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De niño, Catón había sufrido mucho para aprender; no poseía siquiera la mitad de la capacidad de su hermanastra Servilia para recordar lo que le habían enseñado, ni mucho menos la legendaria memoria de César. Para Catón todo requería mucho esfuerzo y repetición, de modo que Servilia se burlaba de él con desdén, pero su adorado hermanastro Cepio lo protegía de la crueldad de ella. Si Catón había sobrevivido a una horrenda infancia como el menor de aquella camada de huérfanos divididos y tumultuosos era sólo gracias a Cepio. Cepio, de quien se había dicho que no era hijo de su padre sino fruto del amor entre su madre, Livia Drusa, y el padre de Catón, con quien ella después se casó; que la estatura de Cepio, su cabello rojo y su nariz grande y aguileña eran herencia de Porcio Catón; que por tanto Cepio no era hermanastro de Catón sino su hermano, pese al augusto nombre patricio de Servilio Cepio que llevaba, y a la gran fortuna que había heredado como tal. Una fortuna basada en quince mil talentos de oro robados a Roma; el fabuloso Oro de Tolosa.

A veces, cuando el vino no daba resultado y los demonios de lanoche se negaban a desaparecer, Catón recordaba aquella noche en que algún secuaz de los enemigos del tío Druso había clavado un cuchillo pequeño pero eficaz en la ingle del tío Druso y lo había hecho girar hasta causarle una herida mortal. Un ejemplo de lo letal que podía llegar a ser la mezcla de la política y el amor. Los interminables gritos de sufrimiento, el charco de sangre en el suelo de mosaico, la deliciosa calidez que Catón, un niño de dos años, había sentido entre los brazos de Cepio, que tenía cinco años, mientras los seis niños presenciaban la lenta y terrible muerte de Druso. Una noche que nunca olvidaría.

Cuando por fin su tutor consiguió enseñarle a leer, Catón encontró su código de vida en la prolífica obra de su bisabuelo Catón el Censor, una implacable ética basada en emociones reprimidas, principios inflexibles y frugalidad; Cepio la había tolerado en su hermano menor, aunque él nunca la había adoptado. Pero Catón, que no percibía los sentimientos de los demás, no había entendido debidamente los recelos de Cepio respecto a un código de vida que no permitía ni un Los hermanos fueron inseparables; incluso realizaron juntos la instrucción militar. Catón nunca imaginó la existencia sin Cepio, su firme defensor contra Servilia cuando ella se reía de sus rojos cabellos porque era descendiente del deshonroso segundo,,matrimonio de Catón el Censor con la hija de su propio esclavo. Por supuesto, Servilia conocía la verdadera ascendencia de Cepio, pero como éste llevaba el nombre de su propio padre, ella centraba su maldad en Catón.

A Cepio nunca le había preocupado realmente su procedencia, pensó Catón mientras se inclinaba sobre la borda del barco para contemplar las innumerables y centelleantes luces de su flota proyectadas en forma de cintas de oro sobre las negras y quietas aguas. Servilia. Una niña monstruosa, una mujer monstruosa. Más malévola aún que nuestra madre. Las mujeres son despreciables. En el momento en que un individuo hermoso y arrogante con un buen linaje y dotes de conquistador aparecía ante ellas, no dudaban en entregársele. Como mi primera esposa, Atilia, que se abrió de piernas ante César. Como la mitad de las mujeres de Roma, que se abrían de piernas ante César. ¡César! Siempre César.

Sus pensamientos pasaron entonces a su sobrino, Bruto, el único hijo de Servilia. Innegablemente era hijo de su marido de aquel momento, Marco junio Bruto, a quien Pompeyo Magno había tenido la desfachatez de ejecutar por traición. Bruto, huérfano de padre, había suspirado durante años por la hija de César, Julia, e incluso consiguió comprometerse con ella. ¡Eso había encantado a Servilia! Si su propio hijo se casaba con la hija de César, éste formaría parte de la familia y ella no necesitaría esforzarse tanto por ocultar su idilio con César a su segundo marido, Silano. Silano también había muerto, pero él de desesperación, no bajo la espada de Pompeyo Magno.

Servilia siempre dijo que yo no podría atraer a Bruto a mi bando, pero lo conseguí. Lo conseguí. Para Bruto, el primer día aciago fue cuando supo que su madre había sido amante de César durante cinco años; el segundo fue el día en que César rompió el compromiso de Bruto con Julia para casar a la muchacha con Pompeyo Magno, de edad suficiente para ser su abuelo… y que era el verdugo del padre de Bruto. Un matrimonio de pura conveniencia política, pero había creado un lazo entre Pompeyo Magno y César hasta la muerte de Julia. Y el dolorido Bruto -¡qué blando es!-volvió la espalda a su madre y acudió a mí. Es justo castigar a los inmorales, y el peor castigo que yo podía haber encontrado para Servilia era apartar de ella a su estimado hijo.

¿Dónde está Bruto ahora? Un republicano indiferente en el mejor de los casos, siempre dividido entre su deber republicano y su pecado dominante, el dinero. Ni un Creso ni un Midas… demasiado romano, por supuesto. Demasiado involucrado en los porcentajes de interés, tarifas de corretaje, sociedades mercantiles y todas las furtivas actividades comerciales de un senador romano, no autorizado por la tradición para la simple búsqueda del dinero, pero demasiado avaro para resistirse a la tentación.

Bruto había heredado la fortuna de Servilio Cepio fundada en el Oro de Tolosa. Catón hizo rechinar los dientes, se aferró a la baranda con ambas manos hasta que sus nudillos se tornaron blancos. Pues Cepio, su querido Cepio, había muerto. Había muerto solo, durante el viaje a la provincia de Asia, esperando en vano a que yo sostuviera su mano y lo ayudara a cruzar el Río. Llegué una hora tarde. ¡Oh, vida, vida! La mía ya no ha vuelto a ser la misma desde que vi el rostro exangüe de Cepio; lloré, gemí y vociferé como un demente. Estaba enloquecido. Sigo enloquecido. ¡Qué dolor! Cepio tenía treinta años y yo veintisiete; pronto cumpliré los cuarenta y seis. Sin embargo, parece como si su muerte hubiera acaecido ayer, y mi pena sigue ahora tan viva como entonces.

Bruto heredó conforme al mos maiorum; era el pariente por línea paterna más cercano de Cepio; el hijo de Servilia, su sobrino. No le envidio a Bruto un solo sestercio de esa imponente fortuna, y puedo consolarme con la certidumbre de que la riqueza de Cepio no podía haber pasado a mejores manos. Sólo lamento que Bruto no sea más hombre, menos débil. Pero con semejante madre, ¿qué otra cosa podía esperarse de él? Servilia lo había convertido en lo que quería: un muchacho obediente, servil y temeroso de ella. Era raro que Bruto hubiera tenido el sentido común de cortar sus lazos y unirse a Pompeyo Magno en Macedonia. El canalla de Labieno dice que luchó en Farsalia. Asombroso. Quizás alejado de la arpía de su madre haya cambiado mucho. Quizás incluso asome su cara llena de granos en la provincia de África. ¡Ja!, lo creeré cuando lo vea.

Catón reprimió un bostezo y fue a tenderse en su jergón de paja entre las siluetas patéticamente inmóviles de Estatilo y Atenodoro Cordilion, que eran pésimos marinos.

Céfiro seguía soplando desde el oeste, pero cambió de rumbo hacia el norte lo suficiente para permitir que los cincuenta barcos de transporte de Catón avanzaran hacia África. Sin embargo, iban demasiado hacia el este, advirtió él con desánimo. En lugar de avistar primero el talón de Italia, luego la puntera, y por último Sicilia, se vieron impulsados hacia la costa occidental del Peloponeso griego hasta el cabo Tenaro, desde donde continuaron mal que bien hacia Citera, la bella isla que Labieno tenía previsto visitar en busca de las tropas que habían huido de Farsalia. Si Labieno aún estaba allí, no hizo señales desde la orilla. Conteniendo su inquietud, Catón siguió navegando hacia Creta y dejó atrás los prominentes y escarpados peñascos de Criumetopon en su undécimo día de travesía.