¡Quién tuviera esa mata de pelo! La calvicie no le cuadra a un hombre con el apellido César. Cayo Octavio no se quedará calvo, ha heredado el cabello de su padre. Fuimos muy buenos amigos, su padre y yo. Nos conocimos en el sitio de Mitilene y nos enfrentamos junto a Filipo al despreciable Bibulo. Así que me complació que Octavio se casara con mi sobrina, de ascendencia latina, antigua y sólida, y además muy rica. Pero Octavio murió prematuramente y Filipo ocupó su lugar en la vida de Atia. Interesante, lo ocurrido con los jóvenes tribunos militares de Lúculo. ¿Quién habría pensado que Filipo acabaría estando donde estaba?
– ¿Qué te propones, Cayo? -preguntó Lucio en un susurro cuando César situó al muchacho entre ellos.
Una pregunta que su anfitrión pasó por alto, demasiado ocupado asegurándose de que Atia estaba cómoda en su silla frente a él. Y que Calpurnia no cometía el error de sentar a Marcia y sentarse ella misma demasiado cerca de Lucio Piso, cuyas pobladas cejas negras se juntaban en lo alto de la nariz en una mueca de disgusto por tener que compartir aquella excelente cena con la esposa de Catón precisamente. Uno o dos hábiles malabarismos con las sillas, y Marcia se acomodó entre Atia y Calpurnia, mientras que Piso tuvo ante sí blancos no más vulnerables que la Priscila de Matio, Pompeya Sila, tan hermosa como necia, y su propia esposa Rutilia. Esta Rutilia, observó César, era una muchacha de expresión agria, no mayor de dieciocho años, con el cabello castaño claro y la piel pecosa de su familia, dientes de conejo, y el vientre abultado en un incipiente embarazo. Piso tendría por fin un hijo.
– ¿Cuándo te propones partir hacia África? -preguntó Vatinio. -En cuanto reúna naves suficientes.
– ¿Soy legado para esta campaña?
– No, Vatinio -dijo César, haciendo una mueca de asco ante el pescado y optando por un trozo de pan-, te quedarás en Roma como cónsul.
La conversación se interrumpió. Todas la miradas convergieron en César primero y luego en Publio Vatinio, que estaba sentado con la espalda erguida, sin saber qué decir.
Ese subordinado de César era un hombre diminuto de piernas endebles y con un gran bulto en la frente que en otro tiempo había sido causa de que lo rechazaran como augur. Gracias a su ingenio, su alegre talante y una gran inteligencia, se había granjeado el afecto de quienes se relacionaban con él en el Foro, el Senado o los tribunales, y pese a sus defectos físicos, Vatinio había demostrado ser tan buen militar como político. Enviado en auxilio de Gabinio en el sitio de Salona en Ilírico, él y su legado, Quinto Cornificio, no sólo habían tomado la ciudad sino que luego aplastaron a las tribus de Ilírico antes de que éstas se aliaran con Burebistas y las tribus de la cuenca del Danubio y se convirtieran en un estorbo mayor que Farnaces para Roma y para César.
– No es un gran consulado, Vatinio -prosiguió César-, ya que ocuparás el cargo sólo lo que queda del año. En circunstancias normales no me habría molestado en nombrar cónsules hasta Año Nuevo, pero hay razones por las que necesito dos cónsules en activo de inmediato.
– César, de buena gana sería cónsul durante dos nundinae, y no digamos ya dos meses -consiguió decir Vatinio-. ¿Convocarás unas elecciones como es debido o simplemente me nombrarás a mí y a…?
– Quinto Fufio Caleno -dijo César amablemente-. Sí, convocaré unas elecciones como es debido. Nada más lej os de mi intención que alterar a algunos de los senadores que aún espero ganar para mi causa.
– ¿Serán unas elecciones al estilo de Sila, o permitirás que se presenten otros aparte de Vatinio y Caleno? -preguntó Piso con expresión ceñuda.
– Me es indiferente si se presentan sólo ellos o media Roma, Piso. Yo indicaré… esto… mis preferencias personales, y dejaré la decisión a las centurias.
Nadie hizo comentarios a ese respecto. En la actual situación de Roma, y después de aquel maravilloso discurso sobre la deuda, los comerciantes de las dieciocho centurias principales de buena gana elegirían a un simio si César lo designaba.
– ¿Por qué es tan necesario tener cónsules en activo para lo que queda de año cuando tú estás en Roma, César? -preguntó Vatia Isaurico.
César cambió de tema.
– Cayo Matio, he de pedirte un favor-dijo.
– Lo que quieras, Cayo, ya lo sabes -contestó Matio, un hombre apacible sin aspiraciones políticas; sus negocios habían prosperado gracias a su vieja amistad con César, y a él con eso le bastaba.
– Sé que el agente de la reina Cleopatra, Amunio, se dirigió a ti y obtuvo una concesión de terrenos para el palacio de Cleopatra junto a mis jardines bajo el Janículo. ¿Estarías dispuesto a darle a esos jardines tu toque personal? Estoy convencido de que más adelante la reina donará el palacio a Roma.
Matio sabía de sobra que eso haría Cleopatra, ya que la propiedad estaba a nombre de César, como él había ordenado.
– Ayudaré encantado, César.
– ¿Es la reina tan hermosa como Fulvia? -preguntó Pompeya Sila, consciente de que ella misma era más bella que Fulvia.
– No -respondió César dando a entender con su tono que daba por zanjado el tema. Se volvió hacia Filipo-. Tu hijo menor es un joven muy capaz.
– Me complace que sea de tu agrado, César.
– Quiero que Cilicia sea gobernada como parte de la provincia de Asia durante uno o dos años. Si no te importa que él se quede en Oriente una temporada más, Filipo, me gustaría dejarlo en Tarso como gobernador propretor.
– ¡Excelente! -exclamó Filipo, radiante.
Los ojos de César se posaron en el hijo mayor, que tenía ya más de treinta años, era muy apuesto, tenía el mismo talento que Quinto, según se decía, y sin embargo permanecía siempre en Roma dejando pasar sus oportunidades sin tener la excusa del epicureísmo de su padre. En ese momento César descubrió de pronto la razón: Lucio tenía la mirada fija en Atia, una mirada de amor desesperado. Pero esa mirada pasaba inadvertida porque obviamente no era un sentimiento correspondido. Atia estaba tranquilamente sentada, sonriendo de vez en cuando a su marido como hacen las mujeres cuando están plenamente satisfechas de su suerte conyugal. Mmm, un trasfondo conflictivo en la familia de Filipo. César desvió su atención de Atia y la centró en el joven Octavio, que hasta ese momento no había hecho un solo comentario, no por timidez sino porque era consciente de su juventud. El muchacho observaba a su hermanastro con total comprensión pero con rígido disgusto y desaprobación.
– ¿Quién va a gobernar la provincia de Asia junto con Cilicia? -quiso saber Piso, una pregunta cargada de significado.
Desea el puesto con desesperación, y es un buen hombre en muchos sentidos, pero…
– Vatia, ¿irás tú? -propuso César.
Vatia Isaurico reaccionó primero con perplejidad y luego con gran entusiasmo.
– Sería un honor, César.
– Bien, en ese caso el puesto es tuyo. -Observó a Piso que se sentía humillado-. Piso, también tengo un trabajo para ti, pero en Roma. Todavía intento poner en orden la legislación referente al alivio de la deuda, pero no la habré completado ni remotamente antes de marcharme a África. Considerando tu habilidad en la redacción de textos públicos, me gustaría colaborar contigo en el asunto y después dejarlo en tus manos en cuanto me vaya. -Guardó silencio por un momento y siguió hablando con total seriedad-. Uno de los aspectos menos equitativos del gobierno de Roma tiene que ver con el pago de servicios realizados. ¿Por qué un hombre ha de verse obligado a amasar su fortuna gobernando una provincia? Eso ha provocado asombrosos abusos, y yo me encargaré de poner fin a esa situación. ¿Por qué no ha de recibir un hombre el mismo estipendio que un gobernador por la labor que hace en la propia Roma, un trabajo de igual importancia? Mi propósito es pagarte un estipendio de gobernador proconsular por terminar las leyes que redacte en borrador.