– Sí, lo preferiría. -Catón levantó sus penetrantes ojos grises y miró a Sexto con severidad-. ¿Qué se sabe de César?
– Éste es el gran misterio, Catón -dijo Sexto, ceñudo-. Por lo que parece, sigue en Egipto, aunque aparentemente no en Alejandría. Corren toda clase de rumores, pero lo cierto es que nadie ha oído nada de César desde que una' carta suya enviada desde Alejandría en noviembre llegó a Roma un mes después.
– No me lo creo -declaró Catón, con la boca tensa-. Es un prolífico corresponsal, y ahora, más que en cualquier otro momento de su vida, necesita estar en el centro de todo. ¿César, callado? ¿César, sin mantenerse en contacto? Debe de haber muerto. ¡Ése sí es un golpe de fortuna! ¡César muerto de alguna enfermedad contagiosa o por la lanza de un campesino en un atrasado paraje como Egipto! Me siento… engañado.
– Desde luego, según los rumores no está muerto. De hecho, se dice que navega Nilo abajo en un barco dorado lleno de flores, con la reina de Egipto a su lado, escuchando el tañido de tal cantidad de arpas que sus sones bastarían para ahogar el berrido de diez elefantes, viendo danzar a muchachas cubiertas de velos y bañándose en bañeras llenas de leche de burra.
– ¿Te mofas de mí, Sexto Pompeyo?
– ¿Yo mofarme de ti, Marco Catón? Jamás.
– Entonces se trata de un truco. Pero explica la inercia que se respira aquí en Utica. Ese miserable autócrata, Varo, no tenía intención de decirme nada, así que te agradezco esas noticias. No, el silencio de César tiene que ser un truco. -Hizo una mueca-. ¿Y qué ha sido de Marco Tulio Cicerón, ese eminente cónsul y abogado?
– Inmovilizado en Brindisi por su último dilema. Vatinio le dio la bienvenida en Italia, pero luego Marco Antonio regresó con el grueso del ejército de César y ordenó a Cicerón que se fuera. Cicerón mostró la carta de Dolabela, y Marco Antonio se disculpó. Pero ya conoces a ese pobre diablo de Cicerón; es demasiado tímido para aventurarse a entrar en Italia más allá de Brindisi. Su esposa no quiere saber nada de él. -Sexto ahogó una risita-. Es más fea que la gárgola de una fuente.
Una iracunda mirada de Catón le devolvió la seriedad.
– ¿Y Roma? -preguntó Catón.
Sexto lanzó un silbido.
– ¡Catón, es un circo! El gobierno sigue adelante como puede con diez tribunos de la plebe, porque nadie ha conseguido celebrar elecciones para los ediles, los pretores o cónsules. El propio Dolabela consiguió ser adoptado por la plebe y ahora es tribuno de la plebe. Tiene deudas enormes, así que ahora intenta lograr que la Asamblea de la Plebe apruebe una condonación general de las deudas. Cada vez que lo intenta, Polio y Trebelio, fieles a César, lo vetan, de modo que ha imitado a Publio Clodio y ha organizado bandas callejeras para aterrorizar a ricos y pobres por igual -explicó Sexto, animado-. Mientras el dictador César está ausente en Egipto, el jefe de estado es su Maestro del Caballo, Antonio, que está comportándose de una manera alarmante: vino, mujeres, codicia, malevolencia y corrupción.
– ¡Puaj! -exclamó Catón con los ojos encendidos-. Marco Antonio es un jabalí rabioso, un buitre… ¡Ésa sí que es una extraordinaria noticia! -Sonrió con saña-. César por fin se ha superado a sí mismo, poniendo a un borracho como Antonio al mando. ¡Maestro del Caballo! ¡Culo del Caballo, más bien!
– No valoras lo bastante a Marco Antonio -dijo Sexto muy seriamente-. Se trae algo entre manos, Catón. Los veteranos de César están acampados en torno a Capua, pero están inquietos y amenazan con marchar sobre Roma para exigir que se satisfagan sus «derechos»…, sean cuales sean esos «derechos». Dice mi madrastra, que por cierto te envía un cordial saludo, que eso se debe a que Antonio pretende utilizar las legiones en su propio beneficio.
– ¿En su propio beneficio? ¿No en beneficio de César?
– Según Cornelia Metela, Antonio ha concebido grandes ambiiciones y pretende ocupar el lugar de César.
¿Cómo está tu madrastra?
Bien -respondió Sexto, y se apresuró a explicar-: Construyó una hermosa tumba de mármol en los jardines de su villa de los montes Albanos cuando César le mandó las cenizas de mi padre. Al parecer César encontró a nuestro liberto Filipo, el que incineró el cadáver en la playa de Pelusium, y el propio César hizo incinerar la cabeza. Las cenizas llegaron con una carta amable y compasiva de él, según palabras de la misma Cornelia Metela, en la que le prometía que se le permitirá conservar todas sus propiedades y dinero. Así que la guarda para enseñársela a Antonio si éste aparece con intención de confiscárselo todo.
Eso me asombra y a la vez me inquieta profundamente -dijo Catón-. ¿Qué pretende César? Necesito saberlo.
Diecisiete hombres se reunieron en la sala de audiencias del gobernador a la segunda hora del día siguiente.
Con desánimo, Catón pensó: ¡Oh, vuelvo a mi antiguo ambiente, pero ya le he perdido el gusto! Quizá sea un defecto de mi carácter el detestar el mando, pero si es un defecto, me ha llevado a adoptar una filosofía que se ha arraigado inexorablemente en mi alma. Conozco los parámetros exactos de lo que debo hacer. Puede que los hombres se burlen de tanta abnegación, pero la inmoderación es mucho peor, ¿y qué es el mando sino una forma de inmoderación? Henos aquí, trece hombres con togas romanas, a punto de despedazarnos unos a otros por una concha vacía llamada tienda de mando. ¡Una metáfora, incluso! ¿Cuántos comandantes habitan realmente una tienda, o si lo hacen, la mantienen austera y sencilla? Sólo César. ¡Cuánto me duele tener que admitirlo!
Cuatro de los hombres presentes eran numidios. Obviamente uno de ellos era el propio rey Juba, ya que vestía de la cabeza a los pies de púrpura tirio y llevaba la blanca diadema ceñida en torno a los abundantes y sueltos rizos. En la barba, también rizada, llevaba entrelazados hilos de oro. Al igual que los otros tres, aparentaba unos cuarenta años; el cuarto numidio era muy joven.
– ¿Quiénes son estas… personas? -preguntó Catón a Varo con su tono más estridente y desagradable.
– Marco Catón, baja la voz, por favor. Éstos son el rey Juba de Numidia, el príncipe Masinissa y su hijo Arabión, y el príncipe Saburra dijo Varo, abochornado e indignado.
– ¡Échalos de aquí, gobernador! ¡De inmediato! Esto es una reunión de hombres romanos. Varo se esforzó por no perder la paciencia.
– Numidia es nuestra aliada en nuestra guerra contra César, Marco Catón, y tiene derecho a estar presente.
– Tiene derecho a estar presente en un consejo de guerra quizá, pero no a contemplar cómo trece nobles romanos se ponen en ridículo al discutir de asuntos puramente romanos -bramó Catón.
– La reunión aún no ha empezado, Catón, y sin embargo tú ya te has desmandado -dijo Varo entre dientes.
– Gobernador, repito que ésta es una asamblea romana. Ten la bondad de hacer salir de aquí a estos extranjeros.
– Lo siento, pero no puedo hacerlo.
– Entonces permaneceré aquí en desacuerdo, y no diré una sola palabra -vociferó Catón.
Seguido por las miradas de ira de los cuatro numidios, se retiró al fondo de la sala y se colocó detrás de Lucio Julio César hijo, un vástago del árbol juliano cuyo padre era primo de César, además de ser su mano derecha y un firme seguidor. Es curioso, pensó Catón, con la mirada fija en la espalda de Lucio, que el hijo sea republicano.
– No se lleva bien con su padre -susurró Sexto, acercándose a Catón-. Es muy inferior a él, pero nunca tendrá el sentido común de admitirlo.
– ¿No tendrías que estar en la primera fila?
¿A mi tierna edad? No es probable.
Noto en ti, Sexto Pompeyo, cierta frivolidad que deberías eliminar-aconsejó Catón con su tono de voz normal.
– Soy consciente de ello, Marco Catón, y por eso paso tanto tiempo contigo -contestó Sexto, también en voz alta.