Algunas comunidades como Gomfa, Laodicea, Emaús y Tamna, fueron saqueadas y destruidas hasta los cimientos y, sus habitantes, vendidos en los mercados de esclavos de Sido y Antioquía.
Así, ahora Casio tenía tiempo libre para pensar en la invasión de Egipto. No sólo porque pretendía castigar a Cleopatra; también porque se decía que Egipto era el país más rico del mundo, exceptuando quizás el reino de los partos. Casio pensó que en Egipto encontraría los fondos para gobernar Roma. ¿Y Bruto? Bruto podría ser el jefe de la burocracia. Casio ya no creía en la causa de la República, la consideraba más muerta que César. Él, Cayo Casio Longino, sería el nuevo rey de Roma. Entonces llegó la carta de Bruto,
He recibido terribles noticias de Roma, Casio. Te envío esto urgentemente con la esperanza de que te lo entreguen antes de que inicies la invasión de Egipto. Eso, de momento, es imposible
Octaviano y Quinto Pedio son cónsules. Octaviano marchó sobre Roma y la ciudad se rindió sin un murmullo de protesta. Parece muy probable que estalle una guerra civil entre los nuevos cónsules y Marco Antonio, que se ha aliado con los gobernadores de las provincias occidentales. A Antonio y Lepido los han declarado proscritos, y a los Libertadores nos han juzgado y declarado nefas en las cortes de Octaviano. Nos han confiscado todas nuestras propiedades, aunque Ático me ha escrito asegurándome que se ha hecho cargo de Servilia, Tertulia y Junila. Vatia Isaurico y Junia no quieren saber nada de ellos. Décimo Bruto ha sido vencido en la Galia Cisalpina y ha huido, nadie sabe adónde.
Ésta es nuestra oportunidad de conquistar Roma. Si Antonio y Octaviano liman sus diferencias -aunque no creo que lo hagan-, seremos proscritos el resto de nuestra vida. Por lo tanto, si todavía no has partido hacia Egipto, no lo hagas. Tenemos que mantenernos unidos y tratar de tomar Italia y Roma. Puede que seamos capaces de reconciliarnos con Antonio algún día, pero ¿con Octaviano? Jamás. El heredero de César es obstinado y ya decidió que todos nosotros debemos morir en la pobreza y ser desposeídos de todos nuestros derechos.
Deja las legiones que estimes necesario para defender Siria durante tu ausencia y ven a reunirte conmigo tan pronto como puedas. Ya he conquistado a los besios y tengo una cantidad importante de grano y comida en general, con lo que nuestros ejércitos podrán alimentarse. Algunas zonas de Bitinia y Ponto han dado cosechas, que serán para nosotros y no para Octaviano, que las necesita para pacificar a Roma. He oído que Italia y Occidente están tan secos como Grecia, África o Macedonia. Debemos actuar ahora, Casio, mientras podamos dar de comer a nuestros hombres, y mientras tengamos dinero en nuestros cofres de guerra.
Porcia ha muerto. Mi madre dice que se ha suicidado. Estoy desolado.
Casio le contestó inmediatamente. Sí, él iría a la provincia de Asia, probablemente atravesando Capadocia y Galacia. ¿Acaso Bruto pretendía librar una guerra contra Octaviano y luego llegar a un acuerdo con Antonio?
Rápidamente le llegó una respuesta: sí, ésas eran las intenciones de Bruto. Ponte en marcha, Casio, nos encontraremos en Esmirna en diciembre. Envía tantos barcos como te sea posible.
Casio eligió a sus dos mejores legiones y apostó una en Antioquía y la otra en Damasco; después nombró gobernador provisional a su seguidor más leal, un antiguo centurión llamado Fabio. Por experiencia Casio sabía que dejar a un noble aclass="underline" mando sólo significaba problemas a corto plazo, una idea que César hubiera aprobado con entusiasmo.
Poco antes de que Casio abandonara los alrededores de Antioquía para dirigirse al norte, se enteró por Herodes de que el ingrato Málico había envenenado a su benefactor Antipater en Jerusalén y que, además, se vanagloriaba de ello.
«Lo tengo prisionero -escribió Herodes-. ¿Qué hago con él?»
«Véngate», contestó Casio.
Y eso hizo Herodes. Llevó al judío fanático Málico a Tiro, el enclave de la industria del tinte púrpura y la cuna del odiado dios Baal. Era, por lo tanto, un lugar execrable para cualquier judío. Dos soldados de Casio condujeron a Málico, desnudo y descalzo, hasta una masa putrefacta de conchas de mariscos, y allí, muy lentamente, lo mataron delante de Herodes. El cuerpo de Málico fue abandonado para que se pudriera entre los murex.
Cuando Casio se enteró de la venganza de Herodes, se rió por lo bajo y pensó que Herodes era un hombre muy interesante.
Al pasar por el desfiladero de las montañas de Amano que se llama las Puertas de Siria, Tilio Cimbro, el Libertador y gobernador de Bitinia y Ponto, se unió a Casio con una legión de tropas del Ponto. Esta nueva adición elevó el número de legiones a once y agregó tres mil soldados en la caballería: el mismo número de caballos que Casio calculaba que los pastizales podrían alimentar de ese lado de la verde Galacia.
Cimbro y Casio decidieron que debían avanzar lentamente para exprimir el máximo de dinero de todos los lugares que atravesaran.
En Tarso, Cimbro y Casio exigieron a la ciudad la fantástica suma de quince mil talentos de oro e insistieron en que se les pagara antes de partir. Los aterrorizados consejeros de la ciudad derritieron cada uno de los objetos preciosos de los templos y luego vendieron como esclavos a los tarsos libres pobres. Como ni siquiera con eso consiguieron acercarse a la suma que se les exigía, siguieron vendiendo a tarsos como esclavos, ascendiendo en la escala social. Cuando lograron reunir quinientos talentos de oro, Casio y Cimbro se declararon satisfechos y partieron a través de las Puertas de Cilicia hacia Capadocia.
Habían enviado la caballería para que los precediera y exigiera dinero al rey Ariobarzanes, que contestó llanamente que no tenía dinero y les mostró los agujeros en las puertas y los postigos de las ventanas, allí donde en su día había habido clavos de oro. El viejo rey fue asesinado en el acto y su palacio, así como los templos de Eusebia Mazaca, fueron saqueados con poco provecho. Dejotaro de Galacia aportó infantería y caballería en vez de dinero, y luego tuvo que presenciar cómo saqueaban sus templos y palacios. Se nota, pensó Dejótaro cansado, que Bruto y Casio se dedican a ejercer de prestamistas. Para ellos no hay nada sagrado excepto el dinero.
A principios de diciembre, Casio, Cimbro y el ejército llegaron a la provincia de Asia por las hermosas y salvajes montañas de Frigia, luego siguieron el curso del río Hermo hasta el mar Egeo. La reunión con Bruto tendría lugar muy cerca de allí, en un sitio al que se accedía por una buena vía romana. Decidieron no fijarse en que todas las personas con que se cruzaban parecían pobres y oprimidas, en que cada templo y cada edificio público tenía un aspecto viejo y abandonado. Mitrídates el Grande había sembrado más caos en Asia que cualquier romano.
3
Cuando Cleopatra llegó a Alejandría en junio, tres meses después de la muerte de César, encontró a Cesarión sano y salvo bajo la custodia de Mitrídates de Pérgamo, lloró en el regazo de su tío, le agradeció cariñosamente todos los cuidados que había prestado a su reino y lo envió de regreso a Pérgamo cargado con mil talentos de oro. Un oro que le fue muy útil cuando Bruto le exigió tributo: Mitrídates pagó la cantidad exigida y no dijo nada del resto de lingotes que aún tenía en sus arcas secretas.
El hijo de Cleopatra tenía a la sazón tres años de edad, era alto, rubio, con los ojos azules y cada día se parecía más a César. Sabía leer y escribir, hablar un poco de asuntos de Estado y estaba fascinado con la suerte que le había correspondido por nacimiento. Una feliz casualidad. Había llegado, pues, el momento de decir adiós a Ptolomeo XIV Filadelfo, el hermanastro y esposo de Cleopatra. El niño de catorce años fue entregado a Apolodoro, que lo mandó estrangular y anunció a los ciudadanos alejandrinos que la muerte de su rey se había debido a una enfermedad hereditaria. Lo que no dejaba de ser cierto. Cesarión ascendió al trono como Ptolomeo XV César Filópator Filométor, es decir, Ptolomeo César, amante de su padre y de su madre. Cha'em, alto sacerdote de Ptah, lo ungió faraón, y fue nombrado Señor de las dos Damas, el de la juncia y la Abeja; también se le adjudicó su propio médico, Hapd'efan'e.