En honor de nuestro hijo, te mando con esta carta cinco mil talentos de oro.
Escríbeme, por favor. Te echo de menos, te echo de menos, te echo de menos. Sobre todo tus manos. Todos los días rezo por ti a Amón-Ra, y a Montu, dios de la guerra.
Te quiero, César.
Un hijo varón, aparentemente sano. César se siente absurdamente complacido para ser un anciano que debería acoger con alborozo el nacimiento de sus nietos. Pero Cleopatra le ha puesto al niño un nombre griego, Cesarión. Quizá sea mejor así. No es romano, ni podrá serlo nunca. Será el hombre más rico del mundo y un rey poderoso. ¡Pero la madre es una mujer inmadura! ¡Qué carta tan torpe, con tanta vanagloria! ¡Concederle terrenos para construir un palacio en el Capitolio, cerca del templo de Júpiter…! Incluso si fuera posible, ¡qué sacrilegio! Está resuelta a venir a Roma, y no aceptará un no por respuesta. Si es así, que lo haga, que lo haga bajo su propia responsabilidad.
César, eres demasiado duro con ella. Nadie puede actuar por encima de la capacidad de su mente y su talento, y ella tiene la sangre manchada, pese a que en el fondo sea una muchacha encantadora. Sus pecados son naturales en su entorno, sus errores no se deben tanto a la arrogancia como a la ignorancia. Me temo que jamás poseerá el don de la previsión, así que debo velar por que nuestro hijo sí lo tenga.
Pero respecto a un asunto César ha tomado una firme determinación: Cesarión nunca tendrá una hermana con quien casarse. César no volverá a fecundarla. Coitus interruptus, Cleopatra.
Se sentó a escribirle, con la atención puesta en parte en los sonidos que llegaban a sus aposentos: rumores de legiones levantando el campamento, relinchos de caballos, gritos y juramentos, los obscenos bramidos de Carpuleno a un desventurado soldado.
¡Qué buenas noticias, mi querida Cleopatra! Un hijo varón, tal como se había predicho. ¿Se atrevería Amón-Ra a defraudar a su hija en la Tierra? Me alegro muy sinceramente por ti y por Egipto.
El oro es bien recibido. Desde que salí de nuevo al ancho mundo, he comprendido mejor hasta qué punto está endeudada Roma. La guerra civil no proporciona botines, y la guerra sólo es beneficiosa si hay botín. Tu contribución en nombre de nuestro hijo no será malgastada.
Puesto que insistes en venir a Roma, no me opondré, pero sí te advertiré que no será lo que tú esperas. Dispondré que recibas unos terrenos al pie de la colina Janiculana, junto a mis propios jardines de recreo. Dile a Amonio que se dirija al agente Cayo Matio.
No soy famoso por mis cartas de amor. Simplemente te transmito mi afecto y te hago saber que estoy de verdad complacido contigo y con nuestro hijo. Volveré a escribirte cuando llegue a Bitinio. Cúidate y cuida de nuestro niño.
Y eso fue todo. César enrolló la hoja, dejó caer una gota de cera fundida sobre el extremo, y la selló con su anillo, uno nuevo que Cleopatra le había regalado no sólo por amor. Era también un reproche por su reticencia a hablar con ella de su pasado sentimental. La amatista labrada presenta una esfinge de forma griega, con cabeza humana y cuerpo de león, y en lugar del nombre completo abreviado, simplemente decía CÉSAR en letras mayúsculas invertidas. A él le encantaba. Cuando decidiera cuál de sus sobrinos o parientes cercanos sería su heredero adoptivo, el anillo pasaría a él junto con el nombre. Un grupo lamentable, por todos los dioses. ¿Lucio Pinario? Ni siquiera Quinto Pedio, el mejor de sus sobrinos, era precisamente maravilloso. Entre los primos, estaban el joven Sexto Julio César de Antioquía, Décimo Junio Bruto, y el hombre a quien casi toda Roma daba por heredero suyo, Marco Antonio. ¿Quién, quién, quién? Ya que no podía ser Tolomeo XV César.
Al salir le entregó la carta a Cayo Faberio.
– Envíasela a la reina Cleopatra a Alejandría -indicó lacónicamente.
Faberio se moría por saber si el niño había nacido ya, pero una ojeada al rostro de César lo disuadió de preguntar. El viejo estaba de mal humor, con pocas ganas de entrar en conversaciones sobre recién nacidos, aunque fuera el suyo.
El lago Tatta era una gran extensión de agua salobre y poco profunda. Al observar sus orillas hechas de sedimentos rocosos, César pensó que quizá fuera el vestigio de algún antiguo mar interior, ya que había conchas empotradas en la piedra blanda. Pese a su carácter desértico, la vista era de una asombrosa belleza; la espumosa superficie del lago despedía destellos verdes, amarillos y rojizos, que formaban entrelazadas cintas de color, y el seco paisaje reflejaba a lo largo y ancho de muchos kilómetros esos mismos tonos.
César, que nunca había estado en la Anatolia central, encontró el espectáculo extraño y magnífico. El río Halys, el gran cauce rojo que serpenteaba a lo largo de cientos de kilómetros como la vara lituus de un augur, corría por un estrecho valle entre altas montañas rojas cuyas torres y salientes recordaban a una alta ciudad. En otros tramos de su recorrido, le explicó el atento Dejotaro, el río atravesaba una ancha llanura de fértiles campos. Las montañas volvieron a aparecer, altas y aún nevadas, pero los guías galacios conocían todos los desfiladeros; el ejército avanzó por ellos, una tradicional serpiente romana de quince kilómetros de longitud, la caballería en los flancos, los soldados entonando sus himnos de marcha para mantener el paso.
Esto ya es otra cosa, pensó César. Un enemigo extranjero, una auténtica campaña en un territorio nuevo y desconocido de una belleza inquietante.
Y en aquel momento el rey Farnaces envió su propia corona de oro a César. Ésta se parecía a la tiara armenia más que a la partia: mitrada, no truncada y con rubíes redondos y en forma de estrella incrustados, todos exactamente del mismo tamaño.
– ¡Oh, si al menos supiera de alguien capaz de comprarla por lo que realmente vale! -exclamó César dirigiéndose a Calvino-. Resulta sobrecogedor fundir una cosa así.
– La necesidad ante todo -dijo Calvino con rotundidad-. En realidad, esos pequeños curbunculi alcanzarán un buen precio en cualquier joyería del Porticus Margaritaria, donde nunca he visto piedras en forma de estrellas. Esta corona tiene tantas piedras preciosas que el oro apenas se ve. Como una tarta recubierta de frutos secos.
– ¿Crees que nuestro amigo Farnaces empieza a preocuparse?
– Oh, sí. Su grado de preocupación se notará en la frecuencia con la que te manda una corona -respondió Calvino con una sonrisa.
Llegaron una cada tres días durante el siguiente nundinum, todas iguales en forma y contenido; por entonces César estaba a sólo cinco días de marcha del campamento cimerio.
Tras la tercera corona, Farnaces envió un embajador a César con una cuarta corona.
– Una muestra de respeto por parte del rey de reyes, gran César.
– ¿Rey de reyes? ¿Así es como se hace llamar Farnaces? -preguntó César, simulando asombro-. Dile a tu señor que es un título que sienta mal a quien lo lleva. El último rey de reyes fue Tigranes, y ya ves lo que hizo Roma con él por mediación de Cneo Pompeyo Magno. Y sin embargo yo derroté a Pompeyo Magno, así que, embajador, ¿en qué me convierte a mí eso?
– En un poderoso conquistador -respondió el embajador, tragando saliva. ¿Por qué los romanos no parecían poderosos conquistadores? Sin litera de oro, sin harén de esposas y concubinas, sin una guardia compuesta de selectos soldados, sin reluciente indumentaria. César vestía una sencilla coraza de acero con una cinta roja en torno a la parte inferior del pecho, y salvo por esa cinta, en nada se diferenciaba de la docena de hombres que lo rodeaban.
– Vuelve con tu rey, embajador, y dile que es hora de que se marche a su territorio -dijo César con tono pragmático-. Pero antes de irse, quiero suficientes lingotes de oro para pagar los daños causados en Ponto y Armenia Parva. Un millar de talentos por Amiso, tres mil por el resto de esos dos países. El oro se utilizará para reparar sus estragos, no os confundáis. No es para las arcas de Roma. -Hizo una pausa para volverse y mirar a Dejotaro. Educadamente prosiguió-: El rey Farnaces era cliente de Pompeyo Magno, y no cumplió honorablemente sus obligaciones como tal. Por tanto multo al rey Farnaces con dos mil talentos de oro por ese incumplimiento, y dicha suma sí irá a las arcas de Roma.