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Las miradas de los cuatro ojos azules se cruzaron. ¡La familia, la maldición de todo hombre!

– Sin embargo, ahora estoy aquí, Lucio. Esto no volverá a ocurrir. Y no es demasiado tarde. Si Antonio y Dolabela tienen intención de luchar por la dictadura por encima de mi cadáver, se encontrarán con lo que no esperan. El dictador César no va a tener para ellos la gentileza de morirse.

– Comprendo tu punto de vista respecto a Oriente -dijo Lucio, un poco más tranquilo-, pero no te dejes engatusar por Antonio, Cayo. Sientes debilidad por él, pero esta vez ha ido demasiado lejos. -Frunció el entrecejo-. Sucede algo extraño con las legiones, y presiento que mi sobrino está detrás de ello. No permite que nadie se acerque a esos militares.

– ¿Acaso tienen motivos para el descontento? Cicerón me insinuó que no han cobrado.

– Supongo que sí han cobrado, porque me consta que Antonio se llevó plata de las arcas para acuñar moneda. ¿Quizás estén aburridos? Son tus veteranos de la Galia. También están con ellos los veteranos de la campaña de Pompeyo Magno en Hispana -dijo Lucio César-. La inactividad no puede complacerles.

– Tendrán trabajo de sobra en la provincia de África en cuanto yo me haya ocupado de Roma -contestó César, que se puso en pie-. Partimos hacia Roma ahora mismo, Lucio. Quiero entrar en el Foro al rayar el alba.

– Una cosa más, Cayo -dijo Lucio cuando salían-. Antonio se ha trasladado al palacio de Pompeyo Magno en las Carinas.

César se detuvo en seco.

– ¿Con permiso de quién?

– El suyo propio, como Maestro del Caballo. Afirmó que su antigua casa era demasiado pequeña para sus necesidades.

– Vaya, vaya -comentó César, echando a andar de nuevo-. ¿Qué edad tiene?

– Treinta y seis.

– Edad suficiente para ser más sensato.

Cada vez que César regresa a Roma, ésta presenta un aspecto de mayor abandono. ¿Se debe ello a que César visita otras muchas ciudades, ciudades planificadas y construidas por griegos que con su avanzada concepción de la arquitectura no temen arrasar edificios antiguos en nombre del progreso? Como los romanos reverencian la antigüedad y a los antepasados, no se atreven a derruir un edificio público simplemente porque no cumple ya su función. Pese a sus grandes dimensiones, la pobre Roma no es una dama encantadora. Su cogollo está en el fondo de una húmeda hondonada que en justicia debería desaguar en los pantanos de las Palus Cerollas, pero no lo hace porque el borde rocoso de la Velia separa Esquilina de Palatina, de modo que el cogollo es casi una ciénaga. Si la Cloaca Máxima no pasara justo debajo sería sin duda un lago. La pintura de los edificios se desconcha por todas partes, los templos del Capitolio están sucios, incluso el de Júpiter Óptimus Máximus. En cuanto a Juno Moneta, ¿cuántos siglos hace que no se restaura? Los vapores procedentes de la acuñación de moneda en el sótano están causando estragos. Nada está bien planificado ni trazado; la ciudad es una vieja maraña. Por más que César intenta mejorarla con sus propios proyectos financiados con capital privado. Lo cierto es que Roma está exhausta a causa de décadas de guerra civil. No puede seguir así; esto ha de acabar.

César no tuvo tiempo de fijar la mirada en las obras públicas que había iniciado siete años atrás: el Foro julio, contiguo al Foro romano; la Basílica Julia, en el Foro romano inferior, donde estaban antes las dos antiguas basílicas Opimia y Sempronia; la nueva Curia para el Senado; las oficinas del Senado.

No, estaba demasiado ocupado contemplando los cadáveres descompuestos, las estatuas caídas, los altares destrozados, las hornacinas profanadas. El Ficus Ruminalis presentaba marcas e indicios de violencia; otros dos árboles sagrados tenían partidas las ramas inferiores, y las aguas del estanque de Curtio estaban teñidas de sangre. Más arriba, en el primer tramo de la subida al Capitolio, las puertas del Tabulario de Sila estaban abiertas de par en par, y a su alrededor había fragmentos de piedra.

– ¿Antonio no se planteó siquiera limpiar todo esto? -preguntó César.

– En absoluto -dijo Lucio.

– Ni él ni nadie más, por lo visto.

– La gente corriente tiene demasiado miedo para aventurarse a venir aquí, y el Senado no quería que los esclavos públicos retiraran los cadáveres hasta que los parientes tuvieran ocasión de reclamarlos -explicó Lucio con tristeza-. Es un síntoma más de la ausencia de gobierno, Cayo. ¿Quién asume las responsabilidades cuando no hay praetor urbanus ni ediles?

César se volvió hacia su principal secretario, que con el semblante pálido se tapaba la nariz con un pañuelo.

– Faberio, ve al puerto de Roma y ofrece mil sestercios a cualquier hombre dispuesto a transportar en carreta los cadáveres en descomposición -ordenó lacónicamente-. Quiero que al anochecer no quede aquí ni un solo cuerpo, y todos deben trasladarse a los pozos de cal del Campo Esquilino. Aunque sus asesinatos no tienen justificación, eran alborotadores y descontentos. Si sus familias aún no los han reclamado, lo lamento.

Faberio se apresuró a cumplir la orden, deseando con desesperación estar en otra parte.

– Coponio, busca al supervisor de los esclavos públicos y dile que mañana quiero todo el Foro lavado a fondo -ordenó César a otro secretario; resopló por la nariz con un gesto de asco-. Éste es un sacrilegio de la peor especie; no tiene sentido.

Pasó entre el templo de la Concordia y el viejo Senáculo, y se agachó para examinar los fragmentos esparcidos alrededor de las puertas del Tabularlo.

– ¡Bárbaros! -gruñó-. ¡Por compasión, fíjate en esto! Algunas de nuestras leyes más antiguas grabadas en piedra, rotas en piezas tan pequeñas como las de un mosaico. Y eso es lo que tendremos que hacer: contratar a expertos en el arte del mosaico para recomponer las tablas. Antonio se arrepentirá de esto. ¿Dónde está?

– Aquí viene uno que quizá pueda contestar esta pregunta -dijo Lucio, observando acercarse a un individuo robusto vestido con una toga orlada de púrpura.

– ¡Vatia! -exclamó César, tendiendo la mano derecha.

Publio Servilio Vatia Isaurico descendía de una gran familia plebeya ennoblecida, y era hijo del más fiel seguidor de Sila; el padre había prosperado durante el mandato de Sila, y fue tan astuto que consiguió seguir prosperando después de su caída. Aún vivía, retirado en una villa campestre. El hecho de que el hijo eligiera seguir a César era un misterio para aquellos que juzgaban a los nobles romanos según las inclinaciones políticas de sus familias; la rama de los Servilio Vatia era en extremo conservadora, como lo había sido Sila. No obstante, este Vatia en particular tenía una vena de jugador; se había encaprichado de César, el caballo peor situado en la carrera hacia el poder, y era lo bastante sagaz para saber que César no era un demagogo ni un aventurero político.

Con una mirada chispeante en los ojos grises y una sonrisa en el rostro enjuto, Vatia cogió la mano de César entre las suyas y la estrechó con fervor.

– Gracias a los dioses porque has vuelto.

– Ven, pasea con nosotros. ¿Dónde están Polio y Trebelio?

– Vienen hacia aquí. No te esperábamos tan pronto.

– ¿Y Marco Antonio?

– Está en Capua, pero nos comunicó que vendría a Roma.

Terminaron su recorrido ante las macizas puertas de bronce junto al altísimo podio del templo de Saturno, donde se encontraba el Tesoro público. Tras mucho llamar, por fin una hoja de la puerta se abrió un poco y por el resquicio asomó la cara asustada de Marco Cuspio, tribunus aerarius.

– ¿Atiendes en persona a los que llaman, Cuspio? -preguntó César.

– ¡César! -La puerta se abrió de par en par-. ¡Pasa, pasa!

– No entiendo por qué tenías tanto miedo, Cuspio -dijo César mientras avanzaba por el pasillo escasamente iluminado que llevaba a las oficinas-. Esto está tan vacío como un intestino después de un enema. -Con expresión ceñuda, asomó la cabeza a una pequeña habitación-. Han desaparecido incluso las mil seiscientas libras de laserpicium. ¿Quién ha aplicado la lavativa?