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Y eso acordaron. Antonio partió hacia Capua para cumplir sus legítimas obligaciones como Maestro del Caballo, y entretanto Dolabela causó estragos en el Foro romano. Trebelio y Polio fueron agredidos físicamente por las bandas, maltratados brutalmente, apaleados sin piedad; pero, al igual que otros tribunos de la Asamblea de la Plebe hicieron antes que ellos, se negaron a dejarse intimidar. Cada vez que Dolabela convocaba un contio en la Asamblea de la Plebe, Polio y Trebelio estaban allí para acogerse a su derecho al veto; claro que acudían cubiertos de vendas y con los ojos morados, pero eran ovacionados. A los asiduos del Foro les entusiasmaba la valentía, y las bandas no se componían de asiduos al Foro.

Por desgracia para Dolabela, no podía permitir que sus muchachos mataran -o ni siquiera medio mataran- a Polio y Trebelio, que eran hombres de César, y César regresaría. Él tampoco apoyaría una condonación general de las deudas. Polio en particular contaba con el afecto de César; estaba presente cuando el viejo cruzó el Rubicón, y en esos momentos se dedicaba a escribir una historia de los últimos veinte años. Lo que Dolabela no había previsto era el belicoso resurgimiento del Senado, no lo bastante nutrido de asistentes en esos tiempos para formar quórum. Consciente de ello, Dolabela había excluido por completo de sus cálculos al principal organismo de gobierno. ¿Y qué hizo entonces Vatia Isaurico? Convocó una sesión del Senado y lo obligó a aprobar el Senatus consultum Ultimum, una medida comparable a la ley marcial. Se ordenó nada menos a Marco Antonio que pusiera fin a la violencia en el Foro. Tras esperar en vano seis meses la condonación general de deudas, Antonio estaba harto. Sin molestarse a advertir a Dolabela, entró en el Foro con la Décima y arremetió contra las bandas… y contra los desdichados asiduos del Foro atrapados allí en medio. Dolabela ignoraba quiénes eran los hombres ejecutados por Marco Antonio, y sólo podía suponer que Antonio -como sería muy propio de él- simplemente había atrapado a los primeros cincuenta que vio en los callejones del Velabrum. Dolabela siempre había sabido que Antonio era un carnicero, pero que nunca implicaría a uno de su propia clase e inclinaciones.

Ahora César había vuelto a Roma. Publio Cornelio Dolabela se vio convocado a la presencia del dictador en la Domus Publica.

Como pontífice máximo, César estaba autorizado a vivir en el edificio público más parecido a un palacio que tenía Roma. Mejorado y ampliado primero por Ahenobarbo y luego por César, era una enorme residencia ubicada en el centro mismo del Foro y presentaba una peculiar dicotomía: en un lado vivían las seis Vírgenes Vestales, en el otro el pontífice máximo. Uno de los deberes del sumo sacerdote de Roma era supervisar las Vestales, que no llevaban una vida de claustro, pero cuyos hímenes intactos representaban el bienestar público de Roma, o de hecho la suerte de Roma. Investidas a los seis o siete años de edad, servían durante treinta años y luego quedaban en libertad para reintegrarse a la comunidad e incluso casarse si así lo deseaban, como había hecho Fabia con Dolabela. Sus deberes religiosos no eran grandes, pero también tenían bajo su custodia los testamentos de los ciudadanos romanos, y en el momento en que César regresó a Roma eso implicaba que guardaban alrededor de tres millones de documentos, todos minuciosamente archivados, numerados y clasificados, ya que incluso los ciudadanos romanos más pobres tendían a hacer testamento y a dejarlo en manos de las Vestales fuera cual fuera su lugar de residencia. En cuanto una Vestal cogía el testamento de alguien se sabía que era sacrosanto, que nadie lo leería hasta que se presentara una prueba de la muerte del testador y,Ipareciera la persona indicada para autentificarlo.

Así pues, cuando Dolabela se presentó en la Domus Publica, no se dirigió al lado de las Vestales, ni a la entrada principal ornada con el nuevo frontón encargado por César (la Domus Publica era un templo inaugurado), sino a la puerta privada del pontífice máximo.

Todos los empleados de la época de la ínsula de Aurelia en Subura habían muerto, incluidos Borbundo y su esposa, Cardixa, pero los hijos de éstos aún administraban las muchas propiedades de César. El tercero de esos hijos, Cayo julio Trogo, estaba en las oficinas de la Domus Publica, y dejó pasar a Dolabela con una ligera reverencia. Dolabela, un hombre alto, no estaba acostumbrado a que alguien le hiciera sentir pequeño, pero al lado de Trogo parecía un enano.

César se hallaba en su estudio, ataviado con sus magníficas galas pontificales, un detalle significativo, según supo Dolabela sin comprender la razón. Tanto la toga como la túnica eran de bandas púrpura y carmesí; en aquella sala, bien iluminada gracias a una ventana y numerosas lámparas, las suntuosas vestiduras reproducían los colores de la decoración, ya que muebles y paredes eran de tonos carmesí y púrpura, con dorados en las molduras de escayola del techo.

– Siéntate -le indicó César con brusquedad, dejando caer el pergamino que estaba leyendo para mirar fijamente a los ojos de Dolabela, fríos, penetrantes, no del todo humanos-. ¿Qué tienes que decir en tu defensa, Publio Cornelio Dolabela?

– Que las cosas se nos han escapado de las manos?respondió Dolabela con franqueza.

– Reclutaste bandas para aterrorizar a la ciudad.

– ¡No, no! -aseguró Dolabela, mirándolo con los ojos muy abiertos y expresión inocente-, De verdad, César, las bandas no fueron cosa mía. Yo simplemente presenté un proyecto de ley para la condonación general de las deudas, y al hacerlo, descubrí que la mayoría de los romanos estaban tan endeudados que se volcaron con desesperación en apoyo al proyecto. Mi propuesta cobró impulso del mismo modo que una bola de nieve rodando pendiente abajo por el Clivus Victoriae.

– Si no hubieras presentado ese irresponsable proyecto de ley,

Publio Dolabela, no habría habido bola de nieve -replicó de mal humor-. ¿Tan grandes son tus propias deudas?

– Sí.

– De modo queda medida era en esencia egoísta.

– Supongo que sí. Sí.

– ¿No se te ocurrió pensar, Publio Dolabela, que los dos miembros de tu colegio tribunicio que se opusieron a la medida no estaban dispuestos a permitirte legislar?

– Sí, sí, claro.

– ¿Cuál era, pues, tu deber como tribuno? Dolabela lo miró con cara de incomprensión.

– ¿Mi deber como tribuno?

– Comprendo que tu origen patricio te impide entender bien los asuntos plebeyos, Publio Dolabela, pero tienes cierta experiencia política. Debiste de saber cuál era tu deber en cuanto Cayo Polio y Lucio Trebelio se obstinaron en vetar esa ley.

– Yo… no.

César, sin parpadear, mantenía los ojos fijos en Dolabela como dos dolorosos taladros.

– Y la persistencia, Publio Dolabela, es una virtud admirable, pero tiene un límite. Si dos de los miembros de tu colegio ejercen el veto en todos tus contio durante tres meses, el mensaje está claro. Debes retirar la ley propuesta porque se considera inaceptable. Tú en cambio has perseverado durante diez meses. De nada sirve que ahora te quedes ahí sentado como un niño arrepentido, seas o no responsable de la organización de bandas callejeras al estilo del viejo Clodio, no tuviste el menor escrúpulo en aprovecharte de ellas, llegando al punto de quedarte de brazos cruzados mientras agredían físicamente a dos hombres que están protegidos por los antiguos principios plebeyos de la inviolabilidad y la sacrosantidad. Marco Antonio arrojó de lo alto de la Roca Tarpeya a veinte ciudadanos afines a ti, pero ninguno de ellos era ni remotamente tan culpable como tú, Publio Dolabela. En justicia debería ordenar que éste fuera también tu destino. Y así, de hecho, debería haber obrado Marco Antonio, que tenía que saber quién era el responsable. Tú y mi Maestro del Caballo habéis sido uña y carne durante veinte años.