Yo me enteraba, y no me hacía ni pizca de gracia. El vampiro no llevaba mucho tiempo muerto, y ni siquiera me habría afectado antes de las marcas de Jean-Claude. Reanimar zombis proporciona cierta inmunidad contra otros nomuertos; es uno de los motivos por los que es frecuente que los reanimadores hagamos horas extras de cazavampiros. Jugamos con ventaja, por así decirlo.
Había quedado con Charles allí, pero no aparecía. Y no es alguien que pueda pasar más desapercibido que Godzilla en medio de Tokio. ¿Dónde se habría metido? Y ya puestos, ¿cuándo se dignaría recibirme Jean-Claude? Eran más de las once; hacía falta ser un capullo displicente para obligarme a quedar con él y luego hacerme esperar.
En aquel momento, Charles entró por la puerta basculante que daba a la zona de la cocina y atravesó el local en dirección a la salida. Sacudía la cabeza y le murmuraba algo a un asiático bajito que tenía que trotar para no perderle el paso.
Le hice una seña, y Charles giró en mi dirección.
– Mi cocina está muy limpia -decía el otro hombre.
Charles murmuró algo que no alcancé a oír. El público hechizado no se daba ni cuenta. Podríamos haber disparado una salva con veintiún mosquetones y nadie se habría percatado. Hasta que el vampiro humorista terminara el número, nadie oiría nada más.
– Ni que fuera el ministro de Sanidad -decía el hombrecillo. Llevaba ropa de cocinero, aunque retorcía el gorro entre las manos, y sus ojos almendrados brillaban de cólera.
Charles pasa de uno ochenta y cinco, pero parece aún más alto. Su cuerpo es un mazacote, desde los hombros anchísimos hasta los pies. No creo que tenga cintura; es una montaña ambulante. Sus ojos, de un marrón inmaculado, son del mismo color que su piel, muy oscuros, y una mano suya bastaría para cubrirme toda la cara.
A su lado, el cocinero asiático parecía un cachorro enfadado. Sujetó a Charles por el brazo. No sé qué pretendía, pero mi amigo dejó de moverse y bajó la vista hacia la mano inoportuna.
– No me toque -dijo muy despacio, con una voz tan grave que casi hacía daño.
El cocinero lo soltó como si se hubiera quemado y dio un paso atrás. Charles sólo le había dedicado parte de su famosa mirada. El tratamiento completo puede hacer que un aspirante a atracador pida socorro a gritos, pero en aquella ocasión bastó con una muestra.
– Mi cocina está muy limpia -insistió con voz más contenida.
– Es ilegal tener zombis en la zona donde se prepara la comida -dijo Charles, negando con la cabeza-. Las normas sanitarias prohíben que los cadáveres se acerquen a los alimentos.
– Mi ayudante es un vampiro. También está muerto.
Charles me lanzó una mirada de impotencia; le devolví otra de comprensión. Yo había tenido la misma charla con un par de cocineros.
– Los vampiros ya no se consideran muertos legalmente, señor Kim. Los zombis, sí.
– Pues no lo entiendo.
– Los zombis se pudren y transmiten enfermedades como cualquier otro cadáver. Que se muevan no significa que no sean una fuente de infecciones.
– Pero…
– O mantienen a los zombis fuera de la cocina o precintamos el local. ¿Entiende eso?
– Y tendrá que explicarle al propietario por qué se cierra su negocio -intervine, sonriéndoles a los dos.
El cocinero palideció un poco. Qué mono.
– De… De acuerdo. Lo resolveremos.
– Muy bien -dijo Charles.
El chef me lanzó una mirada atemorizada y volvió a la cocina. Tenía gracia que Jean-Claude empezara a inspirar temor en tanta gente. Antes de convertirse en el chupasangres jefe había sido uno de los vampiros más civilizados. El poder corrompe.
Charles se sentó delante de mí. La mesa le quedaba pequeña.
– He recibido tu mensaje. ¿Qué pasa?
– Necesito que me acompañes al Tenderloin.
Es difícil averiguar cuándo se sonroja Charles, pero se agitó en la silla.
– ¿Qué demonios se te ha perdido en ese barrio?
– Busco a una persona que trabaja allí.
– ¿Quién?
– Una prostituta.
Volvió a mostrar su inquietud. Era como ver una montaña incomodada.
– A Caroline no le va a hacer ninguna gracia.
– Pues no se lo digas.
– Ya la conoces, y ya sabes que no nos ocultamos nada.
Me esforcé por mantener la compostura. Si Charles quería rendirle cuentas a su mujer de todo lo que hacía, era asunto suyo. No tenía por qué permitir que Caroline lo controlase; lo hacía porque le daba la gana. Pero me daba más grima que una limpieza bucal.
– Dile que te has retrasado en el trabajo y no te pedirá detalles.
A Caroline le parecía asqueroso nuestro trabajo: decapitar gallos, levantar zombis… Qué guarrería.
– ¿Por qué buscas a esa prostituta?
Pasé por alto esa pregunta y contesté a la que no me había hecho. Cuanto menos supiera Charles sobre Harold Gaynor, más a salvo estaría.
– Sólo necesito a alguien con pinta amenazadora; no quiero tener que pegarle un tiro al primer imbécil que se pase conmigo. ¿Vale?
– Vale -contestó, asintiendo-. Me halaga que me lo pidas a mí.
Le dediqué una sonrisa alentadora. En realidad, Manny era mucho más duro, y con él me habría sentido más a salvo, pero le pasaba lo que a mí: no acojonaba. Charles, sí. Lo que necesitaba era tirarme un farol, no llevar refuerzos.
Miré el reloj. Eran casi las doce; Jean-Claude me había tenido una hora esperando. Me volví y vi a Willie, que se acercó de inmediato. Debería usar mis poderes sólo para hacer el bien.
Se acercó, pero no demasiado, y saludó a Charles con un gesto de la cabeza. Charles le devolvió el saludo. Qué estoicos.
– ¿Qué quieres? -preguntó Willie.
– ¿Está libre Jean-Claude, o no?
– Sí, venía a buscarte. No sabía que tuvieras compañía. -Miró a Charles.
– Trabajamos juntos -expliqué.
– ¿Otro reanimador? -preguntó Willie.
– Sí -dijo Charles, impasible, con la mirada algo amenazadora.
Willie asintió impresionado.
– ¿Tienes que levantar zombis después de ver a Jean-Claude?
– Sí. -Me levanté y me dirigí a Charles en voz baja, aunque era probable que Willie me oyera. Hasta los más recientes tienen mejor oído que muchos perros-. Vendré en cuanto pueda.
– De acuerdo -dijo-, pero tengo que volver pronto a casa.
Lo entendía; su mujer lo tenía atado corto. Aunque Charles se lo había buscado, parecía molestarme más a mí que a él. Igual seguía soltera por eso: los compromisos no son lo mío.
VEINTIUNO
Seguí a Willie, y cruzamos una puerta que daba a un pasillo corto. En cuanto la puerta se cerró a nuestras espaldas, el sonido se atenuó, como en un sueño. La luz era deslumbrante en comparación con la oscuridad del local. Parpadeé para acostumbrar la vista. Willie estaba sonrosado; no parecía vivo del todo, pero sí bastante sano para estar muerto. Aquella noche había tenido su ración de sangre, quizá de un humano que se lo había permitido, quizá de un animal, quizá…
En la primera puerta de la izquierda ponía encargado. ¿Sería el despacho de Willie? Anda ya.
Willie abrió y me invitó a entrar, pero no me acompañó: miró la mesa de reojo, retrocedió y cerró la puerta.
La alfombra era clara, y las paredes, de un blanco apagado. En la pared opuesta había una gran mesa lacada en negro, con una lámpara negra brillante que parecía formar parte del mueble. En la mesa había una carpeta centrada cuidadosamente, nada más. Ni papeles, ni clips… Sólo Jean-Claude, en el sillón.
Sus dedos largos y pálidos se entrelazaban encima de la carpeta. Tenía el pelo ondulado y los ojos azul oscuro, y llevaba una camisa blanca con extraños puños abotonados. Estaba sentado muy recto, inmóvil como un cuadro, atractivo como un sueño húmedo… Pero no era real. Aunque pareciera perfecto, yo conocía la verdad.