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– ¡Este hombre es extraordinario! -comentó Vatinio a Caleno con un suspiro-. ¿Cómo ha podido pensar Antonio que los soldados de César iban a tocarle un solo pelo de la cabeza?

Caleno sonrió.

– Creo que Antonio estaba seguro de haber ganado el afecto de sus hombres. Ya sabes cómo era Antonio en la Galia, Polio -dijo-, siempre jactándose de que heredaría las legiones de César cuando el viejo se retirara. Durante un año les ha estado pagando la bebida y dejándolos disfrutar a sus anchas, que es lo que él entiende por felicidad, olvidando que estos hombres han marchado de buena gana a través de más de un metro y medio de nieve durante días interminables sólo por complacer a César, y, por supuesto, nunca lo han abandonado en el campo de batalla por difícil que se pusiera el combate.

– Antonio pensaba que había llegado su hora-dijo Polio, encogiéndose de hombros-, pero César lo ha engañado. Me pregunto por qué el viejo estaba tan decidido a celebrar las elecciones, y por qué no visitó Campania para aplacar a los hombres. Él iba tras Antonio, y sabía lo lejos que tenía que llegar para hacerlo caer. Lo siento por César; es una situación triste, se mire por donde se mire. Espero que haya aprendido la verdadera lección de todo esto.

– ¿Cuál es la verdadera lección? -preguntó Vatinio.

– Que ni siquiera un César puede dejar ociosas a las tropas veteranas durante tanto tiempo. Sí, Antonio los incitó, pero también otros lo intentaron. Siempre hay descontentos y pendencieros por naturaleza en cualquier ejército. La ociosidad les proporciona un terreno fértil para medrar -contestó Polio.

– Nunca los perdonaré -dijo César a Lucio César con las mejillas encendidas.

Lucio se estremeció.

– Pero los has perdonado.

– Por el bien de Roma, he obrado con prudencia. Pero te juro, Lucio, que todos los hombres de la Décima y la Duodécima pagarán por este motín. Primero la Novena, ahora dos más. ¡La Décima! Los llevé desde Pomptino hasta Genava; siempre habían sido mis hombres. De momento los necesito, pero sus propias acciones me han revelado qué debo hacer: debo introducir a uno o dos agentes de con fianza entre la tropa para anotar los nombres de los cabecillas en esta clase de actos. Se ha sentado un mal precedente: algunos de ellos habrán llegado a la conclusión de que los soldados de Roma tienen su propio poder.

– Al menos, ahora ha terminado.

– Ah, no. Aún habrá más -afirmó César con certeza-. Puede que haya extraído los colmillos de Antonio, pero aún acechan unas cuantas serpientes entre las legiones.

– En cuanto a Antonio, he oído decir que tiene el dinero para pagar sus deudas -comentó Lucio, que reflexionó un instante y se apresuró a rectificar-. Al menos parte de sus deudas. Se propone participar en la puja por el palacio de Pompeyo en las Carinas.

César arrugó el entrecejo en una expresión de curiosidad.

– Cuéntame más.

– Para empezar, saqueó todas las residencias de Pompeya a las que fue. Por ejemplo, aquella parra de oro macizo que Aristóbulo el judío regaló a Magno apareció el otro día en el Porticus Margaritaria. Se vendió por una fortuna en cuanto Curtio lo expuso. Y Antonio tiene otra fuente de ingresos: Fulvia.

– ¡Por todos los dioses! -exclamó César, asqueado-. Después de Clodio y Curio, ¿qué puede ver en un ser tan vulgar como Antonio?

– Un tercer demagogo. Fulvia se enamora de hombres conflictivos, y en ese sentido Antonio es un buen candidato. Escucha lo que te digo, Cayo: se casará con Antonio.

– ¿Se ha divorciado él de Antonia Híbrida?

– No, pero lo hará.

– ¿Tiene Antonia Híbrida dinero propio?

– Su padre, Híbrida, consiguió ocultar la existencia de buena parte del oro de la tumba que encontró en Cefalenia, y eso le permite vivir un segundo exilio más cómodo. Antonio gastó los doscientos talentos de la dote, pero estoy seguro de que el padre de buena gana le daría otros doscientos talentos si le dejaras volver del exilio. Sé que es un hombre execrable, y recuerdo tu proceso contra él, pero es una manera de asegurar el futuro de su hija. No encontrará otro marido, y la niña es un caso triste.

– Haré volver a Híbrida en cuanto regrese de África. ¿Qué importa uno más si voy a permitir el regreso de todos los exiliados de Sila?

– ¿Volverá Yerres? -preguntó Lucio.

– Jamás! -respondió César con vehemencia-. ¡Jamás, jamás, jamás!

Se pagó a las legiones y se las embarcó gradualmente en Meápolis y Puteoli, iban destinadas a un primer campamento en los alrededores de Lilibeo, en el oeste de Sicilia, para trasladarse desde allí a la provincia de África.

Nadie, y menos los dos cónsules, preguntó por qué -o en virtud de qué ley- un privatus actuaba tranquilamente como comandante en jefe de las fuerzas que debían aplastar a los republicanos en la provincia de África. A su debido tiempo todo se aclararía. Y así fue. A finales de noviembre César celebró elecciones para designar a los magistrados del año siguiente, y cedió graciosamente a los ruegos de que se presentara para el consulado. Cuando le preguntaron si tenía alguna preferencia en cuanto a cuál de sus seguidores debería compartir con él el consulado, indicó que le gustaría contar con su viejo amigo y colega Marco Emilio Lepido.

– Espero que entiendas tus obligaciones, Lepido -le dijo después de que ambos candidatos fueran declarados consulares entre las ovaciones de la multitud en el pabellón electoral de Vatinio.

– Eso creo -contestó Lepido, satisfecho, en absoluto intimidado por la franqueza de César. El consulado prometido había tardado en llegar, pero sería suyo el día de Año Nuevo, eso sin duda.

– Dímelo, pues.

– Debo mantener el orden en Roma e Italia durante tu ausencia: mantener la paz, desarrollar tu programa legislativo, asegurarme de no insultar a los caballeros ni deprimir la economía, seguir aleccionando a los senadores según tus criterios, y vigilar como un halcón a Marco Antonio. Debo vigilar asimismo a los íntimos de Antonio, desde Poplicola hasta el más reciente de ellos, Lucio Tilio Cimber -dijo Lepido.

– ¡Qué gran tipo eres, Lepido!

– ¿Quieres volver a ser dictador, César?

– Preferiría que no, pero quizá sea necesario. Si llegara a ser necesario, ¿estarías dispuesto a ocupar el cargo de Maestro del Caballo? -preguntó César.

– No faltaría más. Mejor yo que alguno de los otros. Nunca he tenido la inclinación de intimar con la tropa.

4

Bruto volvió a casa a primeros de diciembre, cuando César ya había partido hacia Campania para terminar de embarcar a su ejército. Su madre lo miró de arriba abajo con acritud.

– No has mejorado -concluyó.

– En realidad creo que sí -replicó Bruto, sin hacer siquiera ademán de sentarse-. He aprendido mucho en los últimos dos años.

– He oído decir que en Farsalia tiraste la espada y te escondiste.

– Si hubiera seguido empuñándola, habría puesto en peligro mi salud. ¿Toda Roma conoce esa historia?

– ¡Vaya, Bruto, casi me has levantado la voz! ¿A quién te refieres con eso de "toda Roma"?

– Me refiero a toda- Roma.

– ¿Y a Porcia en particular?

– Es tu sobrina, madre. ¿Por qué la odias tanto?

– Porque, al igual que su padre, desciende de un esclavo.

– Y un campesino túsculo, olvidas añadir.

– Me he enterado de que vas a ser pontífice.

– Ah, César ha venido a verte, ¿no? ¿Habéis renovado vuestro idilio?

– ¡No seas grosero, Bruto!

Así que César no había renovado el idilio, pensó Bruto, dando media vuelta. Al salir del salón de su madre, fue al de su esposa. Hija de Apio Claudio Pulcro, se había comprometido con él siete años atrás, poco después de la muerte de Julia. Pero esa unión le había proporcionado pocas alegrías. Bruto había conseguido consumar el matrimonio, pero sin placer, una circunstancia peor que la ausencia de amor para la pobre Claudia. Tampoco había acudido al lecho de ella con frecuencia suficiente para engendrar los hijos que ella anhelaba. Una mujer joven de buen carácter y no mala presencia, tenía muchas amistades y pasaba todo el tiempo posible lejos de aquella desdichada casa. Cuando se veía obligada a permanecer en ella, se confinaba en sus aposentos con su telar. Afortunadamente, no deseaba administrar la casa aunque en rigor era su obligación hacerlo como esposa del señor; Servilia siempre fue la señora.