– Por favor, padre, no lo hagas.
– ¿Qué? -preguntó Catón, abriendo los ojos de par en par, sorprendido-. ¿Retirarme a leer mi Fedón?
– No tiene importancia -gimió el joven Catón-. No tiene importancia.
El alma, el alma, que los griegos consideraban del género femenino. A Catón le parecía adecuado, oyendo los ruidos de la tormenta, que el mundo natural se hiciera eco de la tempestad desatada dentro de su… ¿corazón?, ¿su mente?, ¿su cuerpo? Ni siquiera eso sabemos, así que ¿cómo podemos saberlo todo acerca del alma, su pureza o su falta de pureza? ¿su inmortalidad? Necesito que me la demuestren, que me la demuestren más allá de cualquier sombra de duda.
A la luz de varios candiles múltiples, se sentó en una silla y, desenrollando el pergamino, leyó lentamente el texto griego; para Catón, siempre era más fácil separar las palabras en griego que en latín, no sabía por qué. Leyó las palabras de Sócrates mientras formulaba a Simmias una de sus famosas preguntas; Sócrates enseñaba haciendo preguntas.
– ¿Creemos en la muerte?
– Sí -dijo Simmias.
– La muerte es la separación del alma y el cuerpo. Estar muerto es el resultado final de esta separación.
Sí, sí, sí, así debe ser. Lo que soy es más que un simple cuerpo, lo que soy contiene el fuego blanco de mi alma, y cuando mi cuerpo muera, mi alma será libre. Sócrates, Sócrates, tranquilízame. Dame la fuerza y la resolución para hacer lo que debo hacer.
– Para gozar del conocimiento puro, debemos despojarnos de nuestros cuerpos… el alma está hecha a imagen de dios, y es inmortal, y posee inteligencia, y es uniforme, y no cambia. Es inmutable. El cuerpo, por el contrario, está hecho a imagen del género humano. Es mortal. Carece de inteligencia, adopta muchas formas y se desintegra. ¿Puedes negarlo?
– No.
– Así pues, si lo que digo es verdad, el cuerpo debe entrar en decadencia, pero el alma no.
Sí, sí, Sócrates tiene razón, el alma es inmortal. No se disolverá cuando muera mi cuerpo.
Experimentando una gran sensación de alivio, Catón dejo el libro en su regazo y miró la pared, buscando su espada. Al principio pensó que lo que veía era efecto del vino, pero al cabo de un momento sus ojos mortales, tan llenos de falsas visiones, reconocieron la verdad: su espada había desaparecido. Dejó el libro en la mesilla de noche y se levantó para golpear un gong de cobre con un mazo. El sonido retumbó en la oscuridad, desgarrada por un rayo, realzada por un trueno.
Acudió un criado.
– ¿Dónde está Prognantes? -preguntó Catón.
– La tormenta domine, la tormenta. Sus hijos están llorando.
– Mi espada ha desaparecido. Trae mi espada de inmediato.
El criado inclinó la cabeza y se marchó. Al cabo de un rato Catón volvió a golpear el gong.
– Mi espada ha desaparecido. Tráela de inmediato.
Esta vez el hombre pareció asustado; asintió con la cabeza y se fue apresuradamente.
Catón cogió el Fedón y siguió leyéndolo hasta el final, pero las palabras no le afectaban. Golpeó el gong una tercera vez.
– ¿Sí, domine?
– Reúne a todos los criados en el atrio, incluido Prognantes.
Los recibió allí y miró airado a su mayordomo.
– ¿Dónde está mi espada, Prognantes?
– Domine, la hemos buscado por todas partes, pero no aparece.
Catón se movió tan deprisa que en realidad nadie lo vio avanzar a zancadas y golpear a Prognantes; sólo se oyó el contacto de su puño contra la maciza mandíbula del mayordomo. Éste se desplomó inconsciente, pero ningún criado fue a ayudarlo; los demás, temblando, se limitaron a mirar fijamente a Catón.
De pronto irrumpieron en el atrio el joven Catón y Estatilo.
– ¡Padre, por favor, por favor! -exclamó el joven Catón, sollozando y abrazando a su padre.
Catón lo apartó de sí como si apestara.
– ¿Acaso estoy loco, Marco, para que me niegues la posibilidad de protegerme contra César? ¿Consideras que he perdido mis facultades mentales para atreverte a despojarme de mi espada? No la necesito para quitarme la vida, si eso es lo que te preocupa; quitarme la vida es fácil. Me basta con contener la respiración o golpearme la cabeza contra una pared. Mi espada es mi derecho. ¡Tráeme la espada!
El hijo huyó sollozando desesperadamente mientras cuatro de los criados se llevaban el cuerpo inanimado de Prognantes. Sólo dos de los esclavos de menor rango se quedaron.
– Traedme la espada -les dijo.
Un ruido de arrastre precedió la llegada de la espada: la lluvia había amainado y producía sólo un suave murmullo; la tormenta se alejaba mar adentro. Un niño de corta edad llevaba el arma a rastras tenazmente, sujetando la empuñadura de marfil en forma de águila con las dos manos, mientras que la punta rozaba contra el suelo. Catón se inclinó y la cogió, verificando el filo. Seguía afilada.
– Vuelvo a ser el de siempre -declaró, y regresó a sus aposentos.
Ya podía releer el Fedón y comprender su significado. ¡Ayúdame, Sócrates! ¡Demuéstrame que mis temores son innecesarios!
– Aquellos que aman el conocimiento saben que sus almas están unidas al cuerpo sólo como si estuvieran pegadas con cola o sujetas con alfileres. En cambio, aquellos que no aman el conocimiento no saben que cada placer, cada dolor, es una especie de clavo que fija el alma al cuerpo como un remache, de modo que emula al cuerpo y cree que todas sus verdades surgen del cuerpo… ¿Existe lo contrario de la vida?
– Sí.
– ¿Qué es?
– La muerte.
– ¿Y cómo llamamos a aquello que no muere?
– Inmortal.
– ¿Muere el alma?
– No.
– ¿El alma es inmortal, pues?
– Sí.
– El alma no puede perecer cuando muere el cuerpo, ya que el alma no admite la muerte como parte de sí misma.
Ahí está, manifiesta, la verdad de todas las verdades.
Catón enrolló y ató el pergamino del Fedón. Lo besó, se acostó en su cama y se sumió en un sueño profundo mientras el rumor de la tormenta se desvanecía hasta convertirse en una calma absoluta.
En plena noche lo despertó un dolor punzante en la mano derecha; se la contempló con consternación y luego golpeó el gong.
– Manda a buscar al médico Cleantes -dijo al criado-. Y pídele a Butas que venga a verme.
Su agente llegó con sospechosa celeridad; Catón lo observó con ironía, comprendiendo que como mínimo una tercera parte de los ciudadanos de Utica sabían que su prefecto había pedido su espada.
– Butas, ve al puerto y asegúrate de que quienes intentan subir a bordo de las naves están bien.
Butas obedeció. Al salir se detuvo para susurrarle a Estatilo:
– No puede estar pensando en el suicidio; está demasiado preocupado por el presente. Son imaginaciones vuestras.
En la casa todos se alegraron, y Estatilo, que estaba a punto de ir a buscar a Lucio Gratidio, cambió de idea. A Catón no le gustaría que le mandara a un centurión para implorarle.
Cuando llegó Cleantes, Catón le tendió la mano derecha.
– Me la he roto -dijo-. Entablíllamela para que pueda usarla.
Mientras Cleantes realizaba aquella labor casi imposible, Butas regresó para informar a Catón de que la tormenta había causado estragos en los barcos y muchos refugiados se hallaban en un estado de confusión.