– ¡Silencio al fondo! ¡Orden en la reunión!
– ¿Orden? ¿Orden? ¿Qué quieres decir, Varo? Veo al menos un sacerdote y un augur en esta asamblea. ¿Desde cuándo una reunión legal de ciudadanos romanos que van a tratar de cuestiones públicas empieza sin que antes se pronuncien las oraciones y se invoquen los auspicios? -gritó Catón-. ¿Tan bajo ha caído nuestra amada república que hombres como Quinto Secilio Metelo Pio Escipión Nasica se quedan ahí de brazos cruzados, sin oponerse a una reunión ilegal? No puedo obligarte a expulsar a los extranjeros, Varo, pero te prohíbo que empieces sin antes honrar a Júpiter óptimo Máximo y uirino.
– Si hubieras esperado, Catón, habrías visto que me disponía a pedir a nuestro buen Metelo Escipión que pronunciara las oraciones y a nuestro buen Fausto Sila que invocara los auspicios -explicó Varo, en una rápida reacción que sólo engañó a los numidios.
– ¿Ha habido alguna vez una reunión más condenada al fracaso que ésta?, se preguntó Sexto Pompeyo, disfrutando del espectáculo de Catón pulverizando como mínimo a diez romanos y cuatro numidios.
– Tengo razón, ha cambiado mucho desde que lo conocí en Paraetonium, pero ahora comprendo la impresión que debía de causar en el Senado en una de aquellas ocasiones en que se echaba con uñas y dientes sobre todo el mundo, desde César hasta mi padre. Es imposible hacerlo callar y es imposible pasarlo por alto.
Pero Catón, una vez hubo expresado su protesta y se hubo asegurado de que se observaban las formalidades religiosas, cumplió su palabra y permaneció al fondo en silencio.
La pugna por la tienda de mando se desarrolló entre Labieno, Afranio, Metelo Escipión y el mismísimo gobernador, Varo. Tal grado de disensión se debía al hecho de que Labieno, no cónsul, tuviera con mucho el mejor historial de combate, mientras que Metelo Escipión, cónsul y ex gobernador de Siria, se veía respaldado tanto por su derecho legal como por su sangre. Afranio entró en la liza porque, comprometido con Labieno, quiso apoyar el derecho a la tienda de mando de este antiguo lugarteniente de César y cónsul. Lamentablemente, al igual que Labieno, Afránio carecía de antepasados con grandes méritos. El candidato imprevisto era Atio Varo, quien adujo que él era el gobernador legal de su provincia, afirmó que la guerra iba a desarrollarse en su provincia y añadió que, en su provincia, su rango estaba por encima del de todos los demás.
Para Catón, era una suerte que el acaloramiento de la discusión impidiera a algunos de los presentes expresarse adecuadamente en griego, pues ésta era una lengua que no permitía las sartas de insultos propias del latín. Por eso mismo la conversación no tardó en pasar al latín. Los numidios quedaron al margen de inmediato, lo cual no complació a Juba, un hombre sagaz que en secreto detestaba a todos los romanos; pero había llegado a la conclusión de que tenía más probabilidades de expandir su reino hacia Mauritania con los republicanos que con César, quien no sentía ningún aprecio por Juba. Siempre que Juba se acordaba del famoso día en que César, molesto ante tanta mentira en un tribunal romano, perdió la paciencia y le tiró de la barba real, esa misma barba parecía dolerle de nuevo.
El resentimiento de los numidios aumentó debido a que Varo no había dispuesto allí ningún asiento: se contaba con que todos se mantuvieran de pie, por larga que fuera la discusión. A Juba, que exigió ofendido una silla para que pudiesen descansar sus reales pies, le negaron ese favor; por lo visto, los romanos en sus congresos estaban muy cómodos de pie. Si bien debo cooperar con estos romanos en el campo de batalla, pensó Juba, también he de minar la autoridad romana en la llamada provincia de África. ¡Qué enorme sería la riqueza de Numidia si yo dominara las tierras que se extienden a orillas del río Bagradas!
Transcurridas cuatro breves horas de primavera, de cuarenta y cinco minutos cada una, la discusión seguía viva, la decisión no se perfilaba aún y la acritud aumentaba a cada gota que caía del reloj de agua.
– ¡Es inadmisible! -clamó Varo finalmente, dirigiéndose a Labieno con hostilidad-. Farsalia se perdió por culpa de tu táctica, así que me río de esa pretensión tuya de que eres nuestro mejor general. Si lo eres, ¿qué esperanzas podemos albergar de derrotar a César? Ya es hora de que entre sangre nueva en la tienda de mando, la sangre de Atio Varo. Lo repito, ésta es mi provincia, otorgada legalmente a mí por el legítimo Senado de Roma, y el gobernador de esta provincia es aquí el hombre de más alto rango.
– ¡Estupideces, Varo! -replicó Metelo Escipión-. Yo seré el gobernador de Siria hasta que cruce el pomerium de Roma y entre en la ciudad, y no es probable que eso ocurra antes de que derrotemos a César. Más aún, el Senado me otorgó el imperium maius. Tu imperium es el de un propretor corriente. Eres insignificante, Varo.
– Puede que no posea un imperium ilimitado, Escipión, pero al menos encuentro cosas mejores que hacer que recrearme con niños y pornografía.
Metelo Escipión lanzó un alarido y se abalanzó sobre Varo, en tanto Labieno y Afranio, cruzados de brazos, contemplaban la pelea. Hombre alto y de buena complexión de quien una vez se dijo que tenía el rostro de un camello altivo, Metelo Escipión sacó mayor partido de sus fuerzas de lo que el joven Atio Varo esperaba.
Catón apartó con el hombro a Lucio César y avanzó a zancadas hacia el centro de la sala para separar a los dos hombres.
– ¡Ya basta! ¡Basta! Escipión, ve ahí y quédate absolutamente inmóvil. Varo, ven aquí y quédate absolutamente inmóvil. Labieno, Afranio, descruzad los brazos e intentad portaros como lo que sois y no un par de bailarinas contoneándose frente a la Basílica Emilia.
Se paseó por la sala, el cabello y la barba alborotados a fuerza de mesárselos, y por fin dijo, volviéndose de cara a los presentes:
– Muy bien, es evidente que esto podría prolongarse todo el día, y todo el día de mañana, y el próximo mes y el próximo año, sin llegar a ninguna decisión. Por tanto, yo tomaré la decisión en este mismo momento. Quinto Secilio Metelo Pio Escipión Nasico -anunció, utilizando el incómodo nombre completo de Metelo Escipión-, tú ocuparás la tienda de mando como jefe supremo. Te designo por dos razones, ambas válidas conforme al mos maiorum. La primera es que eres un cónsul con imperium maius vigente, un imperium que, como bien sabes, Varo, está por encima de todos los demás. La segunda es que te llamas Escipión. Sea superstición o realidad, los soldados creen que Roma no puede conseguir una victoria en África sin un Escipión en la tienda de mando. Tentar ahora a la diosa Fortuna sería una estupidez. No obstante, Metelo Escipión, no eres mejor general que yo, así que no estorbarás a Tito Labieno en el campo de Batalla, ¿comprendido? Tu puesto es nominal, y únicamente nominal. Labieno tendrá el mando militar, con Afranio como su segundo.
– ¿Y yo? -preguntó Varo, boquiabierto-. ¿Dónde entro yo en tu magnífico plan, Catón?
Donde te corresponde por derecho, Publio Atio Varo. En la función de gobernador de esta provincia. Tu obligación es garantizar la paz, el orden y el buen gobierno, procurar que nuestro ejército esté adecuadamente aprovisionado, y actuar como enlace entre Roma y Numidia. Es evidente que mantienes excelentes relaciones con Juba y sus adláteres, así que sé útil en este terreno.
– ¡No tienes derecho! -gritó Varo con los puños apretados-. ¿Quién eres tú, Catón? Eres un ex pretor que no podría siquiera ser elegido cónsul, y poco más. De hecho, si no tuvieras una voz de trueno serías una nulidad absoluta.
– Eso no te lo discuto -contestó Catón, sin ofenderse.
– Yo sí te discuto a ti aún más que a Varo el derecho de decidir -gruñó Labieno enseñando los dientes-. Estoy cansado de hacer el trabajo militar sucio sin un paludamentum.