Antipater llegó corriendo con otros cien talentos y rogó a Casio que no ejecutara la condena; Casio, apaciguado, perdonó a Málico y Antipater se lo llevó de vuelta a Jerusalén, sin saber que a Málico le hubiera encantado ser mártir.