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– El territorio de Fazania se extiende a nuestras espaldas -dijo a Sexto mientras yacían en la arena después de un baño.

Estamos morenos como nueces, pensó Sexto, mirando a los grupos de hombres dispersos en la interminable playa. Incluso Catón, tan rubio, está muy curtido. Supongo que eso significa que yo parezco un sirio.

– ¿En qué territorio entramos ahora? -preguntó.

– Tripolitania -contestó Catón.

– ¿Por qué se lo ve tan triste? -se dijo Sexto-. Cualquiera pensaría que acabamos de dejar atrás los campos Elíseos en lugar del Averno. ¿No sabe que esta agua ha llegado justo en el último día antes de que empezáramos a morir de sed? ¿Que también nos habíamos quedado sin comida? ¿O habrá hecho aparecer el agua con su fuerza de voluntad? Ya no me sorprende nada en Catón.

– Tripolitania -repitió Sexto-. La tierra de las tres ciudades. Sin embargo no sé de ninguna ciudad entre Berenice y Hadrumetum.

– A los griegos les gusta poner nombres que les suenan familiares; fíjate en todas esas poblaciones llamadas Berenice, Arsinoe, Apolonia, Heracleaia. Así que imagino que cuando construyeron tres aldeas de un puñado de casas cada una aquí donde la costa es más fértil, llamaron al territorio «tres ciudades»: Leptis Mayor, Oea y Sabrata, si Sócrates y Nasamones están en lo cierto. Extraño, ¿no? La única Leptis que yo conocía era Leptis Menor, en la provincia de África.

Tripolitania no era un exuberante cuerno de la abundancia como Campania o el valle del río Betis en la Hispana Ulterior, pero a partir de ese primer arroyo el aspecto del paisaje inducía a pensar que los alrededores estaban habitados. Aún crecía silfio, pero también había plantas más delicadas que los psylli declararon comestibles. Algún que otro árbol salpicaba la planicie; sus ramas se extendían horizontalmente como las capas de un saliente de roca, sus frondas eran escasas y de un color verde amarillento semejantes a helechos. A Catón le recordaron los dos árboles que había en el jardín del peristilo del tío Druso, árboles que, según se decía, había llevado a Roma Escipión el Africano. Si era así, en primavera o verano debían de tener magníficas flores de color escarlata o amarillo.

A Sexto Pompeyo le dio la impresión de que Catón volvía a ser el de siempre.

– Creo -dijo éste- que es el momento idóneo para que monte a lomos de un asno y me adelante para ver por qué camino quieren los lugareños que pasen diez mil hombres y un puñado de cabras. No será, estoy seguro, a través de sus trigales o sus melocotonares. Intentaré comprar un poco de comida. El pescado es un cambio agradable, pero necesitamos más cabezas de ganado, y ojalá encontremos grano para hacer el pan.

A lomos de un asno, pensó Sexto conteniendo la risa, Catón está ridículo; tiene las piernas tan largas que parece impulsar el animal con los pies más que montarlo.

Por ridículo que le pareciera a Sexto, cuando Catón regresó cuatro horas más tarde los tres hombres que lo acompañaban lo contemplaban con respetuoso asombro. Realmente hemos llegado a la civilización, porque han oído hablar de Marco Porcio Catón.

– Tenemos una ruta para cuando sigamos adelante -anunció Catón a Sexto, apeándose del asno con la misma facilidad con que un hombre pasaría sobre una cerca baja-. Te presento a Aristodemo, Fazanes y Focias, que actuarán como agentes nuestros en Leptis Mayor. A treinta y cinco kilómetros de aquí, Sexto, podré comprar un rebaño de corderos añales. Es carne, ya lo sé, pero al menos de otra clase. Tú y yo nos trasladaremos a Leptis, así que carga tus cosas.

Atravesaron una aldea, Misurata, y llegaron a una ciudad de unos veinte mil habitantes de ascendencia griega; Leptis Mayor o Magna. La cosecha acababa de ser recogida y había sido un buen año. Cuando Catón sacó sus monedas de plata, consiguió trigo suficiente para que los hombres pudieran volver a una dieta de pan, y aceite suficiente para remojarlo.

– Hay sólo mil kilómetros hasta Tarso, otros ciento cincuenta hasta Utica, y en total sólo unos trescientos sin agua en el tramo entre Sabrata y el lago Tritonis, el principio de nuestra provincia romana -anunció Catón rompiendo una hogaza de pan crujiente y recién hecha-. Al menos, Sexto, una vez cruzada Fazania, sé cuánta agua necesitaré en nuestro último trayecto por el desierto. Podré cargar algunos de los asnos con grano, sacar las muelas y los hornos de los carroma tos y hacer pan allí donde haya leña. ¿No es un lugar maravilloso?

Esta vez voy a saciarme de pan. El estoico por antonomasia, pensó Sexto, siente debilidad por el pan. Pero tiene razón. Tripolitania es un lugar maravilloso.

Aunque la temporada de la uva y el melocotón había pasado, los lugareños secaban la fruta, lo cual implicaba que disponían de pasas a puñados, y trozos de correoso melocotón que chupar. En estado silvestre abundaban el apio, las cebollas, la col y la lechuga.

Tanto las mujeres y los niños como los hombres, todos los tripolitanos vestían unos ajustados calzones de lana muy tupida y polainas de cuero sobre botas de puntera cerrada que les protegían de las serpientes, los escorpiones y aquellas enormes arañas conocidas como tetragnathi. Casi todos se dedicaban a la agricultura -trigo, olivas, fruta, vino-, pero apacentaban rebaños de ovejas y vacas en tierras comunales consideradas demasiado pobres para labrarlas. En Leptis había mercaderes, más el inevitable contingente de agentes romanos husmeando para hacer dinero rápido, sin embargo se percibía una sensación de rusticidad, no de comercio.

Tierra adentro se extendía una meseta baja que era el inicio de cinco mil kilómetros de desierto de este a oeste, y que se extendía tan al sur que nadie conocía su límite. Los garamantes vagaban por aquel territorio sobre camellos, pastoreando sus cabras y ovejas, refugiándose en tiendas para protegerse no de la lluvia, que nunca caía, sino de la arena. Un potente viento levantaba la arena con tal fuerza que podía matar a los hombres por asfixia.

Mucho más seguros de sí mismos ahora que habían dejado atrás mil trescientos kilómetros, los diez mil abandonaron Leptis con la moral alta.

En sólo diecinueve días cruzaron la extensión de salinas de unos trescientos veinte kilómetros; si bien la falta de leña les impidió hornear el pan, Catón había adquirido tantos corderos como vacas para variar la dieta basada en carne de la mejor manera posible. ¡No más cabras! Si nunca vuelvo a ver otra cabra mientras viva, juró Catón, me daré por satisfecho. Era un sentimiento compartido por sus hombres, en especial por Lucio Gratidio, en quien había recaído la responsabilidad de cuidar de las cabras.

El lago Tritonis constituía el límite no oficial de la provincia romana de África; fue una decepción, ya que sus aguas eran saladas a causa del natrón, una sustancia semejante a la sal. Dado que una clase inferior de murex poblaba el mar al este del lago, en la orilla se alzaba una fábrica para la elaboración de tinte púrpura, y junto a ella yacía una maloliente montaña de conchas vacías y de restos podridos de las criaturas que habían vivido dentro de ellas. El tinte púrpura se extraía de un pequeño tubo del cuerpo del murex, lo cual implicaba una gran cantidad de desechos.

No obstante, el lago marcaba el comienzo de una Via romana debidamente trazada y pavimentada. Riendo y charlando, los diez mil pasaron apresuradamente junto a la pestilente fábrica, y avanzaron dando brincos por la carretera. Allí donde había una carretera, estaba también Roma.

A las afueras de Tapso, Atenodoro Cordilion se desplomó y murió; el suceso fue tan repentino que Catón, que estaba en otra parte, no llegó a su lado a tiempo de despedirse. Llorando, Catón encargó la construcción de una pira de leña, ofreció libaciones a Zeus y una moneda a Caronte, el barquero, y luego empuñó su bastón y se colocó de nuevo al frente de sus hombres. Quedaban ya muy pocos de los viejos tiempos. Catulo, Bibulo, Ahenobarbo, y ahora su querido Atenodoro Cordilion. ¿Cuántos días más me quedan? Si César acaba gobernando el mundo, espero que no sean muchos.