Ya hacía rato que estábamos en la sobremesa. Olvido se había sentado también, y ella y tú bebíais orujo de guindas, mientras Lupi fumaba con ansia un cigarro que había liado con pericia de fumador veterano. Dejamos de hablar de la obra de teatro y yo invoqué a los nuevos poetas, busqué en mi maleta algunos libros y declamé en voz alta las palabras misteriosas como espectros, fulgurantes como gemas:
«Todo es mentira. Soy mentira yo mismo, que me yergo a caballo en un naipe de broma y que juro que la pluma, esta gallardía que flota en mis vientos del Norte, es una sequedad que abrillanta los dientes, que pulimenta las encías»…
Pero la aceptación que solicitaba, en lugar de producirse, suscitó en ti recitados de versos de Campoamor y de viejos romances que, frente a la exaltación de los que entonces me atraían, ofrecían a mis oídos un rechinar de músicas inservibles:
Aquella primera noche renuncié a continuar expresándoos mi gozo por los nuevos ámbitos de mi conocimiento: decidí que vosotros estabais muy lejos de aquellos nuevos intereses míos y creí que, comprendiéndoos ignaros, podía asumiros tal como erais. Con esa gratificante generosidad me dormí. Pero no era cierto, abuelo. Perdóname.
Al día siguiente, en la penumbra inmóvil de la huerta, cálida y húmeda, fuiste tú quien se hizo narrador entusiasta, y te dirigías a mí como participándome una maravillosa sorpresa: aquella primavera habías descubierto, en un rincón de la huerta, un viejísimo estanque y, tras desescombrarlo, habías encontrado, en el tubo de barro cocido de su desagüe, un dado de hueso y muchas fichas circulares, por lo menos veinte, con grabados distintos todas ellas (círculos, cruces superpuestas, dientes en el borde…), la mayoría de hueso, pero algunas de vidrio, de color perla y azul, y otras de piedra, blancas, oscuras.
Mostrabas aquellos vetustos objetos como tesoros inestimables, incluías en tus hipótesis a moros y a romanos, en pintoresco anacronismo, imaginabas sin base alguna la historia en que unos niños escondían en aquel lugar su juguete preferido antes de una huida indescifrable, motivada acaso por alguna invasión enemiga.
Aquello llegó a hacerme reír, abuelo. Converso tierno de una cultura racional y positiva, te sentencié inmerso en un mundo irracional y apócrifo. El caldero de oro, los nebulosos hombres que los romanos derrotaron, la rueda de invasores e invadidos que había girado junto al río a lo largo de los siglos, aquellos conquistadores a la busca de los tesoros ignotos de Moctezuma, me sonaban al cabo con retintín de cuentos de vieja. Yo me encontraba incorporado a una nueva gravedad de talante, a una seriedad que me prohibía toda concesión a aquellas fabulaciones aldeanas. Tu biblioteca (viejos itinerarios, vetustos textos que relacionaban con énfasis tesoros imposibles, alguna novela hermética, los libros de varios cronistas de Indias, las viejas monografías locales de eruditos decimonónicos) me parecía el colmo de la letra muerta. Otras eran mis lecturas y mis aventuras, y sólo de razón.
Sí, yo pensaba haber estado más tiempo y, sin embargo, me fui antes de la semana. Tomé aquella decisión creyendo firmemente que habíais quedado ya para siempre archivados, disecados, en una parte pasada de mi vida, muy atrás, y que vuestra existencia ya no tenía lugar alguno en aquel remolino mío de que yo mismo era el ojo.
Pero esa decepción, que yo imaginaba serena, una decepción fruto natural de mi madurez, de mi crecimiento; una decepción que, aun con su leve amargor, me hacía aún más respetable e interesante a mis propios ojos, se mezclaba, no obstante, con otros sentimientos menos nobles. Para quitarme toda responsabilidad en aquella actitud de alejamiento, la vi como la culminación de la hostilidad familiar. Y. para no hacer caer tampoco toda la responsabilidad en mi familia, os atribuí parte de las faltas que eran agravio permanente de la abuela, de mi padre, de mi casa: a esa luz, Olvido aparecía como la hembra engañosa, por otro lado tan vulgar (maligno, me complacía en descubrir la aspereza de sus manos, las manchas de sudor bajo sus sobacos, el brillo plateado de una prótesis modesta en su boca…), que había desplazado a la abuela de tu afecto, destruyendo así uno de los núcleos más importantes de la familia; tú, un viejo rijoso, egoísta, irresponsable, que habías trocado la dignidad patriarcal por el disfrute de aquellas carnes plebeyas; a la nueva luz, el propio Lupi, compañero de las infantiles odiseas, no era más que un mozo embrutecido.
La parte de mi infancia que habíais compartido quedaba pues enterrada, y yo me separé de vosotros sin deberos nada, sin nostalgia alguna, sin volver la cabeza atrás. Sí, abuelo, tienes que perdonármelo.
Y cuando la lechuza grita y aletea, mi corazón retumba, mi garganta suelta una exclamación, y recibo un susto total, perfecto, doloroso como un castigo eficaz.
Ceniza: la muerte del abuelo
Ceniza: la muerte del abuelo me había hecho descubrir, con rara lucidez, un panorama ceniciento. Todo estaba cubierto de una costra de ceniza. Mi mundo era un inmenso recibidor sombrío donde me contemplaban, con inescrutable ensimismamiento, inmensos rostros grises de los que aquel de la Virgen, y el de doña Ambrosia, y el de Cutillas, y el de la anciana Verónica, e incluso el de Ana Mari, sólo eran remedos, suavizados acaso para hacerme más tolerable una realidad peor.
Ceniza, y un ámbito gastado y mugriento que me rodeaba a todas las horas, en todos los lugares, un espacio lleno de huellas de uso, hollado como esos muebles viejos que conservan para siempre, con las marcas de innumerables posaderas, cansancios insondables.
Nada parecía haber cambiado y, sin embargo, yo lo sabía distinto. Un velo había desaparecido, un velo antes sutil, pero que había sido capaz de ocultar las cosas tal como eran.
Viví entonces unos días desmesuradamente largos, marcados por esos sueños que apenas se recuerdan pero que te dejan, al despertar, la certidumbre de una angustia insoslayable. Con ese recóndito desengaño, ese sabor acre de alguna pérdida inconcebible e irreparable, comenzaba mi jornada.
Nada había cambiado, en efecto, pero todo tenía una presencia más nítida, más áspera; ninguna penumbra piadosa disimulaba ahora los límites de la realidad.
Allí estábamos sentados, en dos filas de mesas, inclinados sobre nuestra tarea como estudiantes temerosos en sus pupitres; y enfrente, tras la mampara de cristal, como dentro de una pecera, de un terrario, de una urna funeraria, se mantenía hora tras hora la presencia insoslayable de Cutillas, con aquel rostro suyo que hacía aún más pálido el reverbero del neón pero que, a veces, se matizaba con otros reflejos, según las pólizas que iba comprobando: verde si Vida, amarillo si Incendio, naranja si Combinado…
Yo permanecía amarrado todavía a la indescifrable desesperanza de aquellas pesadillas confusas y separaba las propuestas de pólizas con un esfuerzo ajeno al habitual automatismo, con una voluntad violenta de entender los términos y las cifras. Porque menudeaban mis errores y se amontonaban los documentos en la bandeja de entrada. Los demás me miraban subrepticiamente, porque se quedaban con las manos vacías y yo no acababa de despachar material. Y allí estaba yo, luchando con una envoltura invisible que parecía asfixiarme, debatiéndome en aquel ensimismamiento que intentaba arrastrarme a los remolinos de la inconsciencia.
Nada había cambiado y, sin embargo, nada era igual ya. El tercer día, Cutillas salió de su pecera y se acercó a mí con una póliza de Vida en la mano.
– Esta tampoco está bien -me dijo-. Qué le pasa.