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Dejotaro enrojeció, balbuceó y se atragantó, pero no pronunció una sola palabra. ¿Acaso César no tenía ni un asomo de vergüenza? ¡Dispuesto a castigar a Galacia por cumplir sus obligaciones de subsidiario e igualmente dispuesto a castigar a Cimeria por incumplirlas!

– Si en el día de hoy no tengo noticias de tu rey, embajador, seguiré avanzando por este hermoso valle.

Ahogando la risa que le producía la escandalizada expresión de Dejotaro, Calvino dijo:

– No hay ni una décima parte de ese oro en toda Cimeria.

– Quizá te sorprendas, Cneo. No olvides que Cimeria era una parte importante del reino del antiguo rey, y amasó montañas de oro. No todo ese oro estaba en las setenta fortalezas que Pompeyo saqueó en Armenia Parva.

Dejotaro dijo en son de queja a Bruto:

– ¿Lo has oído? ¿Lo has oído? Un rey subordinado nunca acierta, elija el camino que elija. ¡Habrase visto desfachatez!

– Calma, calma -respondió Bruto en tono tranquilizador-. Así es como obtiene el dinero para financiar esta guerra. Lo que dice es cierto. Tuvo que recurrir a las arcas de Roma y eso ha de devolverse. -Bruto dirigió al rey de Galacia la mirada severa y admonitoria de un padre a un hijo travieso-. Y tú, Dejotaro, has de devolverme el dinero a mí. Espero que eso esté claro.

– Y yo espero que tú entiendas, Marco Bruto, que cuando César dice el diez por ciento a interés simple, es eso lo que quiere decir -replicó Dejotaro con tono hostil-. Eso es lo que estoy dispuesto a pagar si conservo mi reino, pero ni un solo sestercio más. ¿Quieres que entregue los libros de Matinius a los auditores de César? ¿Y cómo crees que vas a recaudar las deudas ahora que no puedes utilizar las legiones con ese fin? El mundo ha cambiado, Marco Bruto, y el hombre que dicta cómo ha de ser el nuevo mundo no siente simpatía por los usureros, ni siquiera por los de su propia clase. El diez por ciento a interés simple… si conservo mi reino. Y la conservación de mi reino quizá dependa de lo bien que tú y Cayo Casio aboguéis por mi causa en Nicomedia después de enfrentarnos con Farnaces.

César quedó sobrecogido al ver Zela. Una alta meseta rocosa, se alzaba en medio de una cuenca de ochenta kilómetros cubierta de trigo de primavera tan verde como las esmeraldas de la corona, rodeada por todas partes de altísimas montañas de color lila aún nevadas, con el río Scylax, una corriente ancha de color azul acero que serpenteaba de un extremo a otro de la llanura.

El campamento cimerio se hallaba al pie de la meseta, en lo alto de la cual Farnaces había instalado sus tiendas de mando y su harén; había disfrutado de una vista perfecta de la serpiente romana cuando ésta salió del paso norte, y envió entonces su tercera corona. El embajador regresó después de entregar a César la cuarta corona y transmitió su mensaje, pero Farnaces hizo caso omiso, convencido de que era invencible. Observó a César disponer sus legiones y su caballería en el interior de un campamento fortificado para pasar la noche, a menos de dos kilómetros de sus propias líneas.

Al amanecer Farnaces atacó en masa; como su padre y Tigranes antes que él, no podía creer que una fuerza muy reducida, por bien organizada que estuviera, fuera capaz de resistir la carga de cien mil guerreros. Las cosas le fueron mejor que a Pompeyo en Farsalia; sus huestes aguantaron cuatro horas antes de desintegrarse. Al igual que en los primeros momentos en la Galia Belga, los escitios se quedaron a luchar hasta la muerte, considerando una deshonra abandonar vivos un campo de batalla tras una derrota.

– Si los enemigos anatolios de Magno eran de este calibre -dijo César a Calvino, Pansa, Biniciano y Casio-, no se merece el nombre de «Magno». Vencerlos no es una gran gesta.

– Supongo que los galos eran adversarios infinitamente superiores -dijo Casio entre dientes.

– Lee mis comentarios -respondió César, sonriendo-. El valor no es la cuestión. Los galos poseían dos cualidades que los adversarios de hoy no tienen. En primer lugar, aprendieron de sus propios errores iniciales. Y en segundo lugar, poseían un inquebrantable patriotismo que sólo con grandes esfuerzos conseguí canalizar en forma de carreteras tan útiles para ellos como para Roma. Pero tú actuaste bien, Casio; dirigiste tu legión como un verdadero vir militaris. Tendré mucho trabajo para ti dentro de unos años, cuando vaya a enfrentarme con el reino de los partios y a recuperar nuestras águilas. Para entonces serás cónsul, y por tanto uno de mis principales legados. Tengo entendido que te gusta librar batallas tanto en tierra como en mar.

Esto debería haber entusiasmado a Casio, pero le encolerizó. Habla como si todo fuera una concesión personal suya, pensó. ¿Qué gloria podría representarme eso a mí?

El Gran Hombre se había apartado para inspeccionar el campo de batalla y dar instrucciones de que se cavaran enormes tumbas para enterrar a los escitios; los cadáveres eran demasiado numerosos para quemarlos, aun si en Zela hubiera habido bosques.

Farnaces había huido llevándose sus arcas hacia el norte y dejando allí muertas a las mujeres de su harén. Cuando César se enteró sólo le preocuparon las mujeres.

Donó el botín a sus legados, tribunos, centuriones, legiones y caballería, rehusando quedarse con el porcentaje correspondiente al general; él tenía ya sus coronas, y con eso le bastaba. Cuando concluyó la ceremonia del reparto del botín, los soldados de bajo rango eran diez mil sestercios más ricos, y los legados como Bruto y Casio habían amasado cien talentos por cabeza. Eso era lo que había quedado en el campamento cimerio, así que ¿quién sabía qué se había llevado Farnaces? No obstante, nadie recibió el dinero en mano; se trataba de un ejercicio contable realizado por representantes electos, ya que el botín en sí se mantenía intacto hasta ser exhibido en el desfile triunfal del general, tras lo cual se distribuía el dinero.

Dos días después, el ejército partió hacia Pérgamo, donde fue recibido con vítores y una lluvia de flores. La amenaza que representaba Farnaces había desaparecido, y la provincia de Asia podía dormir en paz. Pese a que habían pasado cuarenta y dos años, en la provincia nadie había olvidado las cien mil personas masacradas por Mitrídates el Grande en su invasión.

– Enviaré a la provincia de Asia un buen gobernador en cuanto regrese a Roma -dijo César a Arquelao, hijo de Mitrídates de Pérgamo, en una entrevista en privado-. Él sabrá lo que debe hacerse para devolver la prosperidad a la provincia. Los tiempos de los publicani han terminado para siempre. Cada distrito recaudará sus propios impuestos y los pagará directamente a Roma después de la moratoria tributaria de cinco años. Sin embargo, no es por eso por lo que quería verte. -César se inclinó y cruzó las manos sobre su escritorio-. Escribiré a tu padre a Alejandría, pero Pérgamo debería conocer desde ahora su destino. Me propongo trasladar la sede del gobernador a Éfeso; Pérgamo está demasiado al norte, demasiado lejos de todo. Así que Pérgamo se convertirá en el reino de Pérgamo, y será gobernada por tu padre como estado dependiente. No será un reino tan grande como el que el último atálida legó a Roma en su testamento, pero sí mayor de lo que es ahora. Estoy añadiendo la Galacia occidental a fin de que Pérgamo disponga de tierras suficientes para la labranza y el ganado. Tengo la impresión de que las provincias de Roma se están convirtiendo en cargas burocráticas para Roma, perpetuando los gastos adicionales de numerosos intermediarios y un papeleo superfluo. En cuanto encuentre una buena familia de ciudadanos locales competentes y aptos para administrar un estado "cliente" o subordinado, fundaré ese estado. Pagaréis impuestos y tributos a Roma, pero Roma no tendrá que molestarse en recaudarlos. -Se aclaró la garganta-. Hay un precio: conservar Pérgamo para Roma a toda costa y contra todo enemigo; continuar no sólo como súbditos personales de César, sino también súbditos personales del heredero de César; gobernar con sensatez y aumentar la prosperidad local para todos los ciudadanos, no sólo para las clases altas.