Estaban decididos a verte, así que no les gustó mucho saber que estabas demasiado ocupado en Roma para venir a Campania. Inmediatamente después, la Décima y la Duodécima se descontrolaron, y empezaron a saquear todas las aldeas de los alrededores de Abella, donde están acampadas.
César, no puedo contenerlos más. Te sugiero que vengas personalmente. O si realmente te es imposible, manda a alguien importante para entrevistarse con ellos. Alguien a quien conozcan y en quien confíen.
Ya se ha desencadenado, y es demasiado pronto. Oh, Antonio, ¿nunca aprenderás a ser paciente? Tienes ya mucha experiencia en esto, y sin embargo acabas de cometer una torpeza: has revelado tu falta de sinceridad. El único aspecto inteligente, que es actuar ahora en lugar de dejarlo para más tarde, se debe simplemente a tu impaciencia. No, como bien sabes, no puedo abandonar Roma. Pero no por las razones que tú piensas. No me atrevo a dejar Roma hasta que se celebren las elecciones, ésa es la verdadera razón. ¿Lo has adivinado? No lo creo, por más que actúes ahora. No eres lo bastante sutil.
Utiliza la táctica de la demora, César, pospón tu intervención hasta después de las elecciones, sin tener en cuenta a quién tengas que sacrificar.
Hizo llamar a su militar más leal y competente, Publio Cornelio Sila, sobrino de Sila.
– ¿Por qué no envías a Lepido? -preguntó Sila.
– No posee influencia suficiente con los veteranos más antiguos como los hombres de la Décima y la Duodécima -respondió César lacónicamente-. Es mejor mandar a un hombre a quien conocen de Farsalia. Explícales que tengo previsto su reparto de tierras, Publio, pero que la legislación referente a las deudas tiene prioridad.
– ¿Quieres que lleve los carromatos con la paga, César?
– Creo que no. Tengo mis razones. La situación está a punto de desbordarse; un bálsamo como la paga podría aplacar las cosas antes de tiempo. Simplemente haz lo que puedas con los escasos argumentos que te he proporcionado -dijo César.
Publió Sila regresó cuatro días después, con cortes y moretones en la cara y los brazos.
– Me lanzaron piedras -gruñó, tenso de ira-. ¡César, hazlos morder el polvo!
– Quienes quiero que muerdan el polvo son aquellos que están cebando su indignación -respondió César con actitud sombría-. Sospecho que esos hombres están ociosos y ebrios casi permanentemente, Tampoco se ha mantenido la disciplina. Eso significa que los taberneros les han dado mucho crédito, y los centuriones y tribunos están aún más borrachos que la tropa. Pese a su continua presencia en Campana desde hace muchos meses, Antonio ha permitido que esto ocurra. ¿Quién, si no, puede haber avalado tal cantidad de vino a crédito?
Publio Sila lanzó de pronto una mirada de comprensión a César, pero guardó silencio.
A continuación César hizo llamar a Cayo Salustio Crispo, un brillante orador.
– Elige a otros dos senadores, Salustio, e intenta que los cunni entren en razón. En cuanto pasen las elecciones iré a verlos en persona. Basta con que mantengas la situación bajo control hasta que yo llegue.
La Asamblea Centuriada se reunió por fin en el Campo de Marte para votar a dos cónsules y ocho pretores; nadie se sorprendió cuando Quinto Fufio Caleno salió elegido cónsul mayor y Publio Vatinio cónsul menor. También fueron votados todos los candidatos a pretor a quienes César recomendó personalmente.
Eso había quedado resuelto. Ya podía ocuparse de las legiones… y de Marco Antonio.
Dos días más tarde, poco después del amanecer, Marco Antonio entró en Roma a caballo. Sus jinetes germanos escoltaban una litera sostenida entre un par de mulas. En ella viajaba Salustio, gravemente herido.
Antonio estaba nervioso y crispado. Ahora que llegaba su gran momento, dudaba cómo debía comportarse exactamente durante su entrevista con César. Eso era lo malo de tratar con alguien que le había dado una patada en el culo cuando tenía doce años y, metafóricamente, había seguido dándoselas desde entonces. Ponerse en una situación de ventaja era difícil.
Así que optó por una actitud agresiva. Dejó a Poplicola y Cotila fuera sujetando su Caballo Público, irrumpió en la Domus Publica y fue derecho al estudio de César.
– Vienen hacia Roma -anunció al entrar. César dejó su vaso de vinagre y agua caliente.
– ¿Quiénes?
– La Décima y la Duodécima.
– No te sientes, Antonio. Estás dando un parte. Permanece de pie ante mi mesa e informa a tu comandante. ¿Por qué vienen hacia Roma dos de mis legiones más veteranas?
El pañuelo del cuello no le cubría una porción de piel donde empezó a hincársele la cadena de oro de la capa de leopardo; Antonio alzó una mano y tiró del pañuelo escarlata, advirtiendo que tenía el cuerpo cubierto de sudor frío.
– Se han amotinado, César.
– ¿Qué ha pasado con Salustio y sus acompañantes?
– Lo intentaron, César, pero…
– En algunas ocasiones, Antonio, te he visto capaz de hablar con fluidez -dijo César con voz cada vez más gélida-. Mejor será que ésta sea una de esas ocasiones, por tu propio bien. Dime qué ha pasado, por favor.
Ese «por favor» era lo peor. ¡Concéntrate, concéntrate!
– Cayo Salustio convocó a asamblea a la Décima y a la Duodécima. Llegaron de muy mal talante. Él empezó a decir que todos cobrarían antes de embarcarse hacia África y que el asunto de las tierras se estaba considerando, pero Cayo Avieno intervino…
– ¿Cayo Avieno? -preguntó César-. ¿Un tribuno no electo de los soldados de Piceno? ¿Ese Avieno?
– Sí, es uno de los representantes de la Décima.
– ¿Qué tenía que decir Avieno?
– Dijo a Salustio y a los otros dos que las legiones estaban hartas, que no estaban dispuestas a combatir en otra campaña. Querían la baja del servicio y las tierras de inmediato. Salustio contestó que tú les darías una gratificación de cuatro mil si subían a los barcos…
– Eso fue un error -le interrumpió César, frunciendo el entrecejo-. Sigue.
Sintiéndose más seguro, Antonio continuó:
– Algunos de los más exaltados apartaron a Avieno y empezaron a lanzar piedras. Rocas, de hecho. Al cabo de un instante era una verdadera lluvia. Conseguí rescatar a Salustio, pero los otros dos están muertos.
César se recostó en su silla, consternado.
– ¿Dos de mis senadores, muertos? ¿Quiénes eran?
– No lo sé -contestó Antonio, sudando de nuevo. Desesperadamente buscó una disculpa y adujo con precipitación-: Verás, no he asistido a ninguna sesión del Senado desde mi regreso. Las responsabilidades como Maestro del Caballo me han tenido muy ocupado.
– Si rescataste a Salustio, ¿por qué no está ahora aquí contigo?
– No está en condiciones, César, lo he traído a Roma en una litera. Tiene una grave herida en la cabeza, pero no está paralizado ni tiene ataques ni ningún otro síntoma anormal. Los médicos del ejército dicen que se recuperará.
– Antonio, ¿por qué has dejado que las cosas lleguen a este punto? He pensado que debía preguntártelo, darte la oportunidad de explicarte.
Antonio abrió de par en par sus ojos de color castaño rojizo.
– ¡La culpa no es mía, César! Los veteranos volvieron a Italia tan descontentos que no he podido apaciguarlos de ninguna manera. Están muy ofendidos porque tú dejaste todo el trabajo en Anatolia a las legiones ex republicanas, y no aprueban el hecho de que les entregues tierras al retirarse.
– Y dime: ¿qué crees que intentarán la Décima y la Duodécima cuando lleguen a Roma?