– ¿Cómo has calculado los seiscientos millones para los soldados rasos? -preguntó Bruto, frunciendo el ceño mientras realizaba las sumas mentalmente.
– Hay que pagar a los no combatientes mil por cabeza, y tenemos diez mil soldados de infantería no ciudadanos a los que también debemos retribuir. Lo que quiero decir es que las tropas necesitan agua para la marcha, sus necesidades deben ser cubiertas, porque no querrás correr el riesgo de que los no combatientes descuiden sus obligaciones, ¿verdad que no, Marco Bruto? También son ciudadanos romanos libres, no lo olvides. Las legiones romanas no utilizan esclavos -puntualizó Hemicilo, un tanto ofendido-. He hecho bien mis cálculos y te aseguro que, habiendo tenido muchas más cosas en cuenta de las que aquí he enumerado, mis cifras son del todo correctas.
– No te quejes, Bruto -intervino Casio en tono cansino-. Al fin y al cabo, el premio es Roma.
– El Erario estará vacío -repuso Bruto con desaliento.
– Pero en cuanto volvamos a poner a punto a las provincias, enseguida se llenará -aseguró Hemicilo. Lanzó una mirada furtiva a su alrededor para asegurarse de que no estaba presente ningún representante de Sexto Pompeyo y se puso a toser con disimulo-. Supongo que os dais cuenta de que, en cuanto hayáis derribado a Antonio y a Octaviano, tendréis que rastrear los mares en busca de Sexto Pompeyo, que puede que se llame a sí mismo patriota, pero se comporta como un burdo pirata ¡cobrándoles a los patriotas por el grano!
– Cuando derrotemos a Antonio y a Octaviano, dispondremos del contenido de sus arcas de guerra -dijo Casio con satisfacción.
– ¿Qué arcas de guerra? -exclamó Bruto, decidido a llevar la contraria-. Tendremos que registrar las pertenencias de todos los legionarios para encontrar su dinero, porque será ahí donde esté nuestro dinero: en los pertrechos de los legionarios.
– Pues, ahora que lo mencionas, precisamente iba a hablar de eso -terció el incansable Hemicilo, tosiendo de nuevo-. Recomiendo que, una vez hayáis pagado a vuestras legiones terrestre y naval, pidáis en préstamo esa misma cantidad a un interés simple del diez por ciento. De ese modo, yo podré invertirlo en ciertas empresas y ganar algo con él. Si simplemente lo pagáis, se quedará ahí, en los pertrechos de los legionarios sin arrojar ningún tipo de beneficios, lo cual sería una tragedia.
– ¿Quién puede permitirse el lujo de prestar dinero con semejante panorama económico? -preguntó Bruto con pesimismo.
– Dejotaro, para empezar. Ariarates, también. Hircano en Judea y montones de pequeños sátrapas en Oriente. Sé de unas cuantas empresas romanas que buscan activos líquidos y si pedimos un quince por ciento, ¿quién lo va a saber aparte de nosotros? -Hemicilo soltó una risita nerviosa-. A fin de cuentas, no va a resultarnos muy difícil recaudar las deudas, ¿verdad que no? No si nuestras tropas terrestres y navales son nuestros acreedores. También he oído que el rey Orodes de los partos está teniendo problemas de liquidez. El año pasado le vendió a Egipto un buen lote de cebada, aunque en sus propias tierras también reina la escasez. Creo que su crédito es suficientemente bueno como para considerarlo un posible candidato.
Bruto se había animado mucho al oír aquellas palabras.
– ¡Hemicilo, eso es fantástico! Entonces hablaremos con los representantes del ejército terrestre y naval y veremos lo que dicen. -Lanzó un suspiro-. ¡Nunca habría imaginado lo caro que es hacer la guerra! No me extraña que a los generales les gusten los botines.
Una vez zanjado ese asunto en particular, Casio se dispuso a dar sus órdenes.
– La base principal de las flotas será Taso -dijo con tono de eficiencia-. Es lo más cerca de Calcídica a lo que pueden llegar los barcos, sea cual sea su número.
– Mis patrullas -intervino Aulo Alieno con soltura, a sabiendas de que Casio lo respetaba, aunque Bruto lo considerase un arribista picentino- me han informado de que Antonio está avanzando hacia el este por la Vía Egnacia con unas cuantas legiones, pero que no está en condiciones de presentar batalla hasta que reciba refuerzos.
– Y hay pocas posibilidades -continuó Cneo Ahenobarbo con aire de suficiencia- de que eso vaya a ocurrir pronto. Murco y yo tenemos al resto de su ejército paralizado en Brindisi con nuestro bloqueo.
No es extraño, pensó Casio para sus adentros, que el hijo haya salido al padre; a Lucio Ahenobarbo también le gustaban el mar y los barcos de guerra.
– Buen trabajo. Seguid así -lo felicitó, guiñándole el ojo-. En cuanto a nuestra escuadra en Taso, intuyo que dentro de poco veremos a la armada del Triunvirato tratando de interrumpir nuestras líneas de suministros para quedarse con la comida. La sequía del año pasado ya fue lo bastante mala, pero este año no hay cereales en Macedonia ni Grecia, razón por la que espero no tener que librar ninguna batalla. Si adoptamos las tácticas de Fabio, conseguiremos que Antonio y los suyos se mueran de inanición.
XIV
1
Marco Antonio y Octaviano tenían cuarenta y tres legiones bajo su mando, veintiocho de ellas en Italia. Las otras quince estaban distribuidas entre las provincias controladas por los triunviros, excepto África, que estaba tan aislada y absorta en su guerra local que por el momento tenía que esperar.
– Tres legiones en la Hispania Ulterior y dos en la Hispana Citerior -dijo Antonio a su consejo de guerra en las calendas de junio-. Dos en la Galia Narbonesa, tres en la Galia Trasalpina, tres en la Galia Cisalpina y dos en Ilírico. Eso pone una buena barrera entre nuestras provincias y los germanos y dacios; disuadirá a Sexto Pompeyo de entrar en las Hispanias, y si surge la ocasión, Lepido, tendrás tropas a tu disposición para África. -Dejó escapar un gruñido-. La comida, naturalmente, será lo más difícil de administrar, entre las legiones y los tres millones de habitantes de Italia, pero tendrás que arreglártelas en nuestra ausencia, Lepido, en cuanto atrapemos a Bruto y Casio, nuestra situación económica mejorará.
Octaviano escuchó en silencio mientras Antonio pasaba a exponer sus planes con mayor detalle, satisfecho de los seis primeros meses de aquella dictadura de tres hombres. Las proscripciones habían aumentado en casi veinte mil talentos de plata los fondos del Erario, y Roma estaba muy tranquila, demasiado ocupada en lamerse las heridas para crear problemas, incluso entre los elementos menos cooperativos del Senado. Gracias a la venta de aquellas características sandalias de piel marrón a los hombres deseosos de rango senatorial, este organismo volvía a alcanzar los mil miembros previstos por César. Si alguno de ellos era de las provincias, ¿qué más daba?
– ¿Cuál es la situación en Sicilia? -preguntó Lepido.
Antonio esbozó una adusta sonrisa y enarcó las cejas expresivamente mirando a Octaviano.
– Sicilia es tu provincia, Octaviano. ¿Qué propones en nuestra ausencia?
– Sentido común, Marco Antonio -contestó Octaviano tranquilamente. Nunca se molestaba en pedirle a Antonio que lo llamara César; sabía cuál sería la respuesta. Antonio haría caso omiso.
– ¿Sentido común? -repitió Fufio Caleno sin comprender.
– Desde luego. De momento debemos permitir que Sexto Pompeyo vea Sicilia como su feudo privado, y seguir comprándole grano como si fuera un legítimo vendedor de cereales. Tarde o temprano los enormes beneficios que obtenga volverán a las arcas de Roma, es decir, cuando tengamos la posibilidad de tratar con él como un elefante trata con un ratón: aplastándolo. Entre tanto propongo que lo alentemos a invertir parte de sus fraudulentas ganancias dentro de Italia. Incluso dentro de Roma. Si eso lo induce a suponer que algún día podrá regresar y disfrutar del antiguo estatus de su padre, tanto mejor.