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Y si eso daba resultado, como era obvio que así era, ¿por qué no lo contrario? Coger del censo por cabezas a romanos demasiado pobres para pertenecer a una de las cinco clases, y embarcarlos para que se establecieran en lugares extranjeros: llevar Roma alas provincias, sustituir el griego por el latín como lingua mundi. El viejo Cayo Mario había intentado hacerlo, pero eso iba contra el mos maiorum, echaba a perder la exclusividad romana. Bueno, desde entonces habían transcurrido sesenta años, y las cosas habían cambiado. Mario acabó perdiendo el juicio, se convirtió en un loco asesino. En cambio, César tenía una mente cada vez más aguda, y César era el dictador: no había nadie que lo contradijera, y menos ahora que los boni no eran una fuerza política.

Lo primero y más importante era zanjar la cuestión de la deuda. Eso debía tener prioridad sobre las visitas a viejos amigos y la sesión del Senado, que aún no había convocado. Cuatro días después de entrar en Roma reunió la Asamblea Popular, los comitia que permitían la asistencia de patricios y plebeyos. El Pozo de los Comitia, unas gradas en la parte inferior del Foro, solía ser el lugar donde se celebraban muchas asambleas, pero en esos momentos lo estaban demoliendo para construir la nueva Cámara del Senado de César, así que César convocó la reunión en el templo de Cástor y Pólux.

Aunque su tono de voz normal era grAve, César adoptaba un registro más alto cuando hablaba en público, para que todos lo oyeran. Lucio César, que de pie junto a Vatia Isaurico, Lepido, Hirtio, Filipo, Lucio Piso, Vatinio, Fufio Caleno, Polio y el resto de los servidores de César estaba en la primera fila de la numerosa multitud, se asombró de nuevo ante el dominio que su primo tenía sobre las masas. Siempre había poseído ese don, y los años no habían mermado su aptitud. De hecho, la habían mejorado. La autocracia se le da bien, pensó Lucio. Conoce su poder, y sin embargo no se deja embriagar por él, ni se enamora de él, ni está tentado de ponerlo a prueba para ver hasta dónde puede llegar.

No habría condonación general de las deudas, anunció César con un acento que no admitía disputa.

– ¿Cómo puede César condonar las deudas? -preguntó con las manos abiertas en un gesto irónico-. Ante vosotros tenéis al más gran deudor de Roma. Sí, yo tomé dinero prestado del erario, una gran suma. Ha de devolverse, quirites, ha de devolverse al nuevo tipo uniforme de interés que he impuesto a todos los préstamos: el diez por ciento simple. Y tampoco aceptaré objeciones a eso. Pensad. Si el dinero que tomé prestado no se devuelve, ¿de dónde saldrá el dinero para subvencionar el grano?, ¿el dinero para restaurar el Foro?, ¿el dinero para financiar las legiones de Roma?, ¿el dinero para construir carreteras, puentes y acueductos?, ¿el dinero para pagar a los esclavos públicos?, ¿el dinero para construir más graneros?, ¿el dinero para financiar los juegos?, ¿el dinero para añadir un nuevo depósito a la Esquilina?

La multitud permanecía atenta y en silencio, no tan decepcionada o furiosa como habría estado si la introducción hubiera sido distinta.

– Si se condonan las deudas, César no tiene que devolver a Roma ni un solo sestercio. Puede sentarse con los pies en la mesa y exhalar un suspiro de satisfacción; no necesita derramar una sola lágrima porque el erario esté vacío. No debe dinero a Roma, su deuda se ha condonado junto con todas las deudas. No, eso no podemos aceptarlo, ¿no es así? ¡Es absurdo! Y por tanto, quirites, porque César es un hombre honrado que cree que las deudas deben pagarse, debe decir "no" a una condonación general.

Muy astuto, pensó Lucio César, divirtiéndose.

César prosiguió diciendo que, sin embargo, promulgaría una medida paliativa. Comprendía que corrían tiempos difíciles. Los caseros romanos tendrían que aceptar una reducción de dos mil sestercios al año en el alquiler, los caseros del resto de Italia una reducción de seiscientos. Más tarde anunciaría otras medidas paliativas y para las deudas más grandes negociaría un acuerdo que resultara beneficioso para ambas partes. Para eso debían mantenerse pacientes durante un poco más de tiempo, porque se requería tiempo para dictar unas medidas que fueran absolutamente justas e imparciales.

A continuación anunció la nueva política fiscal, que tampoco entraría en vigor inmediatamente, teniendo en cuenta el papeleo que generaba. Es decir, el Estado pediría prestado dinero a particulares y empresas, y a otras ciudades y distritos de toda Italia y del mundo romano. Se les preguntaría a los reyes subordinados si deseaban convertirse en acreedores de Roma. El interés se pagaría al tipo corriente del diez por ciento simple. La res publica, dijo César, no se financiaría con los escasos impuestos que Roma cobraba: los aranceles aduaneros, los derechos de la liberación de los esclavos, los ingresos de las provincias, la parte del Estado en el botín de guerra, y eso era todo. No habría impuesto sobre las rentas, ni impuestos sobre las personas, ni impuestos sobre las propiedades, ni impuestos a la banca… ¿De dónde procedería pues el dinero? La respuesta de César fue que el Estado pediría prestado en lugar de instituir nuevos impuestos. Los ciudadanos más pobres se convertirían en acreedores de Roma. ¿Cuál era la garantía? La propia Roma. La mayor nación sobre la faz de la tierra, rica y poderosa, no susceptible de quiebra.

No obstante, advirtió, los petimetres y las lánguidas señoras que se paseaban en literas de púrpura tirio tachonadas con perlas marinas tenían los días contados, porque sí había un impuesto que se proponía establecer. La púrpura tiria no estaría libre de impuestos, los banquetes desorbitantemente caros no estarían libres de impuestos, el laserpicium que aliviaba los síntomas de los excesos en el comer y beber no estaría libre de impuestos.

Para concluir, dijo amigablemente, no se le escapaba el hecho de que existían muchos bienes raíces cuyos propietarios eran en la actualidad nefas, personas excluidas de Roma y la ciudadanía por delitos contra el Estado. Esos bienes se subastarían justamente y las ganancias resultantes se ingresarían en el erario, que había aumentado un poco gracias a la donación de cinco mil talentos de oro de la reina Cleopatra de Egipto y dos mil talentos de oro del rey Asander de Cimeria.

– No instituiré proscripciones -exclamó-. Ningún ciudadano en particular se beneficiará de los desdichados que perdieron su derecho a llamarse ciudadanos romanos. No venderé la manumisión de esclavos a cambio de información, no ofreceré recompensa a cambio de información. Ya sé todo lo que necesito saber. Los comerciantes de Roma son la causa del bienestar de la nación, y es a ellos a quienes acudo en busca de ayuda para curar estas terribles heridas. -Alzó las dos manos por encima de la cabeza-. ¡Larga vida al Senado y el Pueblo de Roma! ¡Larga vida a Roma!

Un excelente discurso, claro y sencillo, despojado de recursos retóricos. Surtió efecto; la muchedumbre se marchó con la sensación de que Roma estaba en manos de alguien que la ayudaría verdaderamente sin derramar más sangre. Al fin y al cabo, César estaba aún ausente cuando se produjo la masacre en el Foro; si hubiera estado allí, no habría ocurrido. Pues, entre las muchas cosas que dijo, pidió disculpas por la matanza del Foro y aseguró que los responsables recibirían su castigo.

– Es escurridizo como una anguila-dijo Cayo Casio a su suegra, enseñando los dientes.

– Mi querido Casio, César tiene más inteligencia en un solo dedo que el resto de los romanos nobles juntos -contestó Servilia-. Aunque la compañía de César no te enseñe más que eso, no perderás nada. ¿Cuánto en efectivo puedes conseguir?