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Exentos del control de los animales y las tareas de la centuria, los centuriones tenían otras obligaciones. Catón los convocó y dio instrucciones respecto al laserpicium y la inminente dieta a base exclusivamente de carne.

– No comeréis ninguna planta sin que los psylli que nos acompañan nos hayan dicho previamente que es comestible, y os aseguraréis que vuestros hombres hagan lo mismo -gritó-. A cada uno de vosotros se os proporcionará una cuchara y la cantidad de laserpicium correspondiente a vuestra centuria, y vosotros personalmente administraréis media cucharada a cada hombre. Será vuestro deber acompañar a las mujeres psylli y a doscientos no combatientes en la recogida y la preparación del silfio. Por lo que sé, la planta ha de triturarse, hervirse y dejarse enfriar, tras lo cual el laserpicium queda a flote en la superficie de la cocción y debe espumarse. Eso significa que necesitaremos leña en un terreno falto de árboles. Por tanto, os aseguraréis de que todas las plantas muertas y secas se recojan y se transporten para quemarlas. Cualquier hombre que intente violar a una mujer psylli será despojado de la ciudadanía, azotado y decapitado. Hablo en serio.

Si los centuriones creían que había terminado, se equivocaron.

– ¡Otro asunto! -bramó Catón-. Cualquier hombre, sea cual sea su rango, que permita que una cabra se coma su sombrero, tendrá que ir con la cabeza descubierta, y eso significa insolación y muerte. Casualmente tengo aún sombreros suficientes para sustituir a los que ya se han comido las cabras, pero se me están terminando. Así pues, que todos los hombres de esta expedición lo tengan en cuenta: si pierden el sombrero, pierden la vida.

– Eso es hablarles con firmeza -dijo Sexto mientras acompañaba a Catón a la casa de Nasamones-. El único problema, Catón, es que una cabra decidida a comerse un sombrero es tan difícil de eludir como una ramera que le ha echado el ojo a un viejo rico. ¿Cómo proteges tu sombrero?

– Cuando no lo llevo en la cabeza, o sea cuando me acuesto a dormir, me tiendo sobre él. ¿Qué más da si la copa se aplasta? Cada mañana vuelvo a ahuecarlo, y me lo ato firmemente con las cintas que les pusieron las sensatas tejedoras.

Nasamones, que lamentaba que aquel maravilloso circo se marchara, anunció:

– Ya he hecho correr la voz. Hasta que lleguéis a Carax, mi pueblo os ayudará tanto como le sea posible. -Carraspeó-. Ejem… ¿me permites un consejo, Marco Catón? Aunque necesitarás las cabras, no llegarás vivo a la provincia de África si permites que las cabras anden sueltas. No sólo se comerán vuestros sombreros sino que se os comerán hasta la ropa. Una cabra come de todo. Así que atadlas mientras marcháis y encerradlas en un corral por la noche.

– ¿Encerrarlas cómo? -preguntó Catón, harto de las cabras.

– He notado que cada legionario lleva en sus pertrechos una estaca de empalizada, lo bastante larga para servir como bastón en terreno escabroso. Por la noche pueden utilizarse como parte de una cerca para guardar las cabras.

– Nasamones -dijo Catón con una sonrisa más alegre que ninguna de las que le había visto Sexto-, realmente no sé qué habríamos hecho sin ti y los psylli.

Las hermosas montañas de Cirenaica quedaron atrás; los diez mil se adentraron en un llano despoblado cubierto de silfio y poco más. Entre aquellos arbustos pequeños y grisáceos la tierra ocre estaba salpicada de cascajo y piedras del tamaño de un puño. Las estacas de empalizada, usadas como bastones, resultaron de un valor inestimable.

Nasamones tenía razón; abundaban los pozos y las charcas. Sin embargo no eran lo bastante numerosos para dar de beber a diez mil hombres y siete mil animales cada noche; eso habría requerido un río del tamaño del Tíber. Así que Catón ordenó que una centuria se encargara de llenar los odres de agua en cada pozo o charca por la que pasaran. Eso permitió que el gigantesco ejército siguiera avanzando, y al ponerse el sol todos podían sentarse a comer carne de vaca o cabra cocida en agua marina -los diez mil recogían arbustos muertos- y luego echarse a dormir.

Aparte del claro cielo y las matas de silfio, no perdían de vista el mar, una vasta extensión de bruñido azul, adornada de blanco alrededor de las rocas, que llegaba en suaves olas a la playa. Al paso que avanzaban los animales, los hombres podían darse un rápido baño para refrescarse y lavarse. Si sólo podían recorrer quince kilómetros diarios no llegarían a Hadrumetum antes de finales de abril. Y para entonces, pensó Catón con gran alivio, las disputas sobre quién será el comandante en jefe de nuestro ejército habrán terminado. Yo simplemente dejaré a mis diez mil con las legiones y me dedicaré a alguna actividad pacífica.

Los romanos no comían carne de vaca ni de cabra; en Roma, de las vacas sólo se utilizaban el cuero, el sebo y un fertilizante hecho a base de sangre y hueso, y de las cabras se obtenía leche y queso.

Un novillo proporcionaba unos doscientos cincuenta kilos de partes comestibles, ya que los hombres lo comían todo excepto la piel, los huesos y los intestinos. Medio kilo diario por hombre -nadie podía obligarse a comer más- representaba sacrificar veinte reses diarias durante seis días; el nundinum de ocho días se completaba con dos días de carne de cabra, aún menos apetitosa.

Al principio Catón tenía la esperanza de que las cabras dieran leche con la que elaborar queso, pero en cuanto Filaenorum quedó atrás, las cabras lecheras rechazaron a sus crías y se les secaron las ubres. Sin ser un experto en cabras, imaginó que eso tenía algo que ver con el exceso de silfio y la imposibilidad de devorar sombreros de paja u otras exquisiteces. Las vacas de largos cuernos avanzaban parsimoniosamente sin molestar a los hombres, los huesos de sus caderas sobresaliendo visiblemente de sus regiones posteriores como vestigios de alas y las ubres vacías oscilando bajo sus panzas. Sin ser tampoco un experto en ganado bovino, supuso que los toros eran un estorbo, ya que todos estaban castrados. Se tratara de gatos, perros, carneros, machos cabríos o toros, todos los machos sin castrar adelgazaban y se consumían a causa de su desazón por copular. Esparcían la simiente y producían toda una cosecha de cachorros, crías, añojos o terneros.

Algunas de estas cosas se las comentaba a Sexto Pompeyo, que estaba fascinado por los rasgos de la personalidad de Marco Porcio Catón que posiblemente ningún otro romano había conocido. ¿Era aquél el hombre que había incitado a su padre a la guerra civil? ¿El hombre que, como tribuno de la plebe, había vetado cualquier legislación que pudiera mejorar el funcionamiento de las cosas? ¿El hombre que, a la edad que Sexto tenía ahora, había intimidado a todo el Colegio de tribunos de la plebe para que mantuvieran aquella desastrosa columna dentro de la Basílica Porcia? ¿Por qué? Porque Catón el Censor había puesto la columna allí; formaba parte del mos maiorum y no podía retirarse por ningún motivo. ¡Cuántas historias había oído sobre Catón el incorruptible cuestor urbano, Catón el bebedor, Catón el que había vendido a su amada esposa! Y sin embargo allí estaba ese mismo Catón reflexionando sobre los machos y su voracidad sexual, como si él mismo no fuera un macho… y un macho muy bien dotado, dicho sea de paso.

– Por lo que a mí respecta -comentó Sexto-, deseo inmensamente regresar a la civilización. La civilización significa mujeres, y tengo ya una desesperada necesidad de estar con una mujer.

Los ojos grises se volvieron hacia él con una mirada gélida.

– Si un hombre es un hombre, Sexto Pompeyo, debería controlar sus más bajos instintos. Cuatro años no son nada -dijo Catón entre dientes.

– ¡Claro, claro! -dijo Sexto, apresurándose a retractarse. ¿Cuatro años? ¡Es curioso que Catón mencione ese periodo de tiempo!, se dijo. Marcia pasó cuatro años como esposa de Quinto Hortensio, entre dos juergas de Catón. ¿La amaba él entonces? ¿Sufrió?