Una vez abajo, unos sonidos me sorprendieron: unos sonidos como de voces dichas en voz baja, como de sacos movidos. Desde detrás de la escalera, a través de sus espacios diáfanos, escruté con animosa curiosidad en todas las direcciones. Localizado el lugar del sonido, me aupé sobre un cajón y pude contemplar, con un estupor que se iba convirtiendo paulatinamente en vergüenza, a los causantes de los ruidos.
Mi abuelo y Olvido estaban allí, reclinados sobre unos bultos. Relucían en la penumbra la garganta y los senos de la muchacha, y mi abuelo hundía su rostro en ellos, pasaba por ellos sus manos, las bajaba luego para introducirlas bajo las faldas de la chica. Ambos musitaban palabras casi inaudibles, frases en tono de jaculatoria. Mi abuelo forcejeaba con sus ropas más ocultas, apretaba su cuerpo al de ella con ademanes frenéticos, inusuales en su habitual mesura de gestos. Yo, que no comprendía nada al principio, supe luego de qué se trataba. Las historias fabulosas, oídas en la clandestinidad colegial, sobre las intimidades carnales de hombres y mujeres, tenían allí un ejemplo preciso e inmediato.
De pronto fui consciente de otra presencia, de una respiración muy cercana, de un olor peculiar que parecía caerme encima como una lluvia fina y lenta. Moví la cabeza y descubrí entonces a Trini en la parte superior de la escalera, violentamente agachada, contemplando también la escena, su rostro inmóvil recordándome por un momento las máscaras crispadas de alguna caseta de los caballitos, posadas sus manos largas y flacas en el primer escalón, un par de palmos por encima de mí, a mi derecha.
Les miraba con avidez y respiraba con agitación; su gesto era sin duda de sorpresa, pero parecía sonreír. Ante un movimiento más rápido por parte del abuelo y de Olvido, se dio la vuelta y salió corriendo: sus pasos retumbaron en el techo con eco clarísimo, y mi abuelo se alzó de pronto y miró hacia la trampa y hacia el tragaluz que se abría al ras de la calle. Había recuperado sus ademanes mesurados y musitó unas palabras que escuché claramente en el silencio:
– Vámonos. Te veré por la noche. Vete al pajar, cuando hayas ordeñado.
Yo retrocedí lo más posible, hasta disimular entre los bultos de la pared mi cuerpo, y les vi subir los escalones. Primero el abuelo, rápido, pisando con las puntas de las botas. Luego Olvido, más lentamente, dejando brillar entre las maderas el blanco resplandor de sus piernas. Cerraron la trampilla y la oscuridad se cerró también sobre mí. Pero mientras el resplandor del tragaluz conquistaba el terreno abandonado por la luz de la trampa, la imagen del cuerpo entrevisto de Olvido persistía en mi imaginación igual que una fotografía.
Aquella noche yo estaba inquieto. Además no refrescó y se mantenía el calor, un calor insólito que había caído sobre la jornada como un fardo, desplazando con su pesadez la posibilidad de cualquier brisa mínima. Me asomé a la ventana y contemplé la huerta inmóvil. Brotaba allí un estrepitoso manantial sonoro, en el que proclamaban su existencia los grillos, las cigarras, los sapos. Pero todos los ruidos se unían en una curiosa armonía, y resonaban con un eco que les hacía solemnes y totales, como si en lugar de brotar en la huerta, en los alrededores familiares, proviniesen del espacio, de los mismos confines de la noche.
En la habitación de los abuelos había, sin embargo, otros sonidos, carentes de esta solemnidad serena: unos murmullos crispados, palabras violentamente masculladas, acaso lloros, sollozos.
El eco de sus voces sonó todavía durante mucho rato, porque creo que me dormí escuchándolas, en un sueño infeliz en el que se mezclaban las desnudeces de Olvido y la premonición de alguna congoja desconocida cuya simple suposición la rodeaba de un horror indescriptible
Me imagino que luego el verano iría transcurriendo de acuerdo con lo habituaclass="underline" baños en el río, caminatas por el -monte, exploraciones de prados y bosques. Ignoro cuánto tiempo más, pero tengo el recuerdo preciso del día en que vinieron mis padres.
Aquella tarde, Lupi y yo estábamos en el castro (debía ser ya fines del verano, porque estaban madurando las primeras moras) cuando vimos la masa cuadrada y negra de un automóvil que se internaba en el pueblo y recorría las curvas y las cuestas de las calles hasta desaparecer detrás de la casa del abuelo. Entonces eran muy escasos los autos y la entrada de uno de ellos en el pueblo tenía siempre significado de novedad. Por eso bajamos y, posponiendo el baño en el pozo para esa hora en que el sol se pone y las aguas y el ambiente se acompasan en una frescura benefactora, nos encaminamos a casa del abuelo.
En la sombra de la fachada, junto al portal, estaba el coche: era el taxi que mi padre utilizaba para los desplazamientos familiares. El conductor dormitaba, la gran cabeza calva y rojiza apoyada contra el marco de la ventanilla. Mi padre paseaba delante de la casa, fumando un cigarrillo. Cada poco se detenía para golpear el suelo con su bastón, levantando una pequeña nubecilla de polvo. Me acerqué a él y me miró con extrañeza, besándome levemente cuando levanté yo la cabeza para besarle a él.
– ¿Dónde te habías metido? -me dijo.
– Estaba en el monte -repuse-. Este es Lupi.
Mi padre apenas le miró. Clavaba en mí sus ojos, con reprobación ante mi desaliño.
– Qué fachas -comentó.
Luego, me empujó hacia la puerta.
– Anda, anda, ve a prepararte, que nos vamos. Yo no comprendía.
– ¿Nos vamos? ¿A dónde?
– A dónde va a ser, a casa. Venga, espabila.
La abuela y Trini estaban vestidas de domingo, sentadas en la sala, junto al gran baúl. Mamá parecía también muy seria. Me tomó de la mano y me llevó casi a rastras hasta mi habitación.
– Lávate y ponte esta ropa -me dijo.
– ¿Por qué me voy? ¿Viene la abuela con nosotros? ¿Y también Trini?
Mi madre no decía nada. Estaba terminando de arreglar mi pequeña maleta amarilla. Luego me peinó con aquella meticulosa atención suya, sacando la punta de la lengua mientras intentaba perfilar la raya, con un gesto que me devolvía, con la dulzura de su presencia, el amargor de recuperar el final de las vacaciones, de entreabrir las puertas del invierno.
Cuando bajamos, ya el baúl de la abuela estaba colocado en la baca y la abuela y Trini sentadas dentro del taxi, la abuela en el asiento trasero y Trini en un transportín.
– ¿Ya estáis? -preguntó mi padre.
Mi madre afirmó con la cabeza. Yo notaba en ella una gran desazón.
– ¿Y el abuelo? -pregunté yo.
Todos guardaban silencio. Al fin, mi padre repuso: -Tu abuelo se queda.
– Voy a decirle adiós.
Pero mi padre argumentó que el abuelo no estaba. Yo percibí claramente una gran tensión en todos. Mi padre me agarró del brazo y me hizo entrar en el coche y sentarme en el otro transportín. El se sentó junto al conductor.
– Vamos -dijo.
El coche se puso en marcha.
– Adiós, Lupi -le grité a mi primo.
Lupi levantó la mano desmañadamente, sin decir nada, con una expresión de estupor en los ojos que era sin duda fiel reflejo de la que debía haber en los míos.
Sin duda el sonido es una voz
Sin duda el sonido es una voz, el embrión de una palabra en trance de brotar de una garganta humana que oyes muy confusamente, más allá del ruido del río, cada vez más sólido y persistente. Aún no has conseguido iniciar el gesto de levantarte, ni has acabado siquiera de organizar en tu pensamiento la frase para decirle a Lupi que se levante también, mientras miras sus ojos desorbitados que continúan reflejando el resplandor amarillo y titubeante que se arrastra sobre vosotros.
Recién despierto, contemplas el rostro de Lupi y apenas lo reconoces, todavía. Y sin embargo, cuántas imágenes se han derramado, como las aguas rapidísimas de una torrentera, por tu recuerdo.