– Hablas como si tú tampoco supieras muy bien si apoyo a los Libertadores -dijo Sexto con una sonrisa.
– Yo estoy abierto a todas las posibilidades, Sexto Pompeyo, y sospecho que tú también. Por lo tanto, no deduzco automáticamente que apoyas a los Libertadores. Intuyo que tú sólo te apoyas a ti mismo. Por eso he pensado que dos jóvenes tan abiertos como nosotros debíamos hablar a solas, sin esos veteranos guerreros, tan experimentados en el campo de batalla y el foro, que nos recuerdan lo jóvenes e ingenuos que somos. -Octaviano esbozó una amplia sonrisa-. Podría decirse que tú y yo tenemos competencias bastante parecidas. Se supone que yo debo ocuparme del suministro de grano, cuando en realidad quien se ocupa eres tú.
– ¡Bien dicho! Sigue, me tienes intrigado.
– La facción de los Libertadores es numerosa y augusta -dijo Octaviano, mirando a Sexto a los ojos-. Tanto que incluso un Sexto Pompeyo podría verse enterrado bajo una plétora de junios, Casios, Claudios y Cornelios patricios, Calpurnios, Emilios, Domitios, ¿sigo?
– No -repuso Sexto Pompeyo entre dientes.
– Es verdad que puedes proporcionar una flota numerosa y competente a los Libertadores, pero poco más aparte del grano (que, según mis agentes, los Libertadores tampoco necesitan, ya que arrasaron el interior de Tracia y toda Anatolia) y has llegado a un buen acuerdo con el rey Asander de Cimeria. Por lo tanto creo que lo mejor que puedes hacer es no aliarte con los Libertadores. De hecho, debes desear que Roma no acabe en sus manos. Ellos no te necesitan tanto como yo.
– Eso en cuanto a ti, César. Pero ¿y Marco Antonio y Marco Lépido?
– Son guerreros veteranos, con mucha experiencia en el campo de batalla y el Foro. Mientras Roma e Italia tengan qué comer, y nosotros podamos comprar grano para nuestras fuerzas, no les importa lo que yo haga. O con quién llego a pactar, Sexto Pompeyo. ¿Puedo hacerte una pregunta?
– Adelante.
– ¿Tú qué quieres?
– Sicilia -contestó Sexto-. Quiero Sicilia. Sin una pelea. Octaviano asintió sabiamente.
– Una ambición práctica para un hombre de mar que está en la ruta del grano. Y factible.
– Estoy en ello -dijo Sexto-. Ya tengo las costas y he obligado a Pompeyo Bitínico a aceptarme como gobernador.
– Claro, es un Pompeyo -observó Octaviano con suavidad. La piel aceitunada de Sexto se sonrojó.
– ¡Pero no es de mi familia! -espetó.
– No, es hijo del cuestor de Junio junco. Cuando junco era gobernador de la provincia de Asia y mi padre se hizo con Bitinia, Pompeyo y junco llegaron a un acuerdo. Éste se quedó con el botín, y Pompeyo se llevó la fama. El primer Pompeyo Bitínico tampoco era gran cosa.
– ¿He de pensar que, si yo asumiera el mando de la milicia siciliana y matara a Pompeyo Bitínico hijo, me nombrarías gobernador de Sicilia, César?
– Por supuesto -contestó Octaviano con afabilidad-. Siempre y cuando aceptes vender el grano de Sicilia a la Roma de los triunviros a diez sestercios el modius. Al fin y al cabo, ya no tendrás intermediarios si los latifundia y los medios de transporte son de tu propiedad. Supongo que eso es lo que quieres, ¿no es cierto?
– Ah, sí. Tanto la cosecha como la flota del grano serán míos.
– Bien, pues…, tendrás tan pocos gastos indirectos, Sexto Pompeyo, que ganarás más vendiendo al Erario a diez sestercios el modius que lo que ganas ahora, vendiendo a cualquiera a quince sestercios el modius.
– Es verdad.
– Otra pregunta muy importante: ¿Este año habrá cosecha en Sicilia? -preguntó Octaviano.
– Sí. No será abundante, pero algo habrá.
– Eso nos deja con la polémica cuestión de África. Si Sextio en la provincia nueva consigue vencer a Cornificio en la provincia vieja y el grano africano vuelve a-invadir Italia, por supuesto tú lo interceptarás. ¿Aceptarías vendérmelo también por diez sestercios el modius?
– Si me dejan tranquilo en Sicilia, y si se suprimen las viejas colonias en torno a Vibo y Rhegium en Brutium, sí -contestó Sexto Pompeyo-. Vibo y Rhegium necesitan sus tierras públicas.
Octavio tendió la mano.
– ¡Trato hecho!
Sexto Pompeyo se la estrechó.
– ¡Trato hecho!
– Escribiré a Marco Lepido de inmediato y haré que trasladen las viejas colonias a Bradanus alrededor del Metapontum y al Aciris alrededor de Heracleia -dijo Octaviano, muy satisfecho-. En Roma tendemos a olvidar esas tierras; ¡están tan lejos! Pero los habitantes son de origen griego, y no tienen poder político.
Los dos jóvenes se despidieron con suma cordialidad, ambos conscientes de que ese acuerdo verbal amistoso duraría poco; cuando los acontecimientos lo permitieran, los triunviros (o los Libertadores) tendrían que arrebatar Sicilia a Sexto Pompeyo y expulsarlo de la zona marítima. Pero de momento, bastaba. Roma e Italia se alimentarían con el grano al precio antiguo, y habría suficiente para todos. Era el mejor acuerdo que Octaviano habría podido imaginar en una época de sequía tan terrible. Lo que sería de Aulo Pompeyo Bitínico no le preocupaba en absoluto, pues su padre había ofendido a Divus Julio. En cuanto a África, Octaviano también se había ocupado de eso y escrito a Publio Sitio y su familia en su feudo de Numidia para pedir a Sitio que, por Divus Julio, ayudara a Sextio; a cambio, el hermano de Sitio sería tachado de la lista de proscritos y se le restituirían sus propiedades. Cales podía abrir sus puertas.
Tras liberar a los cuatro rehenes, Sexto Pompeyo se hizo a la mar.
– ¿Qué piensas de él? -preguntó Octaviano a Agripa.
– Que es el digno hijo de un gran hombre. Y ésa es su perdición, así como una ventaja. No compartirá el poder, incluso aunque crea que cualquiera de los triunviros o los asesinos están a su altura en el mar.
– Lástima que no haya podido convertirlo en un partidario leal.
– Eso no lo harás -dijo Agripa con énfasis.
– Ahenobarbo ha desaparecido, no sé dónde está ni cuándo volverá -dijo Calvino a Octaviano cuando éste llegó a Brindisi-. Eso significa que los sesenta barcos de Murco están bloqueados. Son muy buenos, y también lo es Murco, pero Salvidieno anda por ahí, medio escondido. Tenemos razones para creer que Murco no lo sabe. De modo que en mi opinión, y Antonio está de acuerdo, deberíamos cargar todos nuestros barcos de transporte hasta los topes y ponernos en marcha.
– Como quieras -dijo Octaviano. Se dio cuenta de que no era el mejor momento para anunciar el éxito de sus negociaciones con Sexto; decidió volver a escribir a Lepido en Roma para asegurarse de que ese gusano captaba el mensaje.
El puerto de Brindisi tenía una bahía maravillosa, con muchos malecones y un número casi ilimitado de embarcaderos, de modo que los soldados, refunfuñando y gimiendo, tan sólo tardaron dos días en embarcar en los cuatrocientos barcos de transporte disponibles. Los malhumorados centuriones se las arreglaron para que cupieran dieciocho de las veinte legiones; hombres y mulas estaban tan apretados que los barcos menos sólidos no habrían resistido el menor temporal.
En ausencia de Ahenobarbo, la técnica de Estayo Murco consistió en esconderse detrás de la isla en la bocana del puerto y abalanzarse sobre los barcos que se aventuraran a salir. Tenía la ventaja del viento de esa época del año, pues el único que habría favorecido al Triunvirato era el de poniente, y aquélla era la temporada de los etesios, no la del céfiro.
Los barcos de transporte zarparon a centenares en las calendas de sextilis, saliendo del puerto a tan poca distancia los unos de los otros que los remos casi se tocaban. En el mismo momento en que se inició el éxodo masivo, Salvidieno trajo su flota del noreste con un viento favorable y la hizo formar un semicírculo en torno a la isla para acorralar a Murco. Éste podía salir, pero no sin una batalla naval, y no estaba en Brindisi para librar batallas navales, sino para hundir los barcos de transporte. Ah, ¿por qué Ahenobarbo se había ido a toda prisa a la caza de una supuesta segunda expedición egipcia?