– No es probable que Terencia aplique el látigo a su propia espalda.
Conversaron durante un rato más sin centrarse en ningún tema en particular. César dio a Cicerón las noticias que tenía de los dos Quintos, sorprendido de que ninguno de los dos hubiera aparecido aún por Italia. Cicerón le contó que Ático y su esposa, Pilia, estaban muy bien, y que su hija crecía sobrecogedoramente deprisa. Pasaron a continuación a comentar cómo estaban las cosas en Roma, pero Cicerón era reacio a tratar de problemas de los que culpaba claramente a César.
– ¿Qué ha trastornado a Dolabela aparte de las deudas? -preguntó César.
– ¿Cómo voy a saberlo? Sólo sé que ha entablado relación con el hijo de Esopo, y ese sujeto es una pésima influencia.
– ¿El hijo de un actor trágico? Dolabela anda con compañías de bajo nivel.
– Esopo -respondió Cicerón con dignidad- es casualmente un buen amigo mío. La compañía de Dolabela no es de bajo nivel; es simplemente mala.
César desistió, regresó a su carro y partió hacia Roma.
Su primo y buen amigo Lucio Julio César se reunió con él en la villa de Filipo, cerca de Miseno, a corta distancia de Roma. Siete años mayor que César, Lucio se parecía mucho a él en las facciones y en la complexión, pero tenía los ojos de un azul más suave, más amable.
– Ya sabrás, claro está, que Dolabela lleva todo el año alborotando para conseguir una condonación general de las deudas, y que un par de tribunos de la Asamblea de la Plebe muy capacitados se han opuesto a él con tesón -dijo Lucio con tono interrogativo cuando se sentaron para hablar.
– Lo sé desde que salí de Egipto. Se trata de Asinio Polio y Lucio Trebelio, dos de mis hombres.
– ¡Dos excelentes hombres! Aunque se juegan la vida, siguen vetando la propuesta de Dolabela en la Asamblea de la Plebe. Dolabela pensó acobardarlos haciendo resurgir las bandas callejeras de Publio Clodio, añadió unos cuantos ex gladiadores y empezó a aterrorizar al Foro. Polio y Trebelio ni se inmutaron y continúan vetándolo.
– ¿Y tu sobrino y primo mío, Marco Antonio, mi Maestro del Caballo? -preguntó César.
– Antonio es un descontrolado, Cayo. Indolente, voraz, grosero, lascivo, y para colmo borracho.
– Conozco bien su historia, Lucio. Pero pensaba, viendo su buen comportamiento durante la guerra contra Magno, que había madurado y abandonado sus malos hábitos.
– ¡Nunca abandonará sus malos hábitos! -replicó Lucio-. La reacción de Antonio ante la creciente violencia de Roma fue dejar la ciudad y marcharse a cualquier otra parte para… ¿cómo decía?… «supervisar ciertos asuntos en Italia». Su idea de supervisión consiste en literas llenas de queridas, carretas llenas de vino, una cuádriga tirada por cuatro leones, un séquito de enanos, cómicos de la legua, magos y bailarinas, y una orquesta de flautistas y tamborileros tracios… Se cree un nuevo Dioniso.
– ¡El muy necio! Se lo advertí -comentó César en voz baja.
– Si se lo advertiste, no te prestó la menor atención. A finales de marzo llegó la noticia desde Capua de que las legiones allí acampadas estaban inquietas, así que Antonio partió con su circo hacia Capua, donde, por lo que sé, sigue con las legiones seis meses después. En cuanto él se marchó de Roma, Dolabela incrementó la violencia. Entonces Polio y Trebelio enviaron a Publio Sila y al sencillo Valerio Mesala a entrevistarse contigo. ¿Los has visto?
– No. Continúa, Lucio.
– Las cosas empeoraron gradualmente. Hace dos nundinae el Senado promulgó su Senatus consultum Ultimum y ordenó a Antonio que arreglara la situación en Roma. Tardó en hacer algo, pero cuando actuó, lo que hizo fue inefable. Cuatro días atrás llevó a la Décima legión directamente desde Capua hasta el Foro y ordenó a los soldados que atacaran a los alborotadores. Desenvainaron las espadas y se abrieron paso a través de aquellos hombres armados sólo con porras. Murieron ochocientos de ellos. Dolabela interrumpió sus maquinaciones de inmediato, pero Antonio hizo caso omiso. Dejó el Foro ensangrentado y mandó a varios hombres de la Décima a rodear a un pequeño grupo que, según él, formaban los cabecillas. ¿Quién le había dado tal información? No tengo ni idea. Eran unos cincuenta en total, incluidos veinte ciudadanos romanos. Hizo azotar y decapitar a los no ciudadanos y despeñó a los ciudadanos desde la Roca Tarpeya. Luego, habiendo añadido esos cadáveres a su escabechina, Antonio se volvió con la Décima a Capua.
César estaba pálido y tenía los puños apretados.
– No sabía nada de todo eso -admitió.
– Estoy seguro de que no lo sabías, pese a que las noticias han corrido por todo el país. Pero ¿quién, sino yo, informaría de ello al dictador César?
– ¿Dónde está Dolabela?
– Sigue en Roma, pero mantiene una actitud discreta.
– ¿Y Antonio?
– Sigue en Capua. Sostiene que las legiones están al borde del motín.
– ¿Y el gobierno, aparte de Polio y Trebelio?
– No existe. Has estado fuera demasiado tiempo, Cayo, y apenas pasaste por Roma antes de marcharte. ¡Dieciocho meses! Mientras Vatia Isaurico fue cónsul las cosas funcionaron bastante bien, pero éste no era un buen año para dejar a Roma sin cónsules ni pretores, y así te lo digo a las claras. Ni Vatia ni Lepido tienen autoridad, y este último es débil en las negociaciones. Los conflictos empezaron en el momento mismo en que Antonio trajo las legiones de Macedonia.
Él y Dolabela, que antes eran tan buenos amigos, parecen resueltos a arrasar Roma tan a conciencia que ni siquiera tú podrías recoger los pedazos… Y si tú no puedes recoger los pedazos, Cayo, los dos lucharán hasta el final para decidir quién de ellos es el próximo dictador.
– ¿Ésas son sus intenciones? -preguntó César.
Lucio César se puso en pie y se paseó por la habitación con una expresión muy grave.
– ¿Por qué has pasado fuera tanto tiempo, primo? -preguntó, dándose de pronto la vuelta para mirar cara a cara a César que seguía sentado-. Has hecho un disparate. ¡Retozar en los brazos de una vampiresa oriental, navegar por los ríos, concentrar tu atención en el lado equivocado del Mare Nostrum! Cayo, hace un año que murió Magno. ¿Dónde has estado? Tu sitio está en Roma.
Nadie más podría haberle dicho aquello, como César bien sabía. Sin duda Vatia, Lepido, Filipo, Polio, Trebelio y cuantos se habían quedado en Roma habían dejado deliberadamente la misión en manos del único hombre a quien César no replicaría. Su amigo y aliado durante muchos años, Lucio Julio César, consular, augur mayor, el más leal legado de la guerra gálica. Así que le escuchó cortésmente hasta que Lucio César terminó su discurso, y entonces alzó las manos en un gesto defensivo.
– Ni siquiera yo puedo estar en dos lugares al mismo tiempo -dijo, manteniendo un tono de voz ecuánime y objetivo-. Claro que sabía todo el trabajo que tenía pendiente en Roma, y claro que era consciente de que Roma era lo primero. Pero me encontraba ante una disyuntiva, Lucio, y aún creo que me decanté por la opción correcta. O bien dejaba el lado oriental del Mare Nostrum para que se convirtiera en un nido de intrigas, resistencia republicana, conquistas bárbaras y absoluta anarquía, o me quedaba allí y ponía las cosas en orden. Porque casualmente los conflictos se desencadenaron cuando yo estaba allí, de modo que decidí quedarme en Oriente, convencido de que Roma sobreviviría hasta mi llegada. Ahora mi error me parece evidente: deposité demasiada confianza en Marco Antonio. Y lo más exasperante, Lucio, es que puede ser muy competente. ¡Cúanto daño les hizo Julia Antonia a esos tres muchachos entre sus migrañas y sus vahos, sus desastrosas elecciones de marido, su incapacidad para mantener un hogar romano como es debido! Como tú dices, Marco es un descontrolado, un borracho y un lascivo, Cayo es tan inepto que podría pasar por un deficiente mental, y Lucio es tan astuto que nunca deja que su mano izquierda sepa lo que hace su mano derecha.