Выбрать главу

– Mucho me temo que esto continuará en otra parte -dijo Calvino a César después-. En Hispania, quizás.

– Si es así, iré a Hispana -respondió César sombríamente-. La causa republicana debe morir, Calvino, o de lo contrario la Roma que quiero construir volverá a caer en la concepción del mos maiorum que tenían los boni.

– Entonces es a Catón a quien debes eliminar.

– Eliminar, no, si con eso pretendes decir «matarlo». No quiero ver muerto a ninguno de ellos, y menos a Catón. Los demás pueden llegar a comprender lo erróneo de sus procedimientos; Catón nunca. ¿Por qué? Porque esa posibilidad no está presente en su mente. No obstante debe seguir vivo, y debe formar parte de mi Senado. Necesito a Catón para exhibirlo.

– Eso no lo consentirá.

– No se dará cuenta de ello -aseveró César con rotundidad-. Voy a redactar un protocolo que rija el comportamiento en el Senado y los comitia: poner fin, por ejemplo, a las largas intervenciones cuyo único objetivo es evitar las votaciones. Habrá un tiempo limitado para los discursos. Y nada de acusaciones respecto a otros miembros sin pruebas concluyentes.

– ¿Marchamos hacia Utica, pues?

– Marchamos hacia Utica.

2

Un mensajero de Metelo Escipión llevó a Utica la noticia de la derrota en Tapso, pero no llegó mucho antes que los refugiados del campo de batalla, ninguno de ellos con rango superior al de tribuno militar de segunda.

«Lucio Torcuato, Sexto Pompeyo y yo nos unimos a la flota de Cneo Pompeyo en Hadrumetum -anunciaba la breve nota de Metelo Escipión-. Por ahora desconocemos nuestro próximo destino, pero no será Utica a menos que tú lo solicites, Marco Catón. Si puedes reunir hombres suficientes para oponer resistencia a César, combatiremos contigo.»

– Pero si las tropas de César estaban descontentas -dijo Catón con voz sorda a su hijo-. Estaba seguro de que lo derrotaríamos.

El joven Catón no contestó. ¿Qué podía decir?

Tras escribir a Metelo Escipión para comunicarle que no se molestara en ir a Utica, Catón permaneció absorto en sus pensamientos durante el resto de aquel aciago día. Al amanecer del día siguiente, acompañado de Lucio Gratidio, fue a ver a los refugiados de Tapso, que se habían hacinado en un viejo campamento a las afueras de Utica.

– Tenemos hombres suficientes para presentar batalla a César una vez más -dijo Catón a su jefe, un legado menor llamado Marco Epio-. En la ciudad tengo a cinco mil hombres bien adiestrados dispuestos a unirse a los tuyos. Y puedo proporcionaros nuevas armas.

Epio movió la cabeza en un gesto de negación.

– No, Marco Catón, ya hemos tenido suficiente. -Se estremeció y levantó la mano para hacer la señal que prevenía el mal de ojo-. César es invencible, ahora lo sabemos. Capturamos a uno de los centuriones de la Décima, Titio, a quien interrogó personalmente Quinto Metelo Escipión. Titio admitió que la Novena, la Décima y la Decimocuarta se han amotinado dos veces desde que salieron de Italia. Aun así, cuando César los mandó a la batalla, lucharon como héroes para él.

– ¿Qué le ocurrió a ese centurión?

– Fue ejecutado.

Y ésa es la razón, pensó Catón, por la que nunca debería haber puesto a Metelo Escipión en la tienda de mando, o a Labieno. César habría perdonado la vida a un valiente centurión cautivo, como debería hacer cualquier hombre.

– Bien, os propongo que os trasladéis al puerto de Utica y subáis a bordo de los barcos de transporte que ahí esperan -dijo Catón alegremente-. Pertenecen a Cneo Pompeyo, quien, deduzco, planea dirigirse al oeste, a las Baleares e Hispania. Estoy seguro de que no insistirá en que lo acompañéis, así que si preferís regresar a Italia, decídselo.

Él y Lucio Gratidio volvieron a Utica.

En la ciudad el pánico del día anterior había amainado, pero los habitantes no se dedicaban a sus asuntos como venían haciendo durante los meses de la prefectura de Catón a pesar de la guerra. Los trescientos ciudadanos más importantes esperaban ya en la plaza del mercado para que Catón les dijera qué quería que hiciesen. Lo amaban sinceramente, como casi toda Utica, porque había sido escrupulosamente justo, mostrándose siempre dispuesto a escuchar sus agravios, siempre optimista.

– No -dijo Catón con desacostumbrada delicadeza-, no puedo seguir tomando decisiones por vosotros. Vosotros mismos debéis decidir si deseáis oponeros a César o solicitar su perdón. Si queréis conocer mi opinión os la daré: creo que debéis solicitar el perdón. La alternativa sería enfrentaros a un sitio, y vuestro destino no sería distinto al de las ciudades de Cartago, Numancia, Avarico, Alesia. César domina aún más que Escipión Emiliano la táctica del bloqueo. El resultado sería la destrucción de esta ciudad extraordinariamente rica y hermosa y la muerte de muchos de sus ciudadanos. César impondrá una multa considerable, pero disfrutaréis de la continuada prosperidad necesaria para pagarla. Solicitad el perdón.

– Si liberamos a nuestros esclavos y los destinamos al servicio militar, Marco Catón, quizá sobrevivamos al sitio -sugirió un ciudadano.

– Eso no sería lícito y moral -contestó Catón con severidad-. Ningún gobierno debería tener la autoridad para ordenar a un hombre que deje en libertad a sus esclavos si él no quiere.

– ¿Y si se manumitieran voluntariamente? -preguntó otro.

– En tal caso lo aceptaría. No obstante os recomiendo encarecidamente que no os resistáis. Hablad de ello entre vosotros y luego llamadme otra vez.

Él y Gratidio atravesaron la plaza para sentarse en el pretil de piedra de una fuente, donde el hijo de Catón se reunió con ellos.

– ¿Combatirán, padre?

– Espero que no.

– Yo espero que sí -dijo Gratidio con lágrimas en los ojos-. Si no luchan, me quedaré sin trabajo. Detesto la idea de someterme mansamente a César.

Con la mirada puesta en los trescientos hombres que debatían el asunto, Catón no respondió.No tardaron en tomar una decisión: Utica solicitaría el perdón.

– Creedme -dijo Catón-, es lo mejor. Aunque yo tengo menos motivos que nadie para amar a César, es un hombre misericorde queha demostrado su clemencia desde el principio de esta triste situación.

Ninguno de vosotros sufrirá daños físicos ni perderá sus propiedades.

Algunos de los trescientos habían decidido huir; Catón les prometió que organizaría su traslado con la ayuda de los barcos de la causa republicana.

– Y eso es todo -dijo con un suspiro cuando él, su hijo y Gratidio estuvieron en el comedor, donde entró Estatilo con visible aprensión.

– Sírveme un poco de vino -pidió Catón a Prognantes, su mayordomo.

Los otros se quedaron inmóviles y se volvieron con una mirada de asombro hacia el señor de la casa, que cogió la jarra de arcilla.

– He cumplido mi misión, ¿por qué no iba a beber? -preguntó.

Tomó un sorbo e hizo una mueca de aversión. Acto seguido exclamó-: ¡Qué extraodinario! He perdido el gusto por el vino.

– Marco Catón, traigo noticias -anunció Estatilo.

La comida llegó cuando sus palabras resonaban aún en el aire: pan recién hecho, aceite, una gallina asada, ensaladas y quesos, unos racimos de uva tardía.

– Has estado fuera toda la mañana, Estatilo -dijo Catón, e hincó el diente a una pata de gallina-. ¡Qué bien sabe! ¿Cuál es esa noticia que tanto temes?

– Los jinetes de Juba están saqueando los campos.

– No podía esperarse otra cosa. Ahora come, Estátilo.

Al día siguiente corrió la voz de que César se aproximaba rápidamente y Juba se había marchado en dirección a Numidia. Catón observó desde su ventana a la delegación de los trescientos que partió a caballo para negociar con el conquistador, y luego dirigió la mirada hacia el puerto, donde refugiados y soldados subían a bordo de los barcos en medio de una frenética actividad.