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Él parpadeó.

– Unos doscientos talentos.

– ¿Has tocado la dote de Tertula?

– No, claro que no -dijo indignado-. Su dinero es suyo.

– Eso no ha sido impedimento para muchos maridos.

– Para mí, sí.

– Bueno. Le diré que convierta sus bienes en dinero contante.

– ¿Qué te propones exactamente, Servilia?

– Sin duda ya lo has adivinado. César se dispone a subastar algunas de las mejores propiedades de Italia: mansiones en Roma, villas en el campo y en la costa, fincas, probablemente una o dos piscifactorías. Tengo intención de comprar, y te sugiero que hagas lo mismo -explicó ella con un asomo de satisfacción en la voz-. Aunque creo a César cuando dice que no pretende que ni él ni sus adláteres saquen ganancia, las subastas se realizarán siguiendo el ejemplo de Sila; sólo hay determinada cantidad de dinero disponible para comprar. Las propiedades más interesantes se venderán primero, y obtendrán por ellas su valor real. Después de la primera media docena, los precios caerán y al final las propiedades más corrientes se saldarán por casi nada. Entonces compraré.

Casio, sonrojándose, se puso en pie de un salto.

– Servilia, ¿cómo puedes decir eso? ¿Crees que me aprovecharía de las desgracias de hombres a quienes he tratado, en cuyo bando he combatido, con quienes he compartido ideales? ¡Por todos los dioses!

¡Antes prefiero la muerte!

– Gerrae -contestó ella plácidamente-. ¡Siéntate! La ética es sin duda una magnífica abstracción, pero lo sensato es afrontar el hecho de que alguien va a beneficiarse. Si te sirve de consuelo, compra una parcela de las tierras de Catón y piensa que eres mejor custodio que una de las sanguijuelas de César… o de Antonio. ¿Sería acaso mejor que un Cótila o un Fonteyo o un Poplicola sea propietario de las encantadoras haciendas de Catón en Lucania?

– Eso es un sofisma -masculló Casio, calmándose.

– Es simple sentido común.

Entró el mayordomo y saludó con una reverencia.

– Domina, el dictador César quiere verte.

– Hazlo pasar, Epafrodito.

Casio volvió a levantarse.

– Ahora sí me marcho.

Antes de que ella pudiera pronunciar una sola palabra, él se escabulló del salón en dirección a la cocina.

– Mi querido César -dijo Servilia, alzando la cara para que él la besara.

César correspondió con un casto saludo y tomó asiento frente a ella, mirándola con expresión burlona.

Más vieja que él, rondaba ya los sesenta, y los años empezaban por fin anotarse. La belleza de su cabellera no se transmitía a su corazón, reflexionó, y eso nunca cambiaría. Ahora, sin embargo, dos anchos mechones blancos hendían su mata de cabello negro como el hollín y le conferían una especial malignidad bastante afín a su espíritu. Las arpías y las veneficae tienen un pelo así, pero ella ha conseguido el triunfo definitivo de combinar la maldad con la buena presencia. Su cintura había aumentado y sus pechos en otro tiempo adorables estaban ceñidos con implacable severidad, pero no había engordado lo suficiente para que desaparecieran las nítidas líneas de su mandíbula o hinchar la ligera concavidad del lado derecho de su cara provocada por el debilitamiento de sus músculos. Tenía el mentón afilado, la boca pequeña, carnosa y enigmática, la nariz demasiado corta para el ideal de belleza romana, y ancha en la punta, un defecto que todo el mundo había olvidado gracias a los labios y los ojos, éstos muy separados, oscuros como una noche sin luna, de mirada severa, fuerte e inteligente. Tenía la piel blanca, las manos estilizadas y elegantes, los dedos largos y las uñas arregladas.

– ¿Cómo estás? -preguntó César.

– Estaré mejor cuando Bruto vuelva a casa.

– Conociendo a Bruto, imagino que estará pasándoselo muy bien en Samos con Servio Sulpicio. Le prometí un sacerdocio, así que está ocupado aprendiendo de una autoridad reconocida.

– ¡Qué necio es! -gruñó ella-. Tú eres la autoridad reconocida, César. Naturalmente, no estaba dispuesto a aprender de ti.

– ¿Por qué iba a estarlo? Le rompí el corazón al arrebatarle a Julia.

– Mi hijo es un pusilánime -repuso Servilia-. Ni siquiera atándose el palo de una escoba al espinazo conseguiría permanecer erguido con la espalda bien recta. -Se mordisqueó el labio inferior con sus diminutos y blancos dientes y miró de soslayo a su visitante-. Supongo que sus granos no han mejorado.

– No, no han mejorado.

– Tampoco él, adivino por tu tono.

– Lo infravaloras, querida. En Bruto hay algo de gato, mucho de hurón e incluso un poco de zorro.

Servilia agitó las manos, irritada.

– ¡No hablemos de él! ¿Cómo es Egipto? -preguntó con amabilidad.

– Un lugar muy interesante.

– ¿Y su reina?

– En cuanto a belleza, Servilia, no podría hacerte sombra. A decir verdad, es flaca, menuda y fea. -Una sonrisa misteriosa apareció en su rostro-. Sin embargo es fascinante. Su voz es pura música, tiene los ojos de una leona, una vasta cultura y un intelecto por encima de la media para una mujer. Habla ocho idiomas…, bueno, ahora nueve, porque le enseñé latín. Amo, amas, amat.

– ¡Qué parangón!

– Quizá tú misma tengas ocasión de conocerla un día de estos. Vendrá a Roma cuando yo acabe mi labor en la provincia de África. Tenemos un hijo.

– Sí, he oído decir que por fin has engendrado un varón. ¿Será tu heredero? -No digas estupideces, Servilia. Se llama Tolomeo César y será faraón de Egipto. Un gran destino para un no romano, ¿no crees?

– Sin duda. ¿Y quién será, pues, tu heredero? ¿Esperas tener uno de Calpurnia?

– A estas alturas, lo dudo.

– Su padre volvió a casarse recientemente.

– ¿ Sí? Apenas he hablado con Piso aún.

– ¿Es Marco Antonio tu heredero? -insistió ella.

– Hoy por hoy no tengo heredero. Aún no he hecho testamento. -Sus ojos resplandecieron-. ¿Cómo está Pontio Aquila? -Todavía es mi amante.

– Estupendo. -César se puso en pie y le besó la mano-. En cuanto a Bruto, no desesperes. Puede que algún día te sorprenda.

Un contacto menos que renovar, ya había visto a uno de ia sus viejos conocidos. ¿Piso se ha casado otra vez? Interesante. Calpurnia no me dijo nada de ello. Tan callada y tranquila como siempre. Me gusta hacer el amor con ella, pero no la fecundaré. ¿Cuánto tiempo me queda? Si Cathbad tiene razón, no un tiempo suficiente para la paternidad.

Dedicó los días a hablar con plutócratas, con banqueros, con Marco Antonio, los pagadores de las legiones, con los principales hacendados y con muchos otros, y las noches al papeleo y las cuentas con su ábaco de marfil, por consiguiente, ¿qué tiempo podía quedarle para compromisos sociales? Ahora que Marco Antonio había devuelto la plata, el erario estaba razonablemente provisto teniendo en cuenta los dos años de guerra, pero César sabía que aún le quedaban cosas por hacer, y una de las tareas pendientes iba a representar un inmenso coste: tendría que encontrar financiación para pagar un buen precio por miles y miles de iugera de buena tierra, tierra en la que pudieran establecerse los veteranos de treinta legiones. Aquellos años en que se despojaba de tierras públicas a pueblos y ciudades rebeldes prácticamente habían pasado. Los terrenos serían caros, ya que los legionarios eran de Italia o de la Galia Cisalpina y esperaban retirarse a diez iugera de suelo itálico, no en el extranjero.

Cayo Mario, el que primero colocó a las legiones romanas en el censo por cabezas, cuyos miembros no podían poseer tierras, había soñado con enviarlos a las provincias al licenciarlos, para que propagaran allí las costumbres romanas y la lengua latina. Incluso había iniciado esa labor en la gran isla de Cercina situada en el golfo adyacente a la provincia de África. El padre de César había sido su principal agente en esa operación y pasó mucho tiempo en Cercina. Pero tras la locura de Mario aquello quedó en nada debido a la implacable oposición del Senado. Así pues, a menos que cambiaran las circunstancias, las tierras de César tendrían que estar en Italia o en la Galia Cisalpina, los bienes raíces más caros del mundo.