Con una lentitud y un silencio de espectro, has recogido la lámpara y, atravesando las oscuras estancias de la casa vacía, has salido al jardín, que exhala una humedad agresiva como el aliento frío de una bestia del Tártaro. Te has acercado hasta el muro final del jardín y te sientas en el sillón, tan frío también.
Arrebujado en el manto como una doncella miedosa, te quedas totalmente quieto, mirando los destellos vacilantes de la lámpara que se proyectan sobre la ciudad pintada en la pared, esa ciudad que, a través de los años, mantiene la misma pureza de líneas y de colores que trazó originariamente el artista y que tú viste elaborar de niño, con una expectación llena de gozo, entre el aroma de las flores y el chillido de las golondrinas. En la escasa iluminación, la ciudad parece entendida también en el pavoroso relumbre de los incendios. Ella ha sido siempre la imagen de la Ciudad por antonomasia, del origen lejano que era seña inicial de vuestro propio reconocimiento. Junto a ella, la llama del aceite alumbra también las aristas del pequeño altar en forma de vivienda posado sobre la alta y desgastada piedra de mármol. Las figuras de las jóvenes imágenes no han conseguido desplazar todavía las pequeñas imágenes borrosas de los viejos lares, que permanecen al fondo como pequeñas piedras verticales, indescifrables para quien no las conozca. En el ara, la leyenda también borrosa mantiene la invocación perfilada minuciosamente por los buriles del cantero y que, en el mismo tiempo de rapaz, cuando aprendías las letras y los números, admirabas por su precisa perfección.
El perro se ha inclinado al borde de la piscina y bebe con grandes lametones el agua invernal, donde ahora pululan las oscuras algas, ese agua que, tras la limpieza de primavera, era el cristalino remanso de tantos juegos alegres, durante los meses cálidos. Los lametones del perro no tienen, sin embargo, ningún eco doméstico. Suenan a una avidez de solitario, a una sed que se proclama en el abandono, como una protesta. De pronto, el perro levanta el hocico y vuelve la cabeza, gruñendo, intuyendo la presencia que se acerca, aunque tú no puedas adivinarla todavía.
Ahora estoy con el abuelo
Ahora estoy con el abuelo y con Lupi entre la sombra de los chopos. Las grandes masas vegetales en que se confunden las paleras con las zarzas, los saúcos y las ortigas, ocultan casi completamente la presa, y solamente algún rayo aislado de sol, reflejado de pronto en el agua, anuncia su presencia como una señal cifrada.
El abuelo se ha sentado en una piedra y está colocando con cuidado las ranas despellejadas en el fondo de los reteles, sobre los plomos, para atarlas luego cuidadosamente con unos cabos de bramante. Lupi ha trepado por las ramas de una palera, alborota las hojas allá arriba mientras golpea con una hoz.
Lupi baja al fin, con una gran rama en la mano, se acerca al abuelo y le pregunta, respetuoso:
– ¿Vale ésta, abuelo?
El abuelo toma la rama, la observa unos instantes, se la devuelve.
– Vale. Le quitas las hojas.
Me asomo más allá de los zarzales, en la orilla misma de la ribera llena de juncos, y contemplo cómo corren lentamente las aguas de la presa, oscuras, engalanadas con largas guirnaldas de plantas verdes en que brotan muchas florecitas blancas. El abuelo termina de preparar los reteles, viene junto a mí, se agacha y se lava las manos, que luego se seca con el pañuelo.
– Hala, vamos a echarlos -dice.
Lupi los coge. Con la solemnidad de un obispo que portase el báculo, el abuelo lleva la horquilla que Lupi le preparó y va colocando uno tras otro, con parsimonia, cada uno de los reteles.
Sujeta con la horquilla la cuerda de que cuelgan, y los deja descender suavemente, hasta sumergirlos en el agua. Busca sitios sombríos, cercanos a las floridas melenas vegetales o resguardados por las escarpas, junto a la orilla. Cuando ha depositado el retel en el fondo, coloca con cuidado el extremo de la cuerda en el suelo, entre la vegetación de la orilla.
– Fijaros bien, no los perdamos.
Aunque hace todavía sol (refulgen a lo lejos las piedras del cauce y la chopera de la otra orilla está llena de luz), en este lugar hay una penumbra suave. Lo abundante de los matorrales, los juncos apretados, los grandes árboles de los que penden enredaderas y lianas, le dan el aspecto de las selvas vírgenes entrevistas en las películas de Tarzán.
Sí, ahora estoy con ellos otra vez, comprendo la silenciosa docilidad de Lupi, que va alargándole al abuelo cada uno de los sucesivos reteles, me doy cuenta de la importancia que tiene que el abuelo encuentre el lugar más adecuado para ellos, contemplo también con fervoroso silencio sus cuidadosos ademanes, esos delicados y precisos movimientos de sus brazos (en una mano la cuerda del rete], en la otra la horquilla) que van haciendo sumergirse en el agua oscura las pequeñas redes circulares entre las que destaca la masa blanquecina de las entrañas, de los músculos en jirones.
Cuando coloca el último retel, el abuelo se aparta de la orilla y vuelve a la piedra. Hay una pequeña pradera, donde alguien cortó leña, llena de astillas. El abuelo saca la petaca y el librillo y se sienta otra vez sobre la piedra.
– Ahora, a esperar -exclama-. Vosotros, a atropar leña para la hoguera, no seáis gandules.
Lupi y yo buscamos leña seca. Yo recibo con fascinación los sucesivos descubrimientos, tan alejados de la cotidianeidad urbana de mi vida: las súbitas libélulas de brillo metálico que sobrevuelan la corriente con ritmo de autogiro; los chapoteos de las ranas que se lanzan al agua, asustadas de mi aparición, produciéndome también a mí un respingo de susto; los altos y extraños fumaques.
Ahora estoy otra vez desparramando con la mano un grueso montón de musgo, al pie de un gran tocón muy cercano al agua, arrancando un hongo duro y dorado, contemplando el afanoso trabajo de una abeja que llena de polen los zurrones de sus patas traseras. '
Al cabo de un tiempo, Lupi y yo hemos reunido un montón de leña menuda. El abuelo fuma con los ojos perdí dos en el otro lado del río, donde el sol mantiene todavía su fulgor, aunque ya muy oblicuo, volviendo cada vez más doradas la línea clara de las piedras del cauce, las masas de chopos.
Lupi se sienta junto al abuelo.
– ¿Miramos, abuelo?
El abuelo le palmea en el cuello.
– Todavía es pronto. Hay que darles tiempo.
Yo me he sentado también cerca de ellos. El abuelo arrima una cerilla a la pequeña hoguera. Las llamitas van apoderándose de las ramas y de las astillas. El abuelo saca la bota del fardel y exclama, risueño:
– A beber un trago.
Ahora estoy con ellos otra vez, manchándome de vino, oliendo ese humo de la leña, sintiendo cómo el atardecer se despliega como una larga bandera, fluye como una pausadísima melodía.
El abuelo se burla de nuestra inexperiencia como bebedores. El, mientras bebe, es capaz de hablar, sin que una sola gota se derrame fuera de su boca, sin el mínimo atragantón:
– Gregoria, Gregorita y su hijita -dice, con el contrapunto de profundos gargarismos.
Yo echo maderas y ramas a la hoguera. Lupi afina los extremos de un pite con su navaja de mango de madera, una navaja que lleva sujeta por una cuerda a uno de los tirantes del pantalón.
Sí, ahora estoy otra vez con ellos, le pido al abuelo que nos siga contando lo de Cortés, lo de aquel antepasado nuestro que casó con una india, y veo claramente, con una intensidad que hace extremada la lente del recuerdo, cómo menea delicadamente las brasas con una vara verde antes de hablar, poniendo la voz muy misteriosa, de aquellos sucesos lejanos.
Primero se refiere a su bisabuelo guerrillero, el hombre moreno del retrato, el que vino de México. Nos cuenta que fue un bravo luchador contra la francesada, por esas montañas que se dibujan al fondo, tras la parte luminosa de la chopera. Luego habla del otro antepasado, aquel que se fue a México en tiempos de la Conquista.