En respuesta, Bruto requirió sus fondos para la guerra y entregó a todos y cada uno de sus soldados cinco mil sestercios en efectivo en agradecimiento por su valor y lealtad. Pero el ejército lo interpretó como un soborno y perdió el poco respeto que sentía por Marco Bruto. Él intentó suavizar la situación prometiéndoles una campaña breve y lucrativa en Grecia y Macedonia después de que los triunviros se dispersaran para ir en busca de algo que comer, ya fuera paja, insectos o semillas. Bruto también apuntó la posibilidad de saquear Lacedomonia o Tesalónica, las dos ciudades más ricas todavía intactas.
– El ejército no quiere saquear ciudades, quiere combatir -insistió Quinto Ligario, furioso-. Quiere combatir aquí.
Pero por más que se lo repitieran, Bruto se negó a luchar.
A principios de noviembre el ejército triunviral estaba en un grave aprieto. Antonio envió grupos en busca de alimentos a lugares tan alejados como Tesalia y el valle del río Axio, mucho más allá de Tesalónica, pero regresaron con las manos vacías. Sólo una incursión en el territorio de los besios, en las orillas del río Estrimón, les proporcionó grano y legumbres, ya que Rascus, sintiéndose culpable por no haberse acordado del camino de cabras del paso Sapeano, se ofreció a guiarlos. La presencia de Rascus no había mejorado las relaciones entre Antonio y Octaviano: el príncipe tracio se negaba a tratar con Antonio e insistía en hablar con César, quien lo trataba con una deferencia de la que Antonio habría sido incapaz. Las legiones octavianas regresaron con víveres suficientes para resistir otro mes, pero no más.
– Ya es hora de que hablemos, Octaviano -dijo Antonio poco después.
– Siéntate, pues -respondió Octaviano-. ¿De qué tenemos que hablar?
– De estrategia. Como comandante eres un inepto, muchacho, pero desde luego eres un político hábil, y quizás un político hábil es lo que necesitamos. ¿Tienes alguna idea?
– Unas cuantas -contestó Octaviano con rostro inexpresivo-. Para empezar, creo que deberíamos prometer a nuestras tropas una gratificación de veinte mil sestercios.
– ¡Estás de broma! -exclamó Antonio, irguiéndose de inmediato-. Aunque hemos perdido bastantes hombres, esa paga ascendería a ocho mil talentos de plata, y no hay tal cantidad de dinero a este lado del Mare Nostrum.
– Eso es cierto. No obstante creo que debemos prometérsela. Por ahora con eso basta, mi querido Antonio. Nuestros hombres no son estúpidos; saben que no tenemos el dinero. Sin embargo, si podemos tomar el campamento de Bruto intacto y cerrar la carretera de Neapolis, encontraremos muchos miles de talentos de plata. Nuestras tropas son lo bastante inteligentes para darse cuenta de eso. Un incentivo más para forzar la batalla.
– Te entiendo. Muy bien, estoy de acuerdo. ¿Algo más?
– Según mis agentes, Bruto está sumido en un mar de confusiones.
– ¿Tus agentes?
– Uno hace lo que está al alcance de sus aptitudes físicas y mentales, Antonio. Como tú repites una y otra vez, mis aptitudes físicas y mentales no son las de un general. Sin embargo, hay en mí mucho de Ulises, y como ese héroe astuto, tengo hombres en nuestra propia Ilium, uno o dos en altas posiciones de la cadena de mando. Me facilitan información.
Antonio lo miró boquiabierto.
– ¡Eres listo, por Júpiter!
– Sí, lo soy -admitió Octaviano sin darle importancia-. Según mis agentes, a Bruto le preocupa que tantos de sus soldados estuvieran antes al servicio de César. Duda de su lealtad. Los hombres de Casio también le inquietan; piensa que no confían en él.
– ¿Y en qué medida el estado de ánimo de Bruto se debe a los comentarios de tus agentes? -preguntó Antonio con sagacidad.
César sonrió.
– En cierta medida, sin duda. Es vulnerable, nuestro Bruto. Un filósofo y un plutócrata en una sola persona. Ninguna de sus dos mitades cree en la guerra: el filósofo porque la considera repugnante y destructiva; el plutócrata porque es mala para los negocios.
– ¿Qué tiene eso que ver con lo que intentas hacer?
– Que Bruto es vulnerable. Puede obligársele a presentar batalla, creo. -Octaviano se reclinó con un suspiro-. En cuanto a cómo debemos provocar a sus hombres para que insistan en luchar, lo dejo en tus manos.
Antonio se levantó y contempló con el entrecejo fruncido la cabeza dorada.
– Una pregunta más.
– ¿Sí? -dijo Octaviano, mirándolo con un tenue brillo en los ojos.
– ¿Tienes agentes en nuestro ejército?
Otra de las sonrisas de César.
– ¿Tú qué crees?
– Creo que eres un retorcido, Octaviano. Y eso era algo que no podía decirse de César. Él siempre era recto como una flecha. Te desprecio.
A medida que avanzaba noviembre se iba agudizando el dilema de Bruto. Mirara adonde mirara, encontraba muestras de oposición, ya que todos deseaban una sola cosa: la batalla. Para aumentar aún más sus tribulaciones, Antonio hacía formar cada día a su ejército, y los hombres de las primeras filas empezaban a gañir como perros hambrientos, a aullar como perros en celo, a gimotear como perros apaleados. Luego insultaban a gritos a los soldados de los Libertadores, les decían que eran cobardes, débiles, que les daba miedo luchar. El alboroto penetraba en todos los rincones del campamento de Bruto, y cuantos oían las voces de los soldados triunvirales hacían rechinar los dientes, aborrecían aquellas ofensas… y aborrecían a Bruto por no aceptar la batalla.
El décimo día de noviembre Bruto empezó a flaquear. Al acoso a que lo sometían los demás asesinos, sus legados y sus tribunos, se había sumado el coro de los centuriones y soldados. Sin saber qué hacer, Bruto cerró su puerta y se quedó dentro de la casa con la cabeza entre las manos. La caballería asiática se marchaba en tropel sin molestarse siquiera en disimular. Desde antes del primer enfrentamiento de Filipos, para que los caballos pudieran pastar y beber había que conducirlos a los montes al menos una vez al día. Al igual que Antonio, Casio había previsto que el combate no requeriría mucha caballería, así que había empezado a enviar a casa a parte de la fuerza montada. Ahora, después del primer enfrentamiento de Filipos, en lugar de marcharse en pequeños grupos, la caballería abandonaba el campamento en tropel. Si llegaba el enfrentamiento, Bruto no podría poner en el campo de batalla a más de cinco mil caballos, pero no entendía que incluso esa cantidad sería excesiva. A él se le antojaba muy escasa.
Cuando se aventuraba a salir de la casa, sólo porque consideraba que era su obligación de vez en cuando, los cuchicheos y los gritos parecían darle a entender que muchos de sus soldados habían servido antes a César, y que a diario distinguían los rubios cabellos del heredero de César cuando éste pasaba revista ante la primera línea sonriendo y bromeando con sus hombres. Así que Bruto volvía a esconderse, sentándose con la cabeza entre las manos.
Finalmente, un día antes de los idus, Lucio Pilio Cimbro irrumpió en la casa sin previo aviso, se acercó al sorprendido Bruto y lo obligó a ponerse en pie.
– ¡Bruto, te guste o no, vas a luchar! -gritó Cimbro, fuera de sí a causa de la ira.
– No, sería el final. Deja que el enemigo se muera de hambre -gimió Bruto.
– Da la orden de que tus hombres se dispongan a combatir mañana, Bruto, o te relevaré del mando y la daré yo mismo. Y no creas que esto sólo es cosa mía; tengo el respaldo de todos los Libertadores, los otros legados, los tribunos, los centuriones y los soldados -dijo Cimbro-. Decídete, Bruto: ¿deseas conservar el mando o vas a cedérmelo?
– Que así sea -dijo Bruto en voz apagada-. Da las órdenes necesarias. Pero cuando todo haya acabado y estemos derrotados, recuerda que no era mi deseo.
Al amanecer, el ejército de los Libertadores salió del campamento de Bruto y formó a ese lado del río. Nervioso y asustado, Bruto había dado instrucciones a los tribunos y centuriones para que los soldados nunca se alejaran demasiado del campamento, con objeto de que pudieran entrar en él de nuevo, y de que todos tuvieran una vía segura para la retirada. Tribunos y centuriones, asombrados, hicieron caso omiso de esa orden. ¿Qué pretendía, decir a los hombres que la batalla estaba perdida antes de empezar?