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Yo le escucho embelesado. El abuelo escenifica algunos trozos de su relato. Hace un Cortés hosco, de voz comedida y un Moctezuma que, pese a expresarse en infinitivos, posee majestad. Nuestro antepasado es intrépido, alegre. El abuelo lo interpreta animando a sus compañeros en las batallas, bajo la hostilidad innumerable de las flechas enemigas, que él simula levantando un invisible escudo sobre su boina. Lo reproduce contemplando, con extasiada admiración, los templos extraños, aspirando el olor de las flores exóticas, de los inciensos misteriosos. Le hace hablar por su boca herido, a punto de perecer, o perdido en la selva, o declarando su amor a la bellísima princesa. Le hace afirmar la nobleza de su estirpe campesina y rememorar sus raíces con una petulancia tierna que casi me hace reír:

– Eso le dijo: «Princesa seréis de alta cuna, hermosa señora, pero de un origen no menos ilustre vengo yo: en un lugar de las Montañas de León tuvo principio mi linaje, y durante muchos siglos ha sido depositario de un caldero de oro que desentraña todos los destinos».

Se ha puesto de pie y acciona con ambos brazos, hablando al cielo, en su mano derecha la vara con el extremo encendido, chisporroteante, como la punta de una espada flamígera.

Estoy otra vez con ellos, escucho al abuelo (transformado en un abuelo de un abuelo suyo) hablándole a la princesa del caldero antiquísimo, proveniente del alba de los tiempos, adornado todo en derredor de enigmáticas figuras donde se relata un porvenir que muy pocos han sabido leer.

La hoguera está apagándose y el abuelo se sienta, recupera su voz habituaclass="underline"

– Más leña, hay que echar más leña.

Nos contempla mientras la buscamos y, cuando volvemos, él ha juntado un gran montón.

– Venga -dice-, coger el fardel y la horquilla, que vamos a dar una vuelta.

Yo nunca los había visto agazapados en el retel, inmóviles, nunca había oído ese castañeteo suyo cuando se daban cuenta de que habían sido atrapados e intentaban retirarse en frenético movimiento que les empujaba todavía más contra la red. Son oscuros, casi negros, y cuando el abuelo los coge con cuidado por la parte superior del caparazón estiran sus pinzas, queriendo morder, sacuden sus colas con fuerza. El abuelo los echa dentro del fardel húmedo y la parte inferior de su cuerpo resplandece de pronto, tan blanca, en la negrura del saco.

Le veo otra vez. Sigiloso, buscaba entre las ramas y la maleza el cabo del cordel. Luego, lo alzaba con cuidado, acercaba la horquilla hasta apoyarla en la cuerda, abajo, cerca del agua. Al fin, levantaba la horquilla hasta ponerla casi horizontal y tiraba con energía, pero sin sobresalto, de la cuerda, hasta que aparecía el retel.

– ¡Seis! ¡Hay seis! -me recuerdo exclamando, emocionado.

Y los vuelvo a ver a los seis, como seis piedrecitas negras, húmedas, vivas.

El abuelo se sonríe.

– Ya habrá más. Ahora es cuando empiezan a animarse.

El atardecer va transformando la penumbra en una oscuridad luminosa y fresca, donde los espacios parecen más amplios, los chopos más altos, los matorrales más misteriosos. En la inconcreción de las primeras sombras brillan las hojas como ojos o resuenan los ruidos (un aleteo, un mugido) como en las naves de una catedral vacía, inmensa, de muros invisibles.

El abuelo saca los chorizos y unos trozos de papel de estraza, moja el papel en vino y va envolviendo con él cada chorizo. Hace luego unos huecos en las brasas y sepulta en ellos los chorizos. Se queda un rato mirando para la hoguera y luego sigue rememorando aquellos tiempos como si de verdad hubiera estado allí, desde antes de Jesucristo, cuando aquellos mismos parajes estaban llenos de las gentes más antiguas, campesinas siempre, pero también guerreras, hasta cuando Cristóbal Colón descubrió las Américas.

En la narración del abuelo hay ahora alusiones a cosas que ni siquiera él conoce bien: dioses y ritos extraños, pájaros pequeñísimos, serpientes que parecen collares, escarabajos vivos engalanados con piedras preciosas.

El abuelo bebe de la bota a grandes ' tragos. En el saquito, los cangrejos parecen susurrar algún relato también misterioso. Aparecen los luceros refulgentes en el cielo azul oscuro.

Sí, ahora lo estoy escuchando otra vez, le veo accionando con los ojos brillantes por el resplandor de las llamas mientras prosigue su narración: casi me parece ver también a aquel antepasado nuestro con sus calzas y sus grandes bigotes, marchándose una primavera a Cuba, a trabajar en los negocios de un señor muy principal que era pariente suyo, en compañía de otros mozos de la casa, y enrolándose en la expedición de Cortés. Ahora lo estoy escuchando relatar con pintoresco colorido las peripecias de la conquista, y aquella boda de nuestro ancestro con una princesa, y su descendencia bullendo hasta alcanzarnos a nosotros.

– De allí venimos. Al cabo de los años, a uno, que fue mi propio bisabuelo, le dio por volver. El padre lo había mandado aquí a estudiar para cura, pero ahorcó la sotana y casó con una del pueblo. Por eso nos pusieron «los mejicanos. Todavía se lo llamaban a mi padre.

Los chorizos chirrían entre el rescoldo y un remolino de viento, apretado de polvo y pajuelas, recorre súbitamente la chopera.

– No irá a llover -dice el abuelo.

Pero la atardecida permanece plácida, serena, inmóvil. El abuelo va sacando los requemados envoltorios y los deposita sobre la hierba, separando el papel carbonizado con la punta de la navaja. Corta luego rebanadas de un trozo de hogaza y reparte entre todos los chorizos y el pan. Los chorizos pican.

– Pican, abuelo -digo.

El abuelo me responde que abra la boca y me echa en ella un chorrito de vino desde la bota. Bebo sin salpicarme. Luego bebe Lupi.

– Sin exagerar, eh, no me volváis borrachos para casa. Es casi de noche y cantan los grillos, croan las ranas, algún ave nocturna grita en lo alto de un árbol.

A la luz ya escasísima recorremos la ribera por última vez. El abuelo lleva una linterna de gastado resplandor. El agua murmura con ecos nuevos, como si hubiese multiplicado su volumen y su velocidad. Si no la hubiese visto antes, pensaría que estábamos a la orilla de un torrente. El abuelo va recuperando los reteles, ahora casi invisibles, y lanza en voz baja exclamaciones alborozadas, ante los resultados de la pesca.

Ahora me veo sosteniendo el fardel atiborrado de cangrejos. Pesa mucho y los animales bisbisean sin cesar. El abuelo desata con cuidado los restos de cebo y los arroja entre las zarzas. Luego, enrolla cada cuerda en el retel respectivo y los va colocando uno sobre otro, hasta formar un cilindro que guarda en otro paquete.

Se desabrocha la bragueta y mea sobre los rescoldos. Un olor acre, nauseabundo, se extiende por el aire.

– Hala, mear vosotros también, que no queden brasas.

Volvemos a casa por el sendero, que se distingue entre la oscuridad de la chopera, hasta desembocar en la carretera, junto al puente. Las vacas vuelven en la oscuridad, lentas, haciendo sonar sus esquilones. Siento miedo ante aquellas masas enormes sobre las que se menean los cuernos.

– No tengas miedo -dice el abuelo-, sigue.

Se ven ya las luces de las casas. Cuando llegamos a la nuestra, la abuela está sentada en el poyo de la puerta, flanqueada por Olvido y Trini.

– Manolo, demonio de hombre -exclama la abuela-, hoy venían por el jato. Dónde te metiste.

El abuelo se detiene.

– ¿Lo llevaron? -pregunta.

– No lo iban a llevar, demonio de hombre.

– ¿Lo pagaron?

– Qué van a pagar. Dijeron que ya hablarían contigo.

Escucho otra vez ese silencio del abuelo, que ha inclinado la cabeza pero que la levanta al punto y dice, excusándose:

– Se me fue el santo al cielo, mujer. Andaba de pesca con los nietos.

Y lanza una breve carcajada que ahora, ahora mismo, vuelvo a sentir vibrando en mis oídos.