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Me alcé, sobrevolando el tejado, hasta recibir la visión de la parte trasera de la casa, con sus galerías sobre aquel jardín enmarañado y salvaje del viejo chalet vacío. A lo lejos se alzaba, más oscura que la misma noche, la masa de San Marcos.

Por fin me acerqué (pero suavemente, muy despacio, en una caída sin vértigo, sin que la fuerza de la gravedad me empujase, flotando sin sobresaltos) hasta quedar a la altura de los ventanales de la galería.

La luz se derramaba por los cristales, creando en el patio un ámbito apacible que se iba repitiendo, aunque no de modo uniforme, en las luces provenientes de otros ventanales, más abajo, en la sucesiva profundidad de los muros.

Apoyado en el alféizar, contemplaba el interior de la habitación como si asistiese a la proyección de una película muda: tan cerca de mí y, sin embargo, tan lejanos, inaudibles, papá, mamá, la abuelita, Alfonso, Marcelo, todos alrededor de la mesa, cenando, y yo mismo sentado junto a ellos, y Dorita en el otro extremo del cuarto, agachada, buscando algo en el suelo. Toda la familia y yo mismo, niño, y papá reprendiéndome por algo, o es a los otros a quien reprende: al parecer, reprende a Dorita, a juzgar por la dirección de su rostro.

Yo, hace tantos años, inclinada la cabeza. Acaso es el momento de empezar la cena, cuando la oración, y Dorita no se ha sentado aún a la mesa. Papá levanta el índice de la mano derecha y rasga con él el aire varias veces, arriba y abajo. Dorita viene a la mesa por fin, todos nos persignamos, en la puerta ha aparecido Trini con la sopera humeante entre las manos y nos contempla. La oración ha terminado, papá se santigua otra vez rápidamente, mete con gesto enérgico un pico de la servilleta en el escote y se vuelve a Trini, el ceño fruncido.

En esta época, pese a todas las prohibiciones, Dorita juega en la consulta: mueve el sillón, sube y baja el torno, manosea el instrumental… Pero, aunque siempre cree dejarlo todo igual que estaba, papá descubre sin falta los instrumentos descolorados, el sillón ligeramente movido, una inclinación desacostumbrada en los objetos, quizá incluso una muñeca olvidada.

Papá hace muy a menudo el panegírico del orden. A veces, se enfurece demasiado y crea él mismo un súbito desorden; pero, en general, se obliga a un pausado y repetido ritual en todas sus acciones. Nosotros comprendemos a papá: mamá nos dice, musita, que papá ha tenido que luchar mucho: la carrera, la guerra, la profesión. Una herida de guerra en el muslo le dejó la pierna casi rígida y se ayuda al andar con un bastón negro que tiene una cabeza de perro, de plata, en la empuñadura. A mí me gusta ver esa cabeza, acariciarla, imaginarme que es un pequeño perro vivo, que podría ladrar y hasta morder.

Cuando riñe a Dorita, ella dice que entra en la consulta porque también quiere ser dentista de mayor; pero papá no transige, aquello aumenta incluso su enfado, impreca a mamá, a la abuelita, a Trini, por no tener a esa niña bien sujeta, por no educarla mejor. En realidad, el dentista va a ser Alfonso. Para Dorita, papá no tiene nada previsto todavía. Alfonso va a ser dentista; Marcelo, ingeniero, porque se le dan mejor las ciencias que las letras. En cuanto a mí, las ciencias no se me dan bien: seguramente seré abogado, como el tío' Lucas, el hermano de papá que vive en Valladolid. También papá es de Valladolid: vino a León cuando le hirieron, y aquí conoció a mamá, que estaba estudiando para maestra. A lo mejor luego hago oposiciones a notario, a registrador o a abogado del Estado, como dice papá mirándome apreciativamente. A Dorita no se le ha asignado ningún destino aún, y papá se limita a aconsejarle que sea aplicada, ordenada, más limpia: se enfada mucho cuando la ve comer con los dedos, porque ella es capaz de comer con los dedos hasta los huevos fritos.

Y allí estoy yo, contemplándoles en silencio, absorto: he volado hasta esta noche de mi infancia y a pesar de papá malhumorado y del clima de la cena, me gusta verlos, vernos a todos juntos; a pesar de todo, es entonces cuando me siento inmerso en un universo también más a mi medida: a veces hay la tremenda desazón de los exámenes, o papá grita a mamá y la bronca me llena de horror; pero, en general, acepto sin disgusto, aunque no la comprenda, esta disposición de las cosas, ajustada a rutinas y a almanaques, que funciona sin pausa por encima de mí.

Y, de pronto, es el mismo alféizar, el mismo patio, acaso la misma luz, y sin embargo ya no estoy yo ahí dentro, ni Dorita, ni mamá, ni Marcelo. Están solos Alfonso, papá, la abuela. No les oigo, pero les entiendo. Hablan de mí y tengo miedo, me siento incómodo, asustado. Luego comprendo que esto no está sucediendo exactamente así, que no soy yo el objeto de su crítica: bajo mi visión late el recuerdo del enfado de papá cuando lo de Dorita.

Mamá lloraba sin cesar. Papá echó a Dorita de casa, y yo me enfrenté a él y me pegó. Fue en la sala de espera. Yo había entrado en la consulta para hablar con él a solas. Era al anochecer: debía estar trabajando, ordenando historiales, organizando las vitrinas; ya Paquita se había ido hacía tiempo.

Yo intentaba ser amable con él, dócil, inofensivo, pero todavía estaba vigente nuestra polémica: una vez más un curso había sido catastrófico y él había manifestado su rotunda oposición a mis escarceos teatrales y me había dado el último plazo para aprobar todo lo pendiente, o tendría que arreglármelas por mi cuenta.

Era finales de septiembre (al parecer, lo de Dorita había empezado a principios de verano, cuando había ido a Irlanda a casa de aquella amiga suya de la Asunción) pero hacía unos días de calor, un veranillo inusual. Papá se había arremangado la camisa pero no estaba trabajando: no había sobre su mesa ese desconcierto eventual del tiempo en que, cada día, repasaba y consideraba el trabajo de la jornada. Ahora tenía la cabeza entre las manos y los ojos cerrados. Cuando entré los abrió, al oírme, y yo sospeché que mi intervención era inoportuna, porque todavía estaban muy cercanos los sucesos del mediodía, en que su furia culminó en varios manotazos bruscos que derramaron los vasos sobre la mesa y empujaron la jarra del agua al suelo, salpicando las piernas de todos.

Abrió (os ojos y los vi brillar a la luz de la lámpara de la mesa. Aquel brillo me hizo aún más sumiso. Entonces, él empezó a revolver las fichas y los papeles.

– Qué quieres -dijo.

Yo repuse que quería hablarle de Dorita, pedirle que reconsiderase aquella postura suya. Aquel papel de intercesor, tan espontáneamente interpretado, encendía en mí una emoción que yo creía del todo convincente. Pero Dorita estaba expulsada del Edén y papá no volvería atrás en su sentencia, al menos en un plazo inmediato. Se levantó, gritaba, me fue empujando hasta echarme de la consulta.

Entramos en la sala de espera. Las palabras que mediaron hasta sus golpes no las recuerdo. De pronto, me ardía la cara, sentí en todo mi ser una acongojada frustración que casi me hacía gritar. El perdió el equilibrio, sin duda por culpa de su pierna coja, y cayó al suelo: allí estaba, derrumbado, atónito, acusándome de haberle agredido, lo que no era cierto, hasta que su furor derivó también en pena y se puso a sollozar, llamándome mal hijo.

Es el tiempo correcto, tan lejos de aquellas cenas de la infancia: la pobre mamá estará en la cama, con sus achaques; Marcelo estará en Oviedo; Dorita seguirá en Londres, casada con aquel pintoresco vendedor que narraba la Leyenda Negra con indescifrable ingenuidad, aquella vez que fui a verles, precisamente en Navidades, y comprendí hasta qué punto resulta imprevisible el futuro de quienes más cercanos son para uno. Ahí está Alfonso, también médico ya, apoyando a papá con gestos de cabeza, y la abuelita, tan sorda, y papá con su bigotillo ya del todo blanco, pero todavía apasionado, furibundo, cortando con su índice ese aire que los demás respiran.