Pero para Casio aquella opaca nube significó una total pérdida de contacto con lo que ocurría, ahora que el combate en la marisma se había decantado claramente del lado de Antonio. Ni siquiera desde lo alto de la colina de su campamento Casio veía nada; el campamento de Bruto, a tan corta distancia, se había perdido de vista. Sí sabía, no obstante, que el enemigo penetraba en sus defensas por la Via Egnatia, y que su campamento estaba inevitablemente condenado a sucumbir. ¿Se hallaba Bruto bajo un asalto igual de feroz? ¿Estaba también condenado el campamento de Bruto? Tenía que suponer que así era, pero no lo veía.
– Voy a buscar un lugar elevado -dijo a Cimbro y Quinctilio Varo-. Marchaos, creo que nos han derrotado. Creo…, pero no lo sé. Titinio, ¿me acompañas? Quizá desde Filipos veamos qué ocurre.
Así, pues, a las cuatro y media de la tarde, Casio y Lucio Titinio montaron en sus caballos y salieron por la puerta trasera. Rodearon la colina de Bruto y llegaron al camino que ascendía a la meseta de Filipos. Una hora después, ya al anochecer, se elevaron por encima de la nube de polvo y contemplaron la llanura. Vieron que abajo reinaba la oscuridad y que la nube parecía una segunda llanura, plana y uniforme, por encima de la otra.
– Bruto también debe de haber sido derrotado -dijo Casio a Titinio con voz apagada-. Hemos venido hasta aquí, y para nada.
– Aún no podemos estar seguros -contestó Titinio a modo de consuelo.
En ese momento un grupo de jinetes surgió de la bruma parda, ascendiendo al galope hacia ellos por la ladera del monte.
– Caballería triunviral-dijo Casio, mirándolos con atención. -Podrían ser de los nuestros. Permíteme que los intercepte y lo averigüe -dijo Titinio.
– No, parecen germanos. No vayas, por favor.
– Casio, también nosotros tenemos soldados germanos. Allá voy. Espoleando a su montura, Titinio se dio media vuelta y descendió para salir al paso a los jinetes. Casio, que lo observaba, vio cómo rodeaban a su amigo y lo prendían. Los gritos llegaron hasta él.
– Lo han atrapado -dijo a Píndaro, el liberto que le llevaba el escudo, y después desmontó y se desabrochó la coraza-. Como liberto, Píndaro, no me debes nada excepto mi muerte.
Desenfundó el puñal, el mismo que había hundido tan cruelmente en el rostro de César. Curiosamente, en ese momento sólo recordó lo mucho que había odiado entonces a César. Tendió el puñal a Píndaro.
– Clávalo bien -dijo, descubriendo su costado izquierdo para recibir el golpe.
Píndaro lo clavó bien. Casio se desplomó de bruces en el camino. Sollozando, su liberto lo contempló y luego montó a lomos de su caballo y lo espoleó en dirección al pueblo.
Pero los soldados de caballería germanos eran de los Libertadores, e iban hacia allí con la intención de informar a Casio de que los hombres de Bruto habían irrumpido en el campamento triunviral y obtenido una victoria. El primer enfrentamiento de Filipos había sido un empate. Con Titinio en medio del grupo, los jinetes ascendieron por la cuesta y encontraron a Casio muerto en el camino, mientras su caballo le acariciaba el rostro con el hocico. Saltando de la silla Titinio corrió hacia él, lo abrazó y lloró.
– ¡Casio, Casio, era una buena noticia! ¿Por qué no has esperado?
No le vio sentido a seguir vivo si Casio había muerto. Titinio sacó su espada y se dejó caer sobre ella.
Bruto había pasado casi toda aquella tarde aterradora en lo alto de su colina, intentando en vano ver el campo de batalla. No sabía qué ocurría; no sabía que varias de sus legiones habían tomado la iniciativa y conseguido una victoria; no sabía qué esperaba Casio que él hiciera. Nada, suponía.
– Nada, supongo -fue lo que dijo a sus legados, a sus amigos, y a todos aquellos que acudieron a él para apremiarle a que hiciera algo, cualquier cosa.
Fue Cimbro, con el cabello alborotado y sin aliento, quien le anunció la victoria y le informó del botín que sus legiones, gritando de júbilo, habían traído de la otra orilla del río Ganga.
– Pero… pero Casio no… no ha ordenado eso -dijo Bruto tartamudeando, con una mirada de consternación.
– Lo han hecho de todos modos, y ha sido lo mejor para ellos. Y lo mejor también para nosotros, plañidero -replicó Cimbro, agotada su paciencia.
¿Dónde está Casio? ¿Y los demás?
– Casio y Titinio han subido a Filipos para intentar ver qué ocurría en medio de esta nube de polvo. Quinctilio Varo ha creído que todo estaba perdido y se ha arrojado sobre su propia espada. En cuanto a los demás, no sé nada. ¿Ha habido alguna vez batalla más confusa?
Oscureció y lentamente el polvo empezó a posarse. En ninguno de los dos bandos nadie sería capaz de evaluar los resultados del día hasta la mañana siguiente, así que los Libertadores supervivientes se reunieron a comer en la casa de madera de Bruto, se bañaron y se cambiaron de ropa.
¿Quién ha muerto hoy? -preguntó Bruto antes de servirse la cena.
– El joven Lúculo -contestó Quinto Ligario, uno de los asesinos.
– Lentulo Spinter, luchando en las marismas -dijo Pacuvio Antistio Labeo, otro asesino.
– Y Quinctilio Varo -añadió Cimbro, también asesino.
Bruto lloró, sobre todo por el imperturbable innovador Spinter, hijo de un hombre más torpe y menos valioso.
En el exterior se oyó un alboroto, y el joven Catón irrumpió con la mirada enloquecida.
– ¡Marco Bruto! -exclamó-. ¡Ven! ¡Sal!
El tono de su voz impulsó a la docena de hombres presentes a levantarse y acercarse a la puerta. Fuera, en el suelo, yacían los cadáveres de Cayo Casio Longino y Lucio Titinio en una tosca litera. Bruto dejó escapar un débil chillido, cayó de rodillas y, cubriéndose el rostro con las manos, empezó a balancearse de atrás hacia delante.
– ¿Cómo ha sido? -preguntó Cimbro asumiendo el control.
– Los han traído unos soldados de caballería germanos -explicó Marco Catón, muy rígido, en actitud marcial; su padre no le habría reconocido-. Por lo visto, Casio los tomó por soldados de Antonio que iban en su búsqueda para tomarlo prisionero, cuando él y Titinio estaban en el camino de Filipos. Titinio salió al paso de los militares y averiguó que eran de los nuestros, pero cuando volvió para comunicárselo a Casio, éste ya se había suicidado. Entonces Titinio se dejó caer sobre su espada.
– ¿Y dónde estabas tú mientras ocurría todo esto? -bramó Marco Antonio, de pie entre las ruinas de su campamento.
Apoyado en Heleno, y sin querer mirar al callado Agripa, que tenía la mano en el puño de la espada, Octaviano, sin achicarse, fijó la vista en los ojos pequeños y coléricos de Antonio.
– En las marismas, intentando respirar.
– ¡Mientras esos cunni nos robaban los fondos para la guerra!
– Estoy seguro de que los recuperarás, Marco Antonio -resolló Octaviano, bajando sus pestañas largas y claras.
– En eso tienes razón, bobo inútil, los recuperaré. ¡Niño mimado, nunca serás un buen comandante! Yo me consideraba ya vencedor, cuando unos cuantos renegados del campamento de Bruto estaban saqueando mi campamento. ¡Mi campamento! ¡Y para colmo han muerto varios miles de hombres! ¿De qué vale matar a ocho mil hombres de Casio si yo pierdo otros muchos en mi propio campamento? ¡No serías capaz de organizar ni una pelea de broma!
– Yo nunca he pretendido ser capaz de organizar una pelea de broma -respondió Octaviano con serenidad-. Tú has tomado las decisiones de hoy, no yo. Apenas te has molestado en anunciarme que atacabas, y desde luego no me has invitado a participar en tu Consejo.
– ¿Por qué no lo dejas y te vas a casa, Octaviano?
– Porque soy co-comandante en esta guerra, Antonio, te guste o no. He aportado el mismo número de hombres (hoy ha muerto mi infantería, no la tuya) y más dinero que tú, por más que grites y fanfarronees. En el futuro, te recomiendo que me incluyas en tus consejos de guerra y planifiques mejor la defensa de tu campamento.