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– ¡Tierra! ¡Tierra!

Su barco iba a la cabeza de la flota y las naves le seguían, dispuestas en forma de lágrima. Al no disponer de tiempo para embarcarse en su pequeño bote, envió en su lugar a un ansioso centurión pilus prior, Lucio Gratidio, para dar instrucciones a los capitanes de que no se adelantaran a él y permanecieran atentos a escollos, arrecifes y rocas ocultas. El agua se había tornado de pronto muy poco profunda y transparente como el mejor cristal de Puteoli y con el mismo ligero brillo azul.

La tierra pareció acercarse muy deprisa porque era muy llana, un fenómeno al que los romanos no estaban acostumbrados, porque navegaban en regiones donde la costa era abrupta y montañosa, y por tanto era visible a muchos kilómetros. Para alivio de Catón, el sol de poniente reveló un paisaje más verde que ocre; si crecía hierba, había cierta esperanza de civilización. Por los pilotos de Cneo Pompeyo sabía que había sólo un punto poblado en los mil quinientos kilómetros de costa entre Alejandría y Cirenaica: Paraetonio, de donde Alejandro Magno había partido hacia el sur en dirección al mítico oasis de Amón, para conversar allí con el Zeus egipcio.

Paraetonio, debemos encontrar Paraetonio. Pero ¿está al oeste de aquí o al este?

Catón rebuscó en el fondo de un saco y consiguió reunir un puñado de garbanzos -apenas les quedaba comida-; a continuación lanzó las legumbres al agua mientras oraba:

– ¡Oh dioses! Sea cual sea el nombre por el qué se os conoce, sea cual sea vuestro sexo o aunque no seáis de ningún sexo, permitidme adivinar correctamente.

Una vigorosa ráfaga de Coro sopló en cuanto terminó su súplica; Catón se acercó al capitán, erguido en un pequeño tablado de la popa entre las cañas sujetas con cuerdas del macizo timón.

– Capitán, giramos hacia el este en la dirección del viento.

A menos de siete kilómetros costa abajo, Catón avistó dos peñascos que flanqueaban la boca de una bahía y en los que se veían un par de casuchas de adobe. Si existía Paraetonio, el pueblo tenía que estar junto al puerto. En medio de las rocas que delimitaban la entrada se advertía un claro paso; dos marineros empuñaron las cañas del timón y el barco de Catón giró, con los remos recogidos para la maniobra, a fin de entrar en el hermoso puerto natural.

A Catón la sorpresa le desorbitó los ojos. Ya había allí anclados tres barcos romanos ¿Quiénes serían, quiénes? Demasiado pocos para constituir la flota de Labieno, así que ¿quiénes eran?

Al fondo de la bahía se alzaba un pequeño poblado de adobe. Pero el tamaño no importaba. Allí donde vivía una colectividad humana, por fuerza tenía que haber agua potable y provisiones a la venta. Y pronto averiguarían quiénes eran los dueños romanos de los barcos, todos con el pendón del SPQR enarbolado en los mástiles. Romanos importantes.

Se acercó a la orilla en su pequeño bote acompañado por el centurión pilus prior, Lucio Gratidio; toda la población de Paraetonio, unas seiscientas almas, estaba alineada en la playa, contemplando maravillada aquellos cincuenta enormes barcos que entraban en el puerto a la vez. A Catón no se le ocurrió que acaso no pudiera comunicarse con los habitantes de Paraetonio; todo el mundo en todas partes hablaba griego, la lingua mundi.

Las primeras palabras que oyó, no obstante, fueron en latín. Dos personas se adelantaron, una atractiva joven de unos veinticinco años y un muchacho imberbe. Catón abrió la boca para hablar, pero antes de que pudiera decir nada, la mujer se le echó al cuello llorando y el joven le agarró de la mano.

– ¡Mi querida Cornelia Metela! ¡Y Sexto Pompeyo! ¿Significa esto que Pompeyo Magno está aquí? -preguntó Catón.

Ante esta pregunta, Cornelia Metela lloró aún más desconsoladamente, provocando también el llanto de Sexto Pompeyo. Ese dolor encerraba un mensaje: Pompeyo Magno estaba muerto. Mientras la cuarta esposa de Pompeyo Magno, abrazada al cuello de Catón, le mojaba con sus lágrimas la toga orlada de púrpura y éste intentaba soltarse de la mano de Sexto Pompeyo, un hombre de aspecto importante vestido con túnica griega se acercó a ellos seguido de un pequeño séquito.

– Soy Marco Porcio Catón.

– Yo soy Filopoemon -fue la respuesta. La expresión del personaje indicaba que el nombre de Catón no significaba nada para un nativo de Paraetonio.

Aquello era ciertamente el fin del mundo.

Durante la cena en la modesta morada de Filopoemon Catón conoció la horrible historia de Pompeyo Magno: en Pelusium, el centurión retirado, Septimio, había atraído a Pompeyo hasta un bote donde le dio muerte, mientras Cornelia Metela y Sexto presenciaban la escena desde su barco. Y lo peor de todo era que Septimio, después de decapitar a Pompeyo, había metido la cabeza en una tinaja y había dejado el cuerpo en los bajíos lodosos.

– Nuestro liberto Filipo y el muchacho que era su esclavo habían subido al bote con mi padre, pero huyeron para salvar su vida -explicó Sexto-. No pudimos hacer nada. El puerto de Pelusium estaba lleno de naves del rey egipcio, y varios barcos de guerra se dirigían hacia nosotros. O nos quedábamos para ser capturados y probablemente asesinados, o nos hacíamos a la mar. -Se encogió de hombros y añadió con labios temblorosos-: Sabía qué decisión habría tomado mi padre, así que huimos.

Aunque ya no lloraba, Cornelia Metela aportó poco a la conversación. Catón, que rara vez se fijaba en esas cosas, notó lo mucho que había cambiado. Antes era la más altiva de las aristócratas patricias, hija del augusto Metelo Escipión, se casó en primeras nupcias con el primogénito del compañero de Pompeyo en dos de sus consulados, Marco Licito Craso. Más adelante, Craso y el marido de Cornelia se marcharon para invadir el reino de los partos, y murieron en Carres. Cornelia Metela, viuda, se había convertido en un peón político, ya que Pompeyo también era viudo y había olvidado rápidamente la muerte de su esposa Julia, hija de César. De modo que los boni, incluido Catón, deseosos de apartar a Pompeyo Magno de César y de atraer a Pompeyo al bando de los boni, creyeron que la mejor manera de lograrlo era concederle a Cornelia Metela como nueva esposa. En extremo susceptible respecto a sus oscuros orígenes (era picentino, pero además con el horrendo estigma de la Galia), Pompeyo siempre contraía matrimonio con mujeres de la más alta nobleza. ¿Y qué más alta nobleza que Cornelia Metela? Una descendiente de Escipión el Africano y Emilio Paulo, nada menos. Perfecta para las intenciones de los boni. El plan había surtido efecto. Lleno de gratitud, Pompeyo no había dudado en casarse con ella, y se había convertido, si no en uno de los boni, por lo menos en un buen aliado.

En Roma, Cornelia Metela se había mostrado la misma de siempre, insufriblemente orgullosa y distante, cuando no manifiestamente fría, considerándose sin duda el animal sacrificial de su padre. El matrimonio con un Pompeyo de Piceno fue para ella una sorprendente humillación, pese a que este Pompeyo en particular era el primer dignatario de Roma. Sencillamente, no tenía la sangre adecuada, así que Cornelia Metela fue a ver en secreto a las Vírgenes Vestales y después de obtener una medicina que preparaban con centeno podrido, abortó. Pero aquí en Paraetonio se mostraba distinta. Amable. Dulce. Delicada. Cuando por fin habló fue para comunicar a Catón los planes de Pompeyo tras su derrota en Farsalia.

– Nos dirigíamos a Serica -declaró con tristeza-. Cneo estaba cansado de Roma, de la vida en cualquier ciudad de las costas del Mare Nostrum. Así que nos proponíamos penetrar en Egipto, viajar luego hasta el mar Rojo y embarcarnos después hacia la Arabia Felix. Desde allí nos dirigiríamos a la India, y de la India a Serica. Mi esposo pensaba que los habitantes de Serica podrían sacar provecho de las habilidades de un gran militar romano.