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Lo que no gustaba en Iconio era la llegada de ejércitos, pero eso fue lo que ocurrió a mediados de quinctilis: César apareció desde Tarso con tres legiones y su caballería germana; Calvino desde Pérgamo con cuatro buenas legiones romanas. El anormal número de caballos se debía al rey Dejotaro, que había cabalgado hasta allí desde su territorio con dos mil jinetes galacios. Correspondió a Calvino proporcionar alimento al ejército amalgamado, excepto a los galacios, que traían su propia comida.

Calvino traía muchas noticias.

– Cuando Farnaces llegó a Cimeria, Asander tuvo la inteligencia de adoptar tácticas fabianas -explicó, hablando con César en privado-. Por muy de cerca que su padre lo persiguiera, Asander siempre iba un paso por delante. Al final Farnaces desistió, volvió a cargar sus tropas a bordo de los barcos y surcó el Euxino hacia la pobre Amisus, que saqueó por segunda vez. Ha ido a desembarcar en Zela, una parte de Ponto que no conozco, salvo por el hecho de que está bastante lejos de la costa del Euxino cercana a Amaseia, en cuyas rocas están las tumbas de todos los reyes pónticos. Por lo que he oído, es un territorio mucho más amable que el que encontramos en Armenia Parva en diciembre y enero pasados.

Con la cabeza inclinada hacia un mapa dibujado y pintado sobre pergamino de Pérgamo, César trazó una ruta con un dedo.

– Zela, Zela, Zela… Sí, la tengo. -Frunció el entrecejo-. ¡Si tuviéramos unas buenas carreteras romanas! Tendrán que ser la mayor prioridad del próximo gobernador de Ponto. Me temo, Calvino, que deberemos rodear la orilla este del lago Tatta y cruzar el Halys para adentrarnos en las montañas. Necesitaremos buenos guías, lo cual significa, supongo, que tendré que perdonar a Dejotaro por donar a manos llenas dinero y hombres galacios a la campaña republicana.

Calvino sonrió.

– Ah, está aquí con el gorro frigio en la mano, muriéndose de miedo. En cuanto Mitrídates fue derrotado y Pompeyo Magno recorrió toda Anatolia repartiendo tierras, Dejotaro extendió su reino en todas direcciones, incluso a costa del viejo Ariobarzanes. Cuando Ariobarzanes murió y el nuevo soberano ocupó el trono de Capadocia (éste es un tal Filoromaios), apenas quedaba en solo territorio decente en Capadocia.

– Quizás eso explique el dinero que Capadocia debe a Bruto… Oh, ¿he dicho Bruto? Quería decir Matinio, claro está.

– No temas, Dejotaro también está metido hasta el cuello en deudas con Matinio, César. Magno siguió pidiendo dinero y dinero, ¿y de dónde iba a sacarlo Dejotaro?

– Respuesta: de un usurero romano -dijo César con exasperación-. ¿Es que nunca aprenderán? Lo apuestan todo a la posibilidad de obtener más tierras o descubrir una veta de oro puro de diez kilómetros.

– He oído que tú mismo estás nadando en oro… o como mínimo en coronas de oro -comentó Calvino.

– Así es. Hasta el momento calculo que, fundidas, darán unos cien talentos de oro, más el valor de las joyas que algunas contienen. ¡Esmeraldas, Calvino! Esmeraldas del tamaño del puño de un recién nacido. Ojalá me dieran simplemente lingotes. El trabajo de orfebrería de las coronas es exquisito, pero ¿quién va a querer comprar coronas de oro aparte de las personas que me las dieron? No me queda más opción que fundirlas. Es una lástima. Aunque espero vender las esmeraldas a Bogud, Bocus y quienquiera que herede el trono de Numidia tras la derrota de Juba-dijo César, tan práctico como siempre-.Las perlas no representan demasiado problema; puedo venderlas fácilmente en Roma.

– Espero que el barco no se hunda -comentó Calvino.

– ¿El barco? ¿Qué barco?

– El que llevará las coronas hasta el erario público.

Los dos enarcaron las cejas. Los ojos de César brillaron.

– Mi querido Calvino, no soy tan tonto como para eso. Por lo que he oído sobre la situación en Roma, aun suponiendo que el barco no se hunda, las coronas nunca llegarían a las arcas del Tesoro. No, las guardaré yo.

– Muy sensato -respondió Calvino. Antes ya habían hablado un rato de los informes acerca Roma llegados a Pérgamo.

Dejotaro tenía en efecto un gorro frigio, un tocado de tela con una punta redondeada que caía a un lado. No obstante, el suyo era de púrpura tirio con hilo de oro entretejido, y lo llevaba en la mano cuando César lo recibió. Con cierta malicia, César había dado un carácter relativamente público a la audiencia; no sólo estaba allí Cneo Domitio Calvino, sino también varios legados, incluidos Bruto y Casio. Veamos ahora cómo te comportas, Bruto. Aquí, ante César, se encuentra uno de tus principales deudores.

Dejotaro era ya un anciano, pero aún vigoroso. Al igual que su pueblo, era galo, descendiente de una migración gálica que llegó a Grecia hacía doscientos cincuenta años; desviados de su rumbo, la mayoría de los galos habían vuelto a casa, pero el pueblo de Dejotaro había seguido hacia el este y ocupado finalmente una parte de la Anatolia central donde el paisaje de ricos pastos se les antojó un sueño a esas gentes hechas a los caballos, que intuyeron un prometedor trabao para sus hábiles jinetes guerreros, el Grande subió al poder, comprendió Anatolia. Cuando Mitrídates el Grande subió al poder, comprendió de inmediato que los galacios tenían que marcharse, de modo que invitó a todos sus jefes a un banquete y los asesinó. Eso había ocurrido en la época de Cayo Mario, hacía sesenta años. Dejotaro había escapado a la matanza porque no tenía edad para acompañar a su padre al banquete, pero en cuanto llegó a la adultez, Mitrídates tuvo en él a un feroz enemigo. Dejotaro se alió con Sila, Lúculo y más tarde Pompeyo, siempre contra Mitrídates y Tigranes, y finalmente vio su sueño realizado cuando Pompeyo le cedió una vasta extensión de territorio y convenció al Senado (con la connivencia de César) para que le permitiera llamarse rey y considerara esas tierras de Galacia un reino subordinado.

Ni por un momento se le pasó por la cabeza que alguien pudiera derrotar a Pompeyo Magno; nadie se había esforzado tanto como Dejotaro para ayudar a Pompeyo. Ahora Dejotaro estaba allí, frente a aquel desconocido, el dictador Cayo Julio César, con el gorro en la mano y el corazón palpitándole con fuerza bajo las costillas. El hombre que vio era muy alto para un romano, y sus cabellos y ojos eran demasiado claros para un galo, pero sí eran romanas las facciones: la boca, la nariz, la forma de los ojos, la forma de la cara, los afilados pómulos. Era difícil de imaginar un hombre más distinto de Pompeyo Magno, y sin embargo también Pompeyo tenía el cabello rubio de un galo; quizá Dejotaro había tomado afecto a Pompeyo desde su primera reunión porque Pompeyo tenía el verdadero aspecto de un galo, incluido los rasgos faciales.

Si hubiera visto antes a este hombre, quizá me lo habría pensado dos veces antes de prestar tanta ayuda a Pompeyo Magno. César es tal como cuentan: lo bastante regio para ser un rey, y esos ojos fríos y penetrantes se clavan en un hombre hasta la médula. ¡Oh, Dann! ¡Oh, Dagda! ¡César tiene los ojos de Sila!

– César, te ruego misericordia -empezó a decir-. Sin duda comprendes que yo formaba parte de los voluntariamente sometidos a Pompeyo Magno. Fui en todo momento su súbdito más leal y obediente. Si lo ayudé, lo hice porque era mi obligación, no por razón personal alguna. De hecho, reunir dinero para su guerra me arruinó también a mí, y estoy endeudado con… -dirigió la mirada a Bruto y vaciló-, con ciertas firmas de prestamistas. Muy endeudado.