Hicieron la primera escala en Chersoneso, un grupo de siete casas adornadas de redes de pesca; Lucio Gratidio remó hasta la orilla y averiguó que Darnis, una población mucho mayor, estaba sólo a unos cuantos kilómetros más adelante. Pero lo que una aldea de pescadores consideraba «mucho mayor» resultó ser poco más o menos del tamaño de Paraetonio; allí podían abastecerse de agua, pero no había más alimento que pescado. Deberían dirigirse a la Cirenaica oriental, a una distancia de unos doscientos cincuenta kilómetros.
Cirenaica había sido feudo de los soberanos tolomeicos de Egipto hasta que su último sátrapa, Tolomeo Apion, se la había legado a Roma en su testamento. Reacia heredera, Roma no había hecho nada para anexionarse el territorio ni para establecer allí una guarnición, y menos aún enviar a un gobernador. Prueba fehaciente de que la ausencia de gobierno permitía que la gente medrara sin impuestos y se dedicara a sus tareas de siempre obteniendo una mayor prosperidad personal, Cirenaica se había convertido en un legendario remanso del mundo, una especie de idealizada tierra de ensueño. Como estaba fuera de las rutas habituales y no tenía oro, piedras preciosas ni enemigos, no atraía a individuos de mala índole. Pero de pronto, treinta años atrás, el gran Lúculo la había visitado, y las cosas cambiaron deprisa. Empezó la romanización, se establecieron impuestos, y se nombró a un gobernador de rango pretoriano para que administrara Cirenaica conjuntamente con Creta. Pero como el gobernador prefería vivir en Creta, Cirenaica continuó siendo poco más o menos lo que siempre había sido, un dorado remanso, con la única diferencia real de los impuestos romanos. Éstos resultaron ser bastante tolerables, ya que las sequías que azotaban a otros territorios que suministraban grano a Italia no solían coincidir con las sequías de Cirenaica. Gran productora de cereales, Cirenaica contó de súbito con un mercado en el lado opuesto del Mare Nostrum. Flotillas de cargueros vacíos llegaban de Ostia, Puteoli y Neapolis impulsadas por los vientos etesios, y cuando después de la cosecha los barcos habían sido estibados, Auester, el viento del sur, empujaba las embarcaciones de regreso a Italia.
Cuando llegó Catón, la región prosperaba gracias a la sequía que asolaba los demás territorios desde Grecia hasta Sicilia; en Cirenaica las lluvias del invierno habían sido excelentes, el trigo, ya casi listo para la siega, había aumentado notablemente su rendimiento, y los mercaderes de grano romanos más emprendedores comenzaban a llegar con sus flotillas.
Una molestia para Catón, que encontró Darnis, pequeño como era, ya lleno de barcos. Se vio obligado a navegar hasta Apolonia, el puerto que servía a la ciudad de Cirene, la capital de Cirenaica. Allí podría atracar.
Y pudo, pero sólo porque Labieno, Afranio y Petreyo habían llegado antes que él con ciento cincuenta barcos de transporte y habían expulsado a alta mar a las flotillas que cargaban el grano. Como Catón, erguido en la popa del barco que iba en cabeza, era una figura inconfundible, Lucio Afranio, al frente del puerto, le dejó entrar con su flota.
– ¡Qué absurdo! -gruñó Labieno mientras llevaba a Catón a paso rápido hacia la casa que había confiscado al principal ciudadano de Apolonia-. Ven, toma un poco de vino decente -dijo en cuanto entraron en la habitación que había convertido en su despacho.
Catón no advirtió la ironía.
– No, gracias.
Labieno lo miró boquiabierto.
– ¡Vamos! Eres el mayor bebedor de Roma, Catón.
– No desde que dejé Corcira -contestó Catón con dignidad-.
Juré a Liber Pater que no probaría el vino hasta que trajera a mis hombres sanos y salvos hasta la provincia de África.
– Unos cuantos días aquí y volverás a beber como antes.
Labieno fue a servirse una generosa cantidad, y la apuró sin detenerse a respirar.
– ¿Por qué? -preguntó Catón, tomando asiento.
– Porque no somos bienvenidos. La noticia de la derrota y la muerte de Magno ha corrido por todos los rincones del Mare Nostrum como si la llevara un pájaro, y en Cirenaica sólo se piensa en César. Están convencidos de que nos pisa los talones y les aterroriza ofenderlo al darle la impresión de que ayudan a sus enemigos. Así que Cirene ha cerrado sus puertas, y Apolonia está dispuesta a causarnos todo el daño posible; la situación se ha agravado desde que expulsamos a las flotillas que compraban el grano.
Cuando Afranio y Petreyo entraron con Sexto Pompeyo, Labieno tuvo que darles la misma explicación; Catón permaneció sentado, impertérrito, dándole vueltas a la situación. ¡Oh, dioses, vuelvo a estar entre los bárbaros! Mis breves vacaciones han terminado.
Una parte de él deseaba visitar Cirene y su palacio tolomeico, que según se decía era fabuloso. Habiendo visto el palacio de Tolomeo el Chipriota en Pafos, tenía interés por comparar cómo habían vivido los tolomeos en Cirenaica y cómo habían vivido en Chipre. Doscientos años atrás, Egipto había sido un gran imperio que incluso había poseído algunas de las islas Egeas, a la vez que Palestina y media Siria. Pero las islas Egeas y las tierras de Siria-Palestina las habían perdido hacía un siglo, y lo único que los Tolomeos habían logrado conservar era Chipre y Cirenaica, de donde Roma los había obligado a salir en fecha reciente. Recuerdo claramente, reflexionó Catón, que había sido el agente de la anexión de Chipre, que Chipre no había acogido bien la soberanía romana. De Oriente a Occidente, nunca resulta fácil.
Labieno había encontrado mil soldados de caballería gálicos y dos mil de infantería al acecho en Creta, los había rodeado con su habitual inflexibilidad y se había apropiado de todas las naves de Creta. Con mil caballos, dos mil mulas y cuatro mil hombres -además de no combatientes y esclavos- hacinados en doscientos barcos, navegó de la Apolonia cretense a la Apolonia cirenaica (había ciudades quedebían su nombre a Apolo por todo el mundo) en sólo tres días, p había visto obligado a esperar a los vientos etesios.
– Nuestra situación va de mal en peor -dijo Catón a Estatilo y Atenodoro Cordilion mientras los tres se instalaban en la pequeña casa que Estatilo había encontrado abandonada; Catón se había negado a desalojar a nadie y no precisaba de comodidades.
– Lo comprendo -dijo Estatilo, atendiendo nervioso a Atenodoro Cordilion que, padecía un resfriado, que Deberíamos ahabernos dado cuenta de que
Cirenaica se pondría del lado del ganador.
– Muy cierto -convino Catón con amargura. Se tiró de la barba-. Quedan aún quizás unas cuatro nundinae de vientos etesios, así que de algún modo he de presionar a Labieno para que siga avanzando. Una vez que el viento sur empiece a soplar, nunca llegaremos a la provincia de África, y Labieno está más resuelto a saquear Cirene que a hacer algo práctico por continuar con la guerra.
– Impondrás tu voluntad -dijo Estatilo tranquilamente.
Si Catón impuso su voluntad fue gracias a la diosa Fortuna, que parecía favorecerle. Al día siguiente llegaron noticias del puerto de Arsinoe, a unos ciento cincuenta kilómetros al oeste; Cneo Pompeyo había mantenido su palabra y enviado rumbo a África a otros seis mil quinientos de los heridos de Catón. Habían desembarcado en Arsinoe, siendo bien recibidos por los habitantes del lugar.
– Así pues, dejaremos Apolonia y navegaremos hasta Arsinoe
– dijo Catón a Labieno con su tono más áspero.
– Dentro de un nundinum -respondió Labieno.
– ¿Ocho días más? ¿Estás loco? Tú haz lo que quieras, necio, pero mañana yo me llevaré a mi flota a Arsinoe.
El gruñido de Labieno se convirtió en rugido, pero Catón no era Cicerón. Había amilanado a Pompeyo Magno, y no le asustaban los bárbaros como Tito Labieno, que estaba allí con los puños apretados, enseñando los dientes, y mirándole con un brillo de furia en los ojos. De pronto Labieno se encogió de hombros e hizo un gesto de indiferencia.