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La marcha terminó en un vasto campamento en las afueras de Utica, la capital de la provincia romana. Otra Cartago se había edificado junto al lugar de origen de Aníbal, Amílcar y Asdrúbal, pero Escipión Emiliano la había arrasado tan completamente que la nueva Cartago nunca fue rival de Utica, dotada de un puerto igualmente magnífico.

Para los diez mil fue un gran dolor tener que separarse de su querido comandante; nunca organizados en legiones, las quince cohortes y los no combatientes que Catón había llevado hasta allí se disgregarían y pasarían a formar parte de legiones ya existentes. Aun así, aquella increíble marcha dotó a cada uno de sus participantes de una gloria que casi los equiparaba a dioses a ojos de los demás soldados romanos.

Catón sólo se llevó a Lucio Gratidio, quien, si Catón veía realizado su propósito, adiestraría en el arte militar a civiles. La última noche antes de entrar en el palacio del gobernador de Utica y regresar a un mundo del que había permanecido alejado durante más de cinco meses, Catón se sentó a escribir a Sócrates, el dioiketes de Arsinoe.

Tuve la previsión, mi querido Sócrates, de buscar a unos cuantos hombres cuyo doble paso natural medía exactamente un metro y medio, y les encargué que contaran los pasos de todo nuestro viaje desde Arsinoe hasta Utica. El promedio de sus cálculos dio la cifra de 2.258 kilómetros. Dado que descansamos tres días en Ficlaenorum, un día en Carax, y cuatro días en las afueras de Leptis

Mayor -un total de un nundinum- caminamos durante ciento dieciséis días. Si recuerdas, partimos de Arsinoe tres días antes de la nona de enero. Hemos llegado a Utica la nona de mayo. Hasta que me senté a calcular todo esto con mi ábaco, pensaba que habíamos viajado a una media de dieciséis kilómetros diarios, pero resulta que cubrimos algo más de veinte kilómetros al día. Todos excepto sesenta y siete de mis hombres han sobrevivido al viaje, aunque también perdimos a una mujer psylli a causa de la picadura de un escorpión.

Esto es sólo para anunciarte que hemos llegado y estamos a salvo, pero también para decirte que a no ser por ti y Nasamones de los psylli, nuestra expedición habría fracasado. No he recibido más que amabilidad y socorro por parte de cuantos hemos encontrado por el camino, pero los servicios que tú y Nasamones nos prestasteis van más, allá de todo límite. Un día, cuando nuestra amada república se restaure, espero veros a ti y a Nasamones en Roma como invitados míos. Os colmaré de honores públicos en el Senaculum.

La carta tardó un año en llegar a Sócrates, un año durante el cual ocurrieron muchas cosas. Sócrates la leyó entre lágrimas y luego se sentó y sacudió la cabeza, cayendo sobre su regazo la hoja de papel fano.

– ¡Oh, Marco Catón, ojalá fueras un Jenofonte! -exclamó-.

Cuatro meses a través de una tierra inexplorada y sólo puedes darme datos y cifras. ¡Qué romano eres! Un griego habría tomado abundantes notas como punto de partida de un libro; tú te limitaste a hacer contar los pasos a unos cuantos hombres. Te lo agradezco debidamente y esta carta se guardará como reliquia porque encontraste el momento de escribirla, pero ¡qué habría yo dado por una narración de la marcha de tus diez mil!

3

La provincia romana de África no era demasiado grande, sólo sumamente rica. Después de que Cayo Mario hubiera derrotado al rey Yugurta de Numidia sesenta años atrás, la provincia se vio aumentada con algunas tierras numidias, pero Roma prefería los reyes sumisos a los gobernadores, así que permitió al rey Hiempsal conservar la mayor parte de su país. Éste había reinado durante más de cuarenta años, y le sucedió su hijo Juba. La provincia de África en sí poseía algo que la hacía indispensable para Roma: el río Bagradas, una gran corriente con muchos y caudalosos afluentes que permitía el cultivo de trigo a gran escala. Cuando Catón y sus diez mil llegaron allí, la cosecha de grano había sido tan importante como la de Sicilia, y los hacendados pertenecían al Senado o a los Dieciocho, que eran los más poderosos nobles comerciantes. La provincia poseía también otra característica que exigía que Roma la gobernase directamente: ocupaba un saliente de la costa africana que apuntaba al norte en dirección a Sicilia y la suela de la bota italiana, así que era una perfecta cabeza de puente para la invasión de Sicilia e Italia. En otros tiempos, Cartago la había utilizado precisamente con ese fin en varias ocasiones.

Cuando César cruzó el Rubicón y consiguió el control casi pacífico de Italia, el Senado, contrario a él, huyó del país tras los pasos de Pompeyo Magno, a quien nombró su comandante en jefe. Reacio a devastar Italia con otra guerra civil, Pompeyo había decidido luchar contra César en el extranjero, eligiendo Grecia/Macedonia como su teatro de operaciones.

No obstante, era de igual importancia mantener las provincias productoras de grano, especialmente Sicilia y África. Así pues, antes de huir, el Senado republicano había mandado a Catón a defender Sicilia, en tanto que Publio Atio Varo, gobernador de la provincia de África, retenía esta región en nombre del Senado republicano y el pueblo de Roma. César envió a su brillante ex tribuno de la plebe, Cayo Escribonio Curio, para expulsar a los republicanos de Sicilia y África; no sólo tenía que dar de comer a Roma, sino a la mayor parte de Italia, incapaz de alimentarse por sí sola. Sicilia cayó en manos de Curio muy pronto, ya que Catón no era un general sino simplemente un valiente soldado. Cuando escapó a África, Curio y su ejército lo siguieron. Pero Atio Varo no iba a dejarse amilanar por un general de Triclinio como Catón ni por un general en ciernes como Curio. Primero hizo imposible la permanencia de Catón en África y éste fue junto a Pompeyo a Macedonia. Posteriormente, con la ayuda del rey Juba, Atio Varo tendió una emboscada al confiado Curio. Curio y su ejército perecieron.

Resultó, pues, que César controlaba una provincia con trigo, Sicilia, mientras que los republicanos controlaban la otra, África. Esta situación proporcionaba a César cantidad suficiente de grano en los buenos años pero insuficiente en los malos años, y se había producido una sucesión de malos años debido a una serie de sequías que habían asolado todas las tierras del Mare Nostrum de uno a otro extremo. Complicaba aún más las cosas la presencia de flotas republicanas en el mar toscano, dispuestas a echarse sobre los convoyes de grano de César, y la situación tendía a agravarse ahora que la resistencia republicana en el este había desaparecido y que Cneo Pompeyo había vuelto a situar su armada en las rutas marítimas del grano.

Cuando se reunieron en la provincia de África después de Farsalia, los republicanos eran muy conscientes de que César iría tras ellos. Mientras ellos fueran capaces de llevar un ejército al campo de batalla, la dominación de César era discutible. Tratándose de César, lo esperaban pronto; cuando Catón partió de Cirenaica, la opinión generalizada era que César llegaría en junio, ya que ese plazo le daría tiempo para ocuparse antes del rey Farnaces en Anatolia. De modo que cuando los diez mil terminaron su marcha, Catón descubrió con asombro que el ejército republicano se había abandonado a la pereza, y no había ni rastro de César.

Si el difunto Cayo Mario hubiera posado la mirada en el palacio del gobernador de Utica en este año, lo habría encontrado muy poco cambiado respecto a lo que había sido cuando él lo había ocupado seis décadas antes. Tenía las paredes enlucidas y pintadas de rojo mate; aparte de la amplia sala de audiencias, era un laberinto de pequeñas habitaciones, si bien había dos cómodos aposentos en un anexo para los plutócratas del grano que estaban de paso o los senadores del primer banco que visitaban Oriente. En esos momentos lo ocupaban tantos republicanos importantes que el palacio parecía a punto de reventar, y en el abarrotado interior resonaban las voces de aquellos importantes republicanos enfrentados entre sí.