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El escarlata no le queda bien a tu color de piel, Labieno -dijo Sexto Pompeyo burlonamente -. Vamos, caballeros, Catón tiene toda la razón. Alguien ha de decidir, y lo admitáis o no Catón es la persona idónea porque él no desea la tienda de mando.

– Si no deseas la tienda de mando, Catón, ¿qué deseas? -quiso saber Varo.

– Ser prefecto de Utica -respondió Catón en un tono de voz moderado-. Es un trabajo que hago bien. No obstante, Varo, tendrás que encontrarme una casa adecuada. Mis aposentos de alquiler son demasiado pequeños.

Sexto lanzó un penetrante grito de entusiasmo y se echó a reír.

– ¡Bravo, Catón!

– Quin taces! -prorrumpió Lucio Manlio Torcuato, un seguidor de Varo-. ¡Cierra la boca, joven Pompeyo! ¿Quién eres tú para aplaudir las acciones del bisnieto de un esclavo?

– No le contestes, Sexto -aconsejó Catón entre dientes.

– ¿Qué ocurre? -preguntó Juba en griego-. ¿Está decidido?

– Todo está decidido, rey, excepto por lo que a ti atañe -respondió Catón en griego-. Tu función es proporcionar tropas de refuerzo a nuestro ejército, pero hasta que llegue César y puedas ser útil, te sugiero que regreses a tus dominios.

– Por un momento Juba guardó silencio, ladeando la cabeza para escuchar lo que Varo le susurraba.

– Apruebo tus disposiciones, Marco Catón, pero no la manera en que las has tomado -dijo finalmente con actitud muy regia-. Sin embargo, no regresaré a mi reino. Tengo un palacio en Cartago y allí residiré.

– Por lo que a mí respecta, rey, puedes quedarte donde te venga en gana, pero te lo advierto: ocúpate de tus asuntos numidios, no de los romanos -le advirtió Catón-. Infringe esta orden y te echaré.

Hosco y frustrado, truncada su autoridad, Publio Atio Varo llegó a la conclusión de que la mejor manera de tratar con Catón era concederle todo aquello que pidiera, y procurar no estar en la misma habitación que él. Así que Catón fue trasladado a una agradable residencia en la plaza principal, junto al puerto. El dueño de la casa, un plutócrata del grano que se hallaba ausente, se había pasado al bando de César y por tanto no estaba en condición de objetar. La morada incluía el servicio y un mayordomo adecuadamente llamado Prognantes, ya que era demasiado alto, tenía una mandíbula inferior gigantesca y la frente saliente. Catón contrató su propio personal de oficina (a expensas de Varo), pero aceptó los servicios del agente del dueño de la casa, un tal Butas, cuando Varo se lo envió.

Hecho esto, Catón convocó a los Trescientos. Formaban este grupo los comerciantes más poderosos de Utica, todos ellos romanos.

– Los que sois dueños de metalisterías dejaréis de hacer calderas, ollas, verjas y arados -anunció-. En adelante forjaréis espadas, dagas, las partes metálicas de las lanzas, yelmos y alguna clase de cota de malla. Yo, como ayudante del gobernador, compraré y pagaré todo lo que produzcáis. Los que os dedicáis a la construcción empezaréis a trabajar de inmediato edificando silos y nuevos almacenes: Utica va a garantizar el bienestar de nuestro ejército en todos los sentidos. Mamposteros, quiero que nuestras fortificaciones y murallas resistan un sitio más cruel que el que Escipión Emiliano infligió a la antigua Cartago. Los contratistas de los muelles se dedicarán solamente al suministro de aumento y material de guerra; queda prohibido malgastar el tiempo en perfumes, tintes, telas, muebles y demás. Será rechazado cualquier barco cuyo cargamento yo considere superfluo para el esfuerzo bélico, y, por último, se reclutará, adiestrará y armará debidamente a todos los hombres entre diecisiete y treinta años para formar una milicia ciudadana. Mi centurión, Lucio Gratidio, comenzará la instrucción en el paseo de Utica mañana al amanecer. -Recorrió con la mirada los atónitos semblantes-. ¿Alguna pregunta?

Puesto que al parecer no tenían ninguna, los despidió.

– Es evidente -dijo a Sexto Pompeyo (que había decidido no abandonar la compañía de Catón mientras César estuviera en otra parte)-, que, como la mayoría de las personas, agradecen una dirección firme.

– Es una lástima, pues, que sigas manteniendo que careces de talento para capitanear tropas -comentó Sexto con cierta tristeza-. Mi padre siempre decía que capitanear bien un ejército consistía principalmente en preparar la batalla, más que en la batalla en sí.

– Créeme, Sexto, soy incapaz de capitanear tropas -gruñó Catón-. Es un don especial de los dioses, pródigamente otorgado a hombres como Cayo Mario y César, que observan una situación y parecen comprender en un instante cuáles son los puntos débiles del enemigo, cómo les afectará el terreno, y dónde es más probable que flaqueen las tropas propias. Dame un buen legado y un buen centurión y haré lo que me ordenen, pero soy incapaz de pensar qué debo hacer.

– Tu conocimiento de ti mismo es inmisericorde -dijo Sexto. Se inclinó, con un brillo en los ojos de color avellana-. Pero dime, querido Catón, ¿poseo yo el don del mando? Mi corazón dice que sí, pero después de oír a todos esos necios alardear de un talento que el hombre más tonto del mundo puede ver que no poseen, ¿estoy acaso equivocado?

– No, Sexto, no estás equivocado. Sigue los dictados de tu corazón.

En el espacio de dos nundinae, en Utica empezó a reinar una nueva rutina más marcial, que al parecer todos acogieron con agrado. Pero en esa segunda nundinae se presentó Lucio Gratidio con cara de preocupación.

Tenemos un problema, Marco Catón -anunció.

– ¿Cuál?

– La moral no está ni mucho menos tan alta como debería: mis hombres jóvenes están alicaídos y dicen una y otra vez que este esfuerzo será inútil. Aunque no veo prueba alguna de que ello sea verdad, insisten en que Utica es secretamente partidaria de César, y que los cesáreos van a destruirlo todo. -Adoptó una expresión aún más sombría-. Hoy he averiguado que nuestro amigo numidio, el rey uba, está tan convencido de este absurdo que se propone atacar Utica y arrasarla como castigo. Pero sospecho que es el propio Juba el responsable de los rumores.

¡Ajá! -exclamó Catón, y se puso en pie-. Coincido plenamente contigo, Gratidio. Todo esto es una conspiración de Juba, no de unos inexistentes cesáreos. Está creando problemas para obligar a Metelo Escipión a darle un mando. Quiere imponerse a los romanos. ¡Muy bien, enseguida atajaré esas ambiciones! ¡Habrase visto tal desfachatez!

Catón salió malhumorado y se encaminó apresuradamente al palacio real de Cartago donde en otro tiempo el príncipe Gauda, un aspirante al trono numidio, había esperado lloriqueando mientras Yugurta combatía contra Cayo Mario. El edificio era mucho más suntuoso que el palacio del gobernador en Utica, advirtió Catón al salir de su carro tirado por dos mulas, con su toga praetexta de orla púrpura impecablemente plegada. Precedido por seis lictores vestidos con túnicas carmesí y llevando las hachas en sus fasces como muestra de su imperium, Catón se dirigió al pórtico, saludó con un gesto seco a la guardia y entró como si fuera el dueño del lugar.

Siempre da resultado, pensó: nada más ver a los lictores con las hachas y detrás de ellos al hombre con la toga orlada de púrpura, incluso las paredes de Ilión se desmoronarían.

El interior era espacioso y estaba vacío. Catón ordenó a los seis lictores que permanecieran en el vestíbulo y luego se adentró en las profundidades de una mansión concebida para envolver a sus moradores en un lujo que a él se le antojaba nauseabundo. No le preocupaba violar la intimidad de Juba; Juba había transgredido el mos maiorum de Roma, había cometido un delito.

La primera persona que Catón encontró fue el rey, tendido en un triclinio en una hermosa estancia con un borboteante surtidor y una gran ventana con vistas a un patio por la que entraba deliciosamente el sol a raudales. Frente a Juba desfilaba con gracia por el suelo de mosaico una procesión formada por unas dos docenas de mujeres ligeras de ropa.