– Eres muy generoso, muy generoso -dijo Antipater.
– Ah, pero hay condiciones. Tú e Hircán debéis conservar la paz en el sur de Siria, ¿queda claro? No quiero rebeliones ni aspirantes al trono. A mí me trae sin cuidado si queda alguien o no de la línea de Aristóbulo. Todos ellos han sido una molestia para Roma y una continua fuente de conflictos locales. Así pues, no ha de ser necesario que ningún gobernador de Siria marche en dirección a Jerusalén, ¿entendido?
– Entendido, César.
Ninguno de sus dos hijos, advirtió César, dejó traslucir expresión alguna en su rostro. Pensaran lo que pensaran, ni Fasael ni Herodes manifestarían nada en presencia de romanos.
Tiro, Sidón, Biblos y las restantes ciudades de Fenicia salieron peor libradas que Judea; y también Antioquía, cuando César llegó allí. Todas se habían puesto del lado de Pompeyo con entusiasmo, le habían proporcionado dinero y barcos. Por consiguiente, decidió César, cada una de ellas pagaría una multa equivalente al valor de lo que había proporcionado a Pompeyo, y a la vez daría a César lo mismo que había dado a Pompeyo. Para asegurarse de que se obedecían sus órdenes, dejó a su joven primo Sexto Julio César en Antioquía como gobernador provisional de Siria, cargo que el joven, nieto del tío de César, sintiéndose muy halagado, juró desempeñar magníficamente.
En cambio, Chipre ya no sería gobernada desde Siria. César mandó allí al joven Sextilio Rufo en calidad de cuestor, pero no exactamente para gobernar.
– De momento, Chipre no pagará ninguno de los impuestos y tributos romanos, y los productos de la tierra irán aparar a Egipto. La reina Cleopatra ha enviado un gobernador, Serapion. Tu trabajo, Rufo, consistirá en cerciorarte de que Serapion se comporta como es debido -indicó César-. Es decir, según los criterios de Roma, no de Egipto.
Que excluyera a Chipre del Imperio romano no gustó a Tiberio Claudio Nerón, a quien César encontró oculto en Antioquía, convencido aún de que no había hecho nada malo en Alejandría.
– ¿Significa eso que has asumido la responsabilidad de devolverle Chipre a la corona egipcia? -preguntó Nerón a César con incredulidad.
– Aunque así fuera, Nerón, ¿es acaso asunto tuyo? -preguntó César con suma frialdad-. Contén tu lengua.
Más tarde Sextilio Rufo dijo a Nerón:
– ¡Necio! César no está dando nada que pertenezca a Roma. Su única intención es permitir que la reina de Egipto explote la madera y el cobre de Chipre para reconstruir su ciudad y su flota, y obtenga grano para paliar el hambre. Si Cleopatra cree que Chipre vuelve a ser de Egipto, allá ella. César sabe bien cuál es la situación.
Y así, pues, partieron hacia Tarso a principios de quinctilis, tras un mes de viaje. Disciplinar a Siria había llevado su tiempo.
Gracias a Hapd'efan'e, César se encontraba bien. Había recuperado su peso normal y no padecía de mareos y náuseas. Había aprendido a tomarse cualquier zumo o brebaje que Hapd'efan'e le administrara a intervalos regulares durante el día, y toleraba la jarra de eso mismo que el médico colocaba junto a su lecho.
Hadp'efan'e estaba prosperando. Montaba un asno llamado Paser y transportaba su equipaje en otros tres llamados Pennut, H'eyna y Sut, cuyos cuévanos estaban repletos de ordenados y misteriosos fardos y paquetes. Aunque César había esperado que siguiera afeitándose la cabeza y vistiendo sus pulcras ropas de hilo blanco, el médicosacerdote no lo hizo así. Llamaba demasiado la atención, dijo cuando le preguntaron. Cha'em le había dado permiso para ataviarse como un griego y llevar el pelo corto como un romano. Si se detenían en cualquier población a pasar la noche; iba a explorar los puestos de hierbas de los mercados, o se sentaba a conversar con alguna repulsiva arpía ataviada con un collar de pieles de ratón y un cinto de rabos de perro.
César contaba con varios criados libertos para atenderle en sus necesidades personales; era muy exigente con la limpieza de sus prendas, hasta el punto de reclamar que a diario le cambiaran el forro interior de sus botas de marcha, y disponía de un sirviente encargado de depilarle, costumbre que seguía desde hacía tanto tiempo que ya apenas le crecía el vello. Como los criados sentían simpatía por Hapd'efan'e y aprobaban su incorporación al séquito, iban de un lado a otro buscando fruta para él, y se ocupaban de mondarla o exprimirla. Lo que no se le ocurrió pensar a César era que obraban así porque todos ellos sentían un gran aprecio por el propio César, y ahora Hapd'efan'e representaba el bienestar de César. Así pues, le enseñaron latín al inescrutable sacerdote, mejoraron su griego, e incluso disfrutaron de la presencia de aquellos ridículos asnos.
Desde Antioquía, los camellos fueron enviados a Damasco para ser vendidos. César era muy consciente de que se requeriría una gran cantidad de dinero para devolver la estabilidad a Roma; cualquier aportación servía, por pequeña que fuera, incluida la venta de camellos de primera calidad a los pueblos del desierto.
Una fuente de ingresos mucho mayor la encontró en Tiro, la capital mundial de la industria del tinte púrpura, y la que más tuvo que pagar de todas las ciudades sirias en concepto de reparaciones de guerra. Allí un grupo de jinetes se acercó a los romanos y entregó a César una caja de parte de Hircán, otra de parte de Antipater y una tercera de parte de Cipros. Cada una contenía una corona de oro, no una simple diadema de finísimo pan de oro, sino unos adornos extremadamente pesados que nadie podría haberse ceñido sin padecer un severo dolor de cabeza; tenían forma de guirnaldas de hojas de olivo. Pero las coronas que llegaron a continuación, regalo del rey de los partios, eran réplicas de la tiara oriental, un alto tocado en forma de cono truncado; incluso un elefante habría tenido problemas para llevarla, pensó César en broma. Después de eso, llegaron una tras otra las coronas de todos los soberanos de las satrapías situadas a las orillas del río Éufrates, incluso las más pequeñas. Sampsiceramo mandó una en forma de trenza de oro tachonada con magníficas perlas marinas. El pahlavi de Seleucia envió una de enormes esmeraldas talladas engastadas en oro. Si esto sigue así, pensó César alegremente, podré financiar esta guerra.
Así que cuando la Sexta, los germanos y César llegaron a Tarso, llevaban doce mulas cargadas de coronas.
Tarso parecía prosperar pese a la ausencia del gobernador Sextio y su cuestor Quinto Filipo. Cuando César vio la disposición del campamento de la llanura de Cydnus, quedó estupefacto por el talento de Bruto para la organización militar. El enigma se resolvió cuando entró en el palacio del gobernador y se encontró cara a cara frente a Cayo Casio Longino.
– Sé que no requieres mi intercesión, César, pero me gustaría de todos modos interceder ante ti en favor de Cayo Casio -dijo Bruto con aquella cara de perro apaleado que sólo él era capaz de poner-. Te ha traído una buena flota y su ayuda ha sido inestimable en la instrucción de los soldados. Entiende mucho más que yo en cuestiones militares.
¡Oh Bruto, pensó César suspirando; con tus filosofías y tus granos, tus tristezas y tus préstamos!
No recordaba haber conocido a Cayo Casio, a cuyo hermano mayor, Quinto, sí conocía bien desde la campaña contra Afranio y Petreyo en la Hispania Citerior; después de la cual lo había enviado a gobernar la Hispana Ulterior. Esto no significaba que no conociera a Cayo, sino simplemente que cuando César hizo su última y corta visita a Roma para enterarse del estado de cosas, Cayo Casio debía de ser un joven que empezaba su carrera de abogado en los tribunales de justicia, y por tanto apenas digno de consideración. Aunque César sí recordaba lo mucho que habían complacido a Servilia los esponsales de Cayo con Tertula. ¡Por todos los dioses, se dijo, este hombre es el marido de mi hija natural! Espero que la meta en cintura, Julia decía que Servilia la mimaba demasiado.