Antonio soltó una pequeña carcajada.
– ¡Ésta es la guerra más extraña de todas las guerras! Dos mitades contra dos mitades; me han dicho que Bruto y Casio no se llevan mucho mejor que nosotros.
– Es lo que suele suceder cuando hay dos comandantes, Antonio. Algunas mitades son más grandes que otras, nada más. ¿Cuándo piensas ponerte en camino?
– Me llevaré a mis ocho legiones dentro de un nundinum. Tú me seguirás al cabo de seis días.
– ¿Cómo están nuestras provisiones de comida? ¿El grano?
– Bien, pero no tenemos suficiente para una guerra muy larga, y no nos llegará nada de Grecia o Macedonia, pues no se ha recolectado absolutamente nada. Este invierno habrá hambruna en la región.
– En ese caso -dijo Octaviano pensativamente-, lo lógico es que Bruto y Casio libren una guerra al estilo de Fabio, ¿no te parece? Evitarán a toda costa una batalla decisiva y esperarán a que nos muramos de hambre.
– Exacto. Así que debemos provocar una batalla, ganarla y comernos los alimentos de los Libertadores.
Tras despedirse con un brusco movimiento de cabeza, Antonio se alejó.
Octaviano dio la vuelta a la carta para mirar el sello, que era de Marcelo el Joven. ¡Qué extraño! ¿Por qué le habría escrito su cuñado? Sintió una punzada de preocupación: Octavia debía de estar a punto de dar a luz a su segundo hijo. ¡No, mi Octavia no!
Pero la carta era de Octavia.
Te alegrará saber, mi querido hermano, que he dado a luz a un niño hermoso y sano. Apenas he sufrido, y estoy bien.
Ay, pequeño Cayo, mi marido dice que debo escribirte antes de que lo haga alguien que te quiere. Sé que debería hacerlo nuestra madre, pero no lo hará. Siente demasiado su vergüenza, aunque es más una desgracia que una vergüenza, y yo la quiero igual.
Los dos sabemos que nuestro hermanastro Lucio ha estado enamorado de nuestra madre desde que ella se casó con Filipo. Ella prefirió pasarlo por alto o realmente no se dio cuenta. Sin duda, no tiene nada que reprocharse en todos los años que estuvo casada con Filipo. Pero tras la muerte de su marido, se sintió muy sola, y Lucio siempre se hallaba presente. Tú estabas muy ocupado, o bien ni siquiera estabas en Roma, y yo tenía a la pequeña Marcela, y luego volví a quedarme embarazada, así que confieso que no he estado lo suficientemente atenta. De modo que debo culparme a mí misma de lo ocurrido. La culpa es mía. Sí, la culpa es mía.
Nuestra madre espera un hijo de Lucio, y se han casado.
Octaviano soltó la carta y sintió un creciente hormigueo en la mandíbula, que sus labios se separaban en una mueca de asco, de vergüenza, rabia, angustia. La sobrina de César era poco más que una prostituta. ¡La sobrina de César! La madre de César Divus Filius.
Lee el resto, César. Acaba la carta, y acaba con ella.
Como tiene cuarenta y cinco años, no se dio cuenta de que estaba embarazada, querido hermano, de modo que cuando lo supo ya era tarde para evitar un escándalo. Por supuesto, Lucio enseguida se mostró dispuesto a casarse con ella. De todos modos ya tenían pensado hacerlo cuando concluyera su duelo por Filipo. La boda se celebró ayer, muy discretamente. El querido Lucio César se ha portado muy bien con ellos, pero aunque su dignitas no se ha visto mermada entre sus amigos, no tiene la menor influencia sobre las mujeres que "mandan en Roma", no sé si me entiendes. Los cotilleos han sido maliciosos y amargos; tanto más, dice mi marido, por tu elevada posición.
Nuestra madre y Lucio se han ido a vivir a la villa de Miseno, y no volverán a Roma. Te escribo con la esperanza de que entiendas, como yo, que estas cosas pueden pasar, y no son una señal de depravación. ¿Cómo no voy a quererla, cuando ella siempre ha sido todo lo que debe ser una madre? Y todo lo que debe ser una matrona romana.
¿Le escribirás, pequeño Cayo, y le dirás que la quieres, que lo entiendes?
Cuando Agripa entró poco después, encontró a Octaviano tumbado en el triclinio, apoyado en los almohadones, con el rostro empapado de lágrimas y respirando mucho peor.
– César, ¿qué ocurre?
– Una carta de Octavia. Mi madre ha muerto.
2
Bruto y Casio se desplazaron hacia el oeste desde el golfo de Melas en septiembre, sin esperar encontrarse con los ejércitos triunvirales hasta llegar a Macedonia, en algún lugar entre Tesalónica y Pela. Casio estaba convencido de que el enemigo no avanzaría al este de Tesalónica en tan mal año, ya que con eso prolongaría sus canales de aprovisionamiento de manera insostenible, dado que la armada de los Libertadores era dueña del mar.
Entonces, justo después de que Bruto y Casio cruzaran el río Hebro por Aeno, el rey Rascupolis apareció con algunos de sus nobles a lomos de un hermoso caballo y vestido de púrpura tirio.
– He venido a avisaros de que hay un ejército romano de unas ocho legiones repartido entre los dos pasos que atraviesan las montañas al este de Filipos -dijo. Tragó saliva con semblante apesadumbrado-. Mi hermano Rascus va con ellos y los asesora.
– ¿Cuál es el puerto más cercano? -preguntó Casio sin alterarse por lo que ya no tenía remedio.
– Neapolis. Está comunicado con la Via Egnatia por una carretera que desemboca en ella entre los dos pasos de montaña.
– ¿Está Neapolis lejos de la isla de Tasos?
– No, Cayo Casio.
– Entiendo la estrategia de Antonio -comentó Casio tras un momento de reflexión-. Se propone impedirnos la entrada a Macedonia, y para eso ha enviado ocho legiones. No para presentar batalla, sino para evitar nuestro avance. No creo que Antonio quiera combatir; no le conviene. Y ocho legiones no son suficientes, eso lo sabe. ¿Quién está al mando de esa avanzadilla?
– Decidio Saxa y Cayo Norbano -hijo Rascupolis-. Están muy bien situados y no será fácil desalojarlos.
La escuadra de los Libertadores recibió órdenes de ocupar el puerto de Neapolis, así como la isla de Tasos, asegurando así el rápido transporte de provisiones al ejército cuando éste llegara.
– Porque debemos llegar-dijo Casio al reunirse con sus legados, almirantes y con Bruto, quien, callado, volvía a estar abatido por alguna inexplicable razón-. Murco y Ahenobarbo tienen controlado el Adriático y bloquean Brindisi, así que Patisco, Parmensis y Turulio se encargarán de las operaciones marítimas en las inmediaciones de Neapolis. ¿Existe algún riesgo de que aparezca una flota triunviral?
– Ninguno -dijo Turulio categóricamente-. Su única escuadra, muy numerosa pero no lo suficiente, les permitió sacar a la mayor parte de su ejército de Brindisi, pero cuando regresó Ahenobarbo, su flota se vio obligada a retirarse a Tarentum. Su ejército no conseguirá más que padecimientos en el Egeo, puedes estar tranquilo.
– Lo cual confirma mi hipótesis de que Antonio no traerá el grueso de su ejército al este de Tesalónica-continuó Casio.
Más tarde Bruto preguntó a Casio en privado:
– ¿Por qué estás tan seguro de que los triunviros no querrán librar batalla?
– Por la misma razón por la que no lo queremos nosotros -contestó Casio, esforzándose para no perder la paciencia-. No les conviene.
– No entiendo por qué, Casio.
– Entonces acepta mi palabra. Acuéstate, Bruto. Mañana marcharemos hacia el oeste.
Muchos kilómetros cuadrados de marismas y una sierra alta y escarpada obligaban a la Via Egnatia a adentrarse más de quince kilómetros en la llanura del río Ganga, en la cual se alzaba el antiguo pueblo de Filipos sobre una meseta rocosa. En el cercano monte Pangeo, Filipo, padre de Alejandro Magno, había encontrado los fondos necesarios para financiar sus guerras, destinadas a unir Grecia y Macedonia: el Pangeo había sido muy rico en oro, pero los filones se habían agotado hacía mucho tiempo. Filipos aún sobrevivía gracias a sus fértiles tierras, fértiles si las inundaciones eran favorables, pero su población se había reducido a no más de un millar de almas cuando los Libertadores y los triunviros se encontraron allí dos años y medio después de la muerte de César. Saxa se había apostado con cuatro legiones en el paso de Corpilano, el que se hallaba más al este de los dos, en tanto que Norbano ocupaba el paso Sapeano con sus cuatro legiones.