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Dicho esto se quedó a solas con Bruto, mudo acompañante. Bruto y Casio estaban muertos. También Aquila, Trebonio, Décimo Bruto, Cimbro, Basilo, Ligario, Labeo, los hermanos Casca, unos cuantos más del grupo de asesinos. ¡Que todo hubiera acabado así cuando las cosas en Roma podrían haber seguido de la manera descuidada e imperfecta de siempre! Pero no, eso no complacía a Octaviano, el gran manipulador; aquel César, aquel mal sueño, había surgido de la nada para obtener una venganza completa y sangrienta.

Como si el pensamiento generara la realidad, Antonio alzó la vista y vio a Octaviano en el triángulo de luz formado por la entrada de la tienda, con su impasible y atractivo coetáneo Agripa justo detrás. Iba envuelto en una capa gris, y el cabello le brillaba a la luz de los candiles como la irregular superficie de un montón de monedas de oro.

– He oído la noticia -dijo Octaviano, acercándose al triclinio y mirando a Bruto. Con un dedo, rozó la mejilla exangüe como para verificar que era de carne y hueso y luego lo retiró y se lo limpió cuidadosamente en la capa gris-. Está encogido.

– La muerte nos consume a todos, Octaviano.

– A César no. A él la muerte le ha dado realce.

– Por desgracia eso es verdad.

– ¿De quién es ese paludamentum? ¿Suyo?

– No, es mío.

Octaviano se puso tenso, y sus grandes ojos grises se entornaron despidiendo llamas de fuego.

– Le rindes demasiados honores a este perro, Antonio.

– Es un noble romano, comandante de un ejército romano. Hoy le rendiré aún mayores honores en su funeral.

– ¿Funeral? No merece un funeral.

– Aquí mandó yo, Octaviano. Será incinerado con todos los honores militares.

– ¡No mandas tú! Es uno de los asesinos de César -respondió Octaviano con voz sibilante-. Échaselo a los perros, como Neoptoleno hizo con Príamo.

– Me da igual que aúlles, gimas, grites o maúlles -replicó Antonio con hosquedad-. Bruto será incinerado con todos los honores militares, y espero que tus legiones estén presentes.

El rostro joven y hermoso de Octaviano se tornó de piedra, y de pronto su parecido con César cuando estaba enojado fue tal que Antonio, sin querer, dio un paso atrás, horrorizado.

– Mis legiones pueden hacer lo que gusten -contestó-. Y si insistes en tu honorable funeral, llévalo a cabo. Pero la cabeza no. La cabeza es mía. ¡Entrégamela!

Antonio vio a César en el apogeo de su poder, vio una voluntad inquebrantable. Desconcertado, fue incapaz de imponerse, de gritar, de intimidar.

– Estás loco -dijo simplemente.

– Bruto asesinó a mi padre. Bruto fue el cabecilla de los asesinos de mi padre. Bruto es mi trofeo, no el tuyo. Enviaré su cabeza a Roma, donde la empalaré en una lanza y la colocaré a los pies de la estatua de Divus Julius en el Foro -declaró Octaviano-. Entrégame la cabeza.

– ¿Quieres también la cabeza de Casio? Llegas tarde, no está aquí. Puedo ofrecerte unas cuantas más de los que murieron ayer.

– Me basta con la cabeza de Bruto -respondió Octaviano en tono inflexible.

Perdida toda su ventaja sin saber cómo, Antonio se vio obligado a suplicar, luego a exhortar con su mejor oratoria y por último a llorar. Recurrió a toda la gama de las más tiernas emociones, ya que si había una cosa que aquella expedición conjunta le había demostrado era que Octaviano, el muchacho débil y enfermizo, no se dejaba dominar ni amilanar. Y con Agripa siempre tras él como su sombra, tampoco era posible matarlo. Además, las legiones no se lo perdonarían.

– ¡Si la quieres, llévatela! -dijo por fin.

– Gracias. ¡Agripa!

Agripa llevó a cabo la tarea con la velocidad de un rayo. Sacó la espada, dio un paso al frente, y partió el cuello de un solo tajo; el filo se hundió hasta los almohadones en los que reposaba la cabeza, provocando una lluvia de plumas de oca. Luego agarró los rizos negros entre los dedos y sostuvo la cabeza colgando a su costado sin cambiar de expresión en ningún momento.

– Se pudrirá antes de llegar a Atenas, y no digamos ya antes de llegar a Roma -dijo Antonio con repugnancia.

– He pedido una vasija con salmuera a los carniceros -contestó Octaviano fríamente, encaminándose hacia la entrada de la tienda-. No importa que el cerebro se deshaga mientras la cara sea reconocible. Roma debe saber que el hijo de César se ha vengado del principal asesino.

Agripa y la cabeza desaparecieron. Octaviano se quedó aún un momento.

– Ya sé quiénes han muerto, pero ¿quiénes han caído prisioneros? -preguntó.

– Sólo dos: Quinto Hortensio y Marco Favonio. Los demás optaron por arrojarse sobre sus espadas… y no es difícil saber por qué -añadió Antonio señalando el cuerpo decapitado de Bruto.

– ¿Qué piensas hacer con los cautivos?

– Hortensio cedió el gobierno de Macedonia a Bruto, así que Hortensio ha de morir sobre la tumba de mi hermano Cayo. Favonio es inofensivo; puede volver a casa.

– Insisto en que Favonio sea ejecutado de inmediato.

– En nombre de todos nuestros dioses, Octaviano, ¿por qué? -exclamó Antonio, mesándose los cabellos-. ¿Qué te ha hecho?

– Era el mejor amigo de Catón. Ésa es razón suficiente, Antonio.

Morirá hoy.

– No, se irá a casa.

– Ejecución, Antonio. Me necesitas, amigo mío. No puedes prescindir de mí. E insisto.

– ¿Alguna otra orden?

– ¿Quiénes han escapado?

– Mesala Corvino. Cayo Clodio, que asesinó a mi hermano. El hijo de Cicerón. Y todos los almirantes de la flota, claro está.

– Así pues, aún quedan unos cuantos asesinos con los cuales hay que hacer justicia.

– No descansarás hasta que estén todos muertos, ¿verdad?

– Así es.

Octaviano apartó la cortina de la entrada y desapareció.

– ¡Marsias! -bramó Antonio.

– ¿Sí, domine?

Antonio tiró de la capa escarlata para cubrir con un pliegue el horrendo cuello que rezumaba fluidos.

– Busca al tribuno superior de servicio y dile que prepare una pira funeraria. Incineraremos a Marco Bruto hoy con todos los honores militares…, y no digas a nadie que Marco Bruto está decapitado. Busca una calabaza o algo así y haz venir ahora a diez de mis germanos. Ellos pueden colocarlo en el féretro dentro de esta tienda, poner la calabaza en lugar de la cabeza y sujetar firmemente la capa. ¿Comprendido?

– Sí, domine -dijo Marsias, pálido.

Mientras los germanos y el tembloroso ayuda de cámara se ocupaban del cadáver de Marco Bruto, Antonio permaneció sentado de espaldas en silencio.

Sólo cuando sacaron a Bruto de la tienda volvió a moverse, parpadeando para limpiarse unas repentinas y inexplicables lágrimas.

El ejército tendría comida hasta su regreso a casa. Había alimentos de sobra en los dos campamentos de los Libertadores, y muchos más en Neapolis. Los almirantes habían zarpado al enterarse del resultado de la segunda batalla de Filipos, dejándolo todo allí: una casa llena de lingotes de plata, graneros a rebosar, saladeros, toneles de carne de cerdo escabechada, un almacén de garbanzos y lentejas. El botín ascendería como mínimo a cien mil talentos en monedas y lingotes, así que sería posible pagar las gratificaciones prometidas. Veinticinco mil soldados del ejército de los Libertadores se ofrecieron a unirse a las legiones de Octaviano. Nadie quería servir con Antonio, pese a que fue éste quien ganó las dos batallas.

¡Cálmate, Marco Antonio! No permitas que esa cobra de sangre fría hinque tus colmillos en ti. Tiene razón, y lo sabe. Lo necesito, no puedo prescindir de él. Tengo un ejército que llevar a Italia, donde los tres triunviros tendremos que empezar otra vez. Un nuevo pacto, una comisión ampliada para poner en orden Roma. Y será para mí un gran placer dejar todo el trabajo sucio en manos de Octaviano. Dejarle que encuentre tierras para cien mil veteranos y dé de comer a tres millones de ciudadanos romanos aunque Sexto Pompeyo sea el dueño de Sicilia y de los mares. Hace un año habría dicho que era incapaz de conseguirlo. Ahora no estoy tan seguro. ¡Agentes, por todos los dioses!