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– Representa un hito -opinó Bruto, con tristeza-. Los viejos valores y tabúes ya no se respetan. Ni siquiera estoy seguro de querer volver a entrar en Roma nunca más.

– Si Antonio y Octaviano tienen algo que decir sobre eso, tú no podrás entrar, Bruto. Lo único que sé es que tendrán que luchar para evitar que yo entre en Roma -sentenció Casio.

Con diecinueve legiones, cinco mil soldados de caballería y setecientos barcos a su disposición, Casio tomó asiento para estudiar el modo de extraer seiscientos millones de sestercios de Rodas y de las ciudades de Licia. Bruto estaba presente; no obstante, durante los últimos nundinae había aprendido a ser adecuadamente deferente cuando Casio estaba concentrado en planear las operaciones militares. Para Casio, Bruto sólo había disfrutado de un golpe de suerte en Tracia, en lugar de encabezar una verdadera campaña.

– Tomaré Rodas -anunció-, lo que, para empezar, como mínimo significa una guerra naval. Tú invadirás Licia, aunque tendrás que llevar tus tropas por mar. No creo que los caballos vayan a sernos de gran utilidad en ninguno de los dos casos, por eso sugiero que los enviemos a todos, menos a mil soldados de caballería, a Galacia a pasar la primavera y el verano. -Sonrió-. Que Dejotaro cargue con el coste.

– Ha sido muy generoso y servicial -apuntó Bruto con timidez.

– Ahora podrá ser aún más generoso y servicial -respondió Casio.

– ¿Por qué no puedo marchar por tierra desde Caria? -preguntó Bruto.

– Supongo que podrías, pero ¿por qué quieres hacerlo?

– Porque la infantería romana odia los viajes en barco.

– Está bien, haz lo que quieras, pero avanzarás a paso de tortuga y tendrás que superar unas cuantas montañas peliagudas.

– Ya lo sé -contestó Bruto con paciencia.

– Diez legiones y quinientos soldados de caballería para reconocer el terreno.

– Nada de carros de aprovisionamiento si hay montañas peliagudas. Las tropas tendrán que emplear mulas de carga, lo cual significa que no podrán estar en marcha durante más de seis nundinae. Tendré que confiar en que en Xanthus existan víveres suficientes para alimentarme cuando llegue allí. Creo que Xanthus debería ser mi primer objetivo, ¿no?

Casio pestañeó, un poco desconcertado. ¿Quién hubiera esperado tanto sentido común militar en un hombre como Bruto?

– Sí, Xanthus será el primero -concedió-. Sin embargo, no hay nada que te impida enviar comida por mar y recogerla cuando llegues a Xanthus.

– Buena idea -reconoció Bruto, sonriendo-. ¿Y tú?

– Como ya he dicho, batallas navales, aunque necesitaré cuatro legiones… que embarcarán en los barcos de transporte y soportarán el piélago tanto si les gusta como si no -decretó Casio.

2

Bruto emprendió la marcha con sus diez legiones y quinientos soldados de caballería en marzo, por un camino romano en buenas condiciones en dirección sur, a través del valle del río Meander hacia Ceramus, evitando la costa todo lo que pudo. La ruta le ofrecía forraje en abundancia, pues los graneros todavía contenían trigo de la pobre cosecha del año anterior y no le preocupaba si al confiscarlo dejaba a la gente del lugar hambrienta, pese a que era lo bastante sensato como para atender a sus ruegos y dejarles las semillas necesarias para plantar las cosechas del año siguiente. Por desgracia, las lluvias primaverales no habían llegado, un mal presagio; los campos tendrían que regarse a mano desde los ríos. Los granjeros preguntaron lastimeramente cómo iban a hacerlo si el hambre los debilitaba.

– Comed huevos y aves de corral -dijo Bruto.

– ¡Entonces no permitas que tus hombres nos roben los pollos!

Bruto consideró aquello razonable y endureció sus medidas contra la rapiña ilegal de animales de granja por parte de sus tropas, las cuales estaban comenzando a descubrir que su comandante era más duro de lo que parecía.

Los montes Solima de Licia eran formidables, se alzaban hasta ocho mil pies desde la orilla del río. Gracias a éstos, ningún gobernador de la provincia de Asia se había molestado en poner orden en Lidia, fijar un tributo o enviar legados para hacer cumplir sus edictos. Refugio de piratas durante largo tiempo, era un lugar donde los poblados sólo estaban ubicados en una serie de estrechos valles fluviales y toda comunicación entre ellos se llevaba a cabo por mar. La tierra de Sarpedón y Glauco daba comienzo en la ciudad de Telmessus, donde la calzada romana en buenas condiciones se detenía. Desde Telmessus en adelante lo único que había era un sendero de cabras.

Bruto, sencillamente, fue haciendo su propio camino a medida que avanzaba, obligando a sus legionarios a turnarse en la tarea de abrirse paso a machetazos y cavar con picos y palas. Sus hombres gruñían y se quejaban ante el trabajo, aunque se ponían manos a la obra en cuanto sus centuriones les azotaban con los extremos nudosos de sus varas de vid.

La sequía significaba buen tiempo, ningún riesgo de deslizamientos de tierras o presencia de barro que retrasara a las mulas de carga, aunque los campamentos eran cosa del pasado. Todas las noches, los hombres se hacían un ovillo allí donde se encontraran, sobre el camino de cascajos de diez pies de ancho, indiferentes al manto de estrellas titilantes del firmamento, a las espumosas cascadas de los borboteantes arroyuelos, a las cimas adornadas por pinos y en cuyas laderas se veían agujeros imponentes allí donde se habían desprendido faldas enteras, a las brumas perladas que se arremolinaban alrededor de los árboles verduscos al amanecer. Por otro lado, todos se habían fijado en los enormes y brillantes fragmentos de roca negra como el azabache que sus picos y palas descubrían en el suelo, aunque sólo porque los habían tomado por gemas raras. En cuanto les informaron de que se trataba de cristales sin valía alguna, los maldijeron y maldijeron a todo lo que tuviera que ver con aquella extenuante tarea de construir un camino a través de los montes Solima.

Sólo Bruto y sus tres filósofos contaban con el temperamento -y el tiempo libre- para apreciar la belleza que se revelaba durante el día y que continuaba cuando caía la noche misteriosa, cuando ciertas criaturas chillaban en el bosque, los murciélagos batían sus alas y las aves nocturnas planeaban recortadas contra la bóveda plateada por la luna. Además de apreciar el entorno, todos ellos disfrutaban de sus actividades preferidas: Estatilo y Estrato de Épiro, de las matemáticas; Romano Volumno, de un diario; mientras que Bruto escribía cartas a la difunta Porcia y al difunto Catón.

Apenas treinta kilómetros separaban Telmessus del valle del río Xanthus. Sin embargo, aquellos treinta kilómetros les ocuparon más de la mitad de los treinta días de marcha en los que tenían que recorrer doscientos cincuenta kilómetros. Las dos ciudades más grandes de Licia, Xanthus y Patara, se alzaban a la orilla del río; Patara; en la desembocadura; Xanthus, veinticinco kilómetros río arriba.

El ejército de Bruto prolongó aquel camino hecho a golpe de pico hacia el valle más cercano a Patara que a Xanthus, la población que era el primer objetivo de Bruto. Por desgracia para él, un pastor solitario había alertado a las dos ciudades, cuyos habitantes aprovecharon aquellas horas de ventaja: arrasaron los campos, evacuaron los barrios de las afueras y cerraron las puertas. Todos los graneros estaban en el interior, había arroyos de agua fresca y las murallas de Xanthus eran unos bastiones lo bastante macizos como para contener a los romanos.