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– Sí, Bruto.

– Me pregunto qué pensaran de todo esto los habitantes de Filipos.

Casio lo miró con cara de perplejidad.

– Tiene alguna importancia lo que piensen los habitantes de Filipos?

– Supongo que no -respondió Bruto con un suspiro-. Era simple curiosidad.

A lo largo de octubre no se produjeron más que unas cuantas escaramuzas menores entre grupos que salían en busca de forraje. A diario los triunviros permanecían alerta en espera de la batalla; a diario los Libertadores los ignoraban.

Casio pensaba que el ritual diario de blandir las armas realizado por el enemigo era lo único que hacían los triunviros, pero se equivocaba. Antonio había decidido atacar a Casio por el flanco de las marismas, y había concentrado en ello aun tercio de todo su ejército. Ordenó a los no combatientes y los auxiliares de la caravana de pertrechos que se endosaran la armadura e imitaran a los soldados en la exhibición ritual de las armas mientras los soldados se entregaban con ahínco a sus tareas. Para ellos el trabajo era señal de que la batalla se acercaba, y cualquier soldado que se preciara esperaba con entusiasmo la batalla. La moral era alta y predominaba el optimismo, porque sabían que tenían buenos generales y que la mayoría de los hombres sobrevivirían al combate. No sólo los dirigía el gran Marco Antonio, sino también César Divi Filius, que era la víctima expiatoria del ejército y la niña de sus ojos.

Antonio empezó a abrir un canal transitable a través de las marismas y a lo largo de las defensas construidas por Casio, con la intención de rodear el campamento para llegar a la retaguardia y bloquear la carretera de Neapolis, además de atacar el punto vulnerable de Casio. Durante diez días seguidos fingió llamar a sus hombres para la batalla mientras más de un tercio de ellos trabajaban en las marismas, ocultos a la vista de Casio por los juncos y la hierba alta. Éstos construyeron una firme pasarela, llevando incluso pilares para levantar sólidos puentes por encima de las zonas pantanosas más profundas, y todo en completo silencio. Mientras avanzaban equiparon la pasarela con salientes que servirían de base para unas fortificaciones que, dotadas de torres y parapetos, serían casi inexpugnables.

Pero Casio no vio nada ni oyó nada.

El vigesimotercer día de octubre, Casio cumplió cuarenta y dos años; Bruto tenía cuatro meses y medio menos que él. Por derecho Casio debería haber sido cónsul ese año; en lugar de eso, estaba en Filipos esperando a un ejército resuelto. Hasta qué punto era un ejército resuelto lo descubrió al amanecer del día de su cumpleaños. Antonio abandonó su actitud secreta y mandó una columna de tropas de asalto a ocupar todos los salientes y utilizar los materiales allí acumulados para convertirlos en fortalezas.

Consternado, Casio se apresuró a contrarrestar la maniobra de Antonio intentando prolongar sus fortificaciones hasta el mar; utilizó a todo su ejército y lo obligó a trabajar sin contemplaciones. No pensó en nada más, ni siquiera en la posibilidad de que aquella ocasión de Antonio fuera algo más importante que la tentativa de un ejército por superar al otro por el flanco. Si se hubiera detenido a pensar, acaso habría comprendido lo que se avecinaba, pero no fue así. De modo que no se dedicó a preparar a sus tropas para la batalla, y se olvidó totalmente de Bruto y sus legiones, a quienes no mandó mensaje alguno, y menos aún órdenes. Como no sabía nada de Casio, Bruto, viendo todo aquel alboroto, supuso que él debía quedarse de brazos cruzados.

A mediodía Antonio atacó por dos frentes, utilizando la mayor parte de los ejércitos de ambos jefes; sólo dejó en reserva dentro del pequeño campamento a las dos legiones más inexpertas de Octaviano. Antonio dispuso a sus hombres en línea de cara al este frente al campamento de Casio; luego orientó hacia el sur a la mitad de sus hombres para arremeter contra los de Casio mientras éstos trabajaban denodadamente en las marismas. Entretanto la otra mitad atacó la puerta principal desde la carretera, pero por el lado de Casio. Los soldados apostados ante la puerta principal tenían escalas y garfios, y entraron en combate con gran entusiasmo, contentos de que por fin se hubiera iniciado la batalla.

Lo cierto era que incluso mientras Antonio atacaba, Casio seguía convencido de que Antonio no quería guerrear. Pese a que él y Antonio eran prácticamente de la misma edad, nunca habían coincidido en los mismos círculos ni en la infancia ni en la adolescencia ni en la vida adulta. Antonio, el demagogo fanfarrón plagado de vicios; Casio, el vástago marcial de una familia plebeya igualmente antigua y noble, que siempre tomaba el camino correcto. Cuando se encontraron en Filipos ninguno de los dos conocía la manera de pensar del otro. Así pues, Casio no tomó en consideración la temeridad de Antonio, dando por supuesto que su rival actuaría como él. En ese momento, la batalla ya iniciada, era ya demasiado tarde para organizar su resistencia o avisar a Bruto.

Las tropas de Antonio corrieron hacia la muralla de Casio bajo una lluvia de proyectiles e hicieron retroceder a la primera línea de Casio, que formó ante la muralla en terreno seco. En cuanto cayó la primera línea, los soldados triunvirales se abalanzaron contra las defensas exteriores de Casio y dejaron aislados a quienes aún trabajaban en las marismas. Éstos, buenos legionarios como eran, llevaban consigo sus armas y sus armaduras, de modo que se aprestaron rápidamente para el combate y corrieron a sumarse a la lucha, pero Antonio mandó contra ellos unas cuantas cohortes y los obligó a volver, sin jefes, a las marismas. Allí intervinieron las tropas de asalto instaladas en las fortalezas del puente, que rodearon a los hombres de Casio como si fueran corderos. Algunos consiguieron evitar la captura, se escabulleron por detrás de la colina de Casio y fueron a refugiarse en el campamento de Bruto.

Habiéndose asegurado el éxito en la marisma, Antonio se concentró en el asalto de la puerta principal, donde sus hombres habían derribado parte de la muralla y se disponían a arremeter contra la línea interior de las fortificaciones de Casio.

En el campamento de Bruto, miles de soldados, dispuestos a lo largo de la muralla de la Via Egnatia, esperaban atentos el sonido de una corneta o las órdenes de un legado. En vano. Nadie les dio instrucciones de acudir al rescate de Casio. Así que a las dos de la tarde, los soldados expectantes tomaron la iniciativa. Sin aguardar órdenes, desenvainaron sus espadas, saltaron desde la muralla de Bruto y atacaron a los hombres de Antonio mientras éstos intentaban destruir las defensas interiores de Casio. Su esfuerzo dio resultado hasta que Antonio movilizó a parte de sus fuerzas de reserva y las dispuso entre sus soldados y los de Bruto, que estaban en situación de desventaja porque atacaban cuesta arriba.

Aquellos hombres de Bruto eran los valerosos veteranos de César; en cuanto vieron perdida su causa, la abandonaron e iniciaron otra lucha. Se dieron media vuelta y atacaron el pequeño campamento de Octaviano, irrumpiendo en él sin la menor dificultad. Contenía las dos legiones de reserva, el grueso de la caravana de pertrechos y unos cuantos soldados de caballería. No eran rival para los atacantes. Los veteranos de César tomaron el campamento, mataron a los defensores que se resistieron y penetraron en el campamento principal donde no había un solo defensor. A las seis de la tarde, tras saquear por completo el campamento triunviral, se dieron media vuelta y regresaron a la colina de Bruto en la oscuridad.

Al principio del conflicto se levantó una gran nube de polvo, de tan seco como estaba el terreno fuera de las marismas; nunca estuvo el aire tan turbio en una batalla como en aquel primer enfrentamiento de Filipos. Gracias a eso se libró Octaviano de la ignominia de ser capturado; notando que su asma empeoraba, salió por la pequeña puerta con la ayuda de Heleno y se encaminó hacia las marismas, donde pudo ponerse de cara al mar y respirar.