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– No del todo -insistió tozudamente Arquelao-. Una vez que los romanos inventaron el puente con corvus y consiguieron transportar en los barcos un gran número de legionarios, las flotas de Cartago no salieron ya tan bien paradas.

Los dos líderes navales miraron a aquel viejo pedante y empezaron a desear haberlo dejado en sus bucólicos parajes.

– Enviad a Cayo Casio una misión diplomática -imploró Arquelao.

Así, los rodios enviaron una misión diplomática a Casio en Mindus, más para hacer callar a Arquelao que porque creyesen que la reunión fuese a dar frutos. Casio recibió a la delegación con arrogancia y les dijo con altivez a sus miembros que iba a darles una paliza.

– De modo que cuando volváis a casa -prosiguió-, decidle a vuestro Consejo que empiece a pensar en negociar un acuerdo de paz.

Los enviados regresaron para contarles a Alexander y a Mnaseas que Casio parecía completamente seguro de su victoria. ¿No sería quizá mejor negociar? Alexander y Mnaseas se echaron a reír a carcajadas, desdeñosamente.

– Nadie va a vencer a Rodas en el mar, eso es imposible -sentenció Mnaseas. Levantó el labio con gesto asqueado y se puso pensativo-. Para ilustrar lo que acabo de decir, quiero señalar que Casio saca a hacer maniobras a sus barcos todos los días, así que ¿por qué no le enseñamos lo que Rodas es capaz de hacer? Lo pillamos sentado en su letrina, soñando con que la instrucción romana puede vencer a la pericia roda.

– Eres un poeta-dijo Arquelao, quien de veras era un incordio.

– ¿Por qué no vas a ver a Casio personalmente? -le sugirió Alexander.

– De acuerdo, así lo haré -convino Arquelao.

Éste tomó una pinaza hasta Mindus para ver a su antiguo alumno, y desplegó ante él toda su brillantez retórica, sacándola de la chistera mágica de su oratoria, pero todo fue en vano. Casio lo escuchó sin inmutarse.

– Vuelve y dile a esos amigos tuyos que tienen los días contados. -Ésas fueron las palabras más prometedoras que Arquelao logró arrancarle.

– Casio dice que tenéis los días contados -les transmitió a los comandantes de guerra, y éstos lo enviaron de vuelta a su villa rústica como castigo.

Casio sabía exactamente lo que estaba haciendo, por difícil de creer que les resultase a los rodios. Su instrucción y sus maniobras proseguían de manera inexorable: las supervisaba él mismo, e infligía a sus hombres un severo castigo cada vez que sus barcos no estaban a la altura esperada. Empleaba buena parte de su tiempo yendo y viniendo entre Mindus y Cnidus, cosa que podía hacer mientras realizaba sus labores de supervisión, pues el ejército de tierra también debía estar preparado para la acción, y creía en el toque personal.

A principios de abril, los rodios escogieron sus treinta y cinco mejores barcos y les encomendaron la misión de atacar por sorpresa a la ajetreada flota de pesados quinquerremes de Casio, que seguía realizando continuas maniobras. Al principio pareció que los rodios iban a ganar sin dificultad, pero Casio, que de pie en su pinaza lanzaba órdenes a sus capitanes, no estaba en absoluto nervioso. Tampoco sus capitanes se dejaron arrastrar por el pánico ni chocaron unos contra otros ni les pusieron las cosas fáciles al enemigo. A continuación, los rodios advirtieron que los barcos romanos los estaban empujando hacia unas aguas cada vez menos profundas, de tal modo que al final ya no podían dar media vuelta, embestir al enemigo ni ejecutar ninguna de las brillantes maniobras que los habían hecho tan célebres. La oscuridad permitió a los rodios escurrirse y dirigirse a casa a toda velocidad, pero tras ellos dejaron dos barcos hundidos y tres capturados.

Rodas estaba magníficamente situada en el extremo inferior oriental del mar Egeo. Con una longitud total de ciento veinte kilómetros, la fértil y accidentada isla en forma de rombo era lo bastante grande como para autoabastecerse, así como para formar una barrera frente al tráfico marítimo que se dirigía a Cilicia, Siria, Chipre y todos los demás territorios situados hacia el este. Los rodios habían explotado aquella ventaja natural saliendo al mar y confiaban en su superioridad naval para proteger su isla.

El ejército terrestre de Casio zarpó en las calendas de mayo en cien barcos de transporte, con el propio Casio al frente de ochenta galeras de guerra que también transportaban legionarios navales. Estaba listo en todos los frentes.

Al ver acercarse aquella gigantesca armada, la totalidad de la flota roda salió a hacerle frente para sucumbir de inmediato ante las mismas tácticas que Casio había empleado en Mindus. Mientras la batalla naval se recrudecía, los barcos de transporte se deslizaban por su lado incólumes, permitiendo así a Fanio Cepio y a Lentulo Spinter desembarcar sin incidentes a sus cuatro legiones en la costa occidental de la ciudad de Rodus. Los veinte mil hombres completamente equipados y vestidos con cotas de malla no sólo avanzaban formados en filas y columnas, sino que mediante pasarelas y cabrestantes estaban descargando cantidades asombrosas de artillería y máquinas para proceder al sitio de la ciudad. ¡Oh, oh, oh! Los aterrorizados rodios no tenían ejército de tierra propio, ni tampoco la menor idea sobre cómo resistir a un sitio.

Alexander y el Consejo rodio quisieron enviar una misiva desesperada a Casio declarando que capitulaban, pero todavía no la habían despachado cuando el pueblo del interior de Rodus se puso a abrir todas las entradas y las puertas de las murallas para dejar paso a la legión romana.

La única víctima fue un soldado que se cayó y se rompió el brazo.

Y fue así cómo la ciudad de Rodus no fue saqueada y cómo la isla de Rodas sufrió escasos daños.

Casio formó un tribunal en el ágora. Con una corona de laureles sobre su cabello corto y claro, lo presidió ataviado con su toga de ribetes de color púrpura. Con él eran doce los lictores que llevaban túnicas carmesíes con las fasces entrecruzadas, y dos centuriones veteranos primipilus de pelo cano condecorados y vestidos con jubones de escamas doradas, uno de ellos empuñando una lanza ceremonial. Ante una seña de Casio, el centurión clavó la lanza en la mesa del tribunal, señalando con ese gesto que Rodas era prisionera de la máquina de guerra romana.

Casio ordenó al otro centurión, dueño de una voz célebre por estentórea, que leyera en voz alta una lista de cincuenta nombres en la que estaban incluidos los de Mnaseas y Alexander. Los cincuenta fueron conducidos ante aquel tribunal y ejecutados en el acto. A continuación, el centurión leyó veinticinco nombres más; éstos fueron condenados al exilio y sus propiedades fueron confiscadas, junto con las de los cincuenta hombres sacrificados. Tras esto, el improvisado heraldo de Casio anunció a voz en grito y en pésimo griego que toda clase de joyas, toda moneda, todo lingote de oro, plata, bronce, cobre u hojalata, todo tesoro del templo y toda pieza valiosa de mobiliario o tela debían ser traídos al ágora. Quienes obedeciesen por voluntad propia y con honradez no serían importunados, pero los que tratasen de huir u ocultar sus posesiones serían ejecutados. Se ofrecieron recompensas a cambio de información a los hombres libres, a los libertos y a los esclavos.

Fue un acto de terrorismo perfecto que cumplió los objetivos de Casio de inmediato. El ágora se abarrotó por completo con el botín, hasta el extremo de que los soldados no podían llevárselo con la rapidez suficiente. Casio tuvo la gentileza de permitir que Rodas conservara su obra de arte más venerada, el Carro de Fuego, pero nada más. Un legado entró en todas las viviendas de la ciudad para asegurarse de que sus habitantes habían llevado hasta el último objeto de valor al ágora, mientras el propio Casio conducía a tres de las legiones hacia el interior rural de la isla para saquearlo por completo, como aves carroñeras despojando un cadáver. Arquelao el Retor no perdió nada por una razón muy sencilla: no tenía nada.