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Todavía teníais siervos, aunque la relación con ellos estaba muy determinada por la humildad de los señores. También, abandonando la apostasía original que fuera concausa del linaje, habíais vuelto al seno de la Santa Madre Iglesia: ocupabais un lugar cercano al presbiterio y no dejabais de asistir a ninguna ceremonia.

Fue precisamente un fraile regular el enardecido instigador de tu regreso al solar español. Empezabais entonces la época de mejora económica, como consecuencia de la venta de terrenos, en aquel tiempo del mercado multitudinario y el gran tráfico y el auge de los almacenes portuarios, cuando las llegadas de la flota convertían la ciudad en un inmenso trajín de hombres y mercaderías.

Vuestro bienestar no había cambiado las costumbres familiares. Ni siquiera buscasteis homogeneizar el crecimiento de la vieja casa, que había llegado a ser una multiforme acumulación de construcciones, muy diversas en su factura, improvisadas según iban planteándose las necesidades de las generaciones sucesivas, y donde el barro, la palma, la piedra labrada, el ladrillo y la madera conformaban una estructura sincopada, casi laberíntica.

No hubiera sido afortunado, por otra parte, intentar trasladarse más cerca del centro de la ciudad, a alguna de las calles aledañas a la del Corregidor; puesto que, aunque nadie podía dudar de aquellos orígenes, incluso míticos, de vuestro linaje, las familias de la ciudad preferían, en su convivencia, una mayor blancura de tez.

Sin embargo, esto no parecía tener importancia alguna para el fraile. Así, del mismo modo que consiguió que tu hermano mayor se hiciese con los conocimientos y los diplomas necesarios para participar con éxito en los tratos de Veracruz, convenció a vuestro padre de que tú, el hijo segundo, harías un buen fraile, especulando con los eventuales destinos jerárquicos que podía depararte tal profesión, por lo demás pura y sagrada como ninguna.

En un retorno de la flota, te embarcaste rumbo a España. Después de tantos años frente al mar, lo surcabas por primera vez sobre un navío grande, aprendías a temerle como le temen los marinos, te mareabas hasta ese punto en que la conciencia percibe en todas las impresiones un tacto viscoso que todo lo desorienta y sólo deseas dormir, esperando quizá un olvido más radical.

En aquella situación, entre bascas y bilis, fuiste rumiando el pasado, tan cercano todavía, hasta juzgarlo una fábula, un imposible. En aquella permanente movilidad, en aquel balanceo implacable saturado de olores acres, picantes, de vaharadas turbias que se arrojaban sobre ti desde las lejanas bodegas, llegaste a creer que carecías de pasado, que no venías de ninguna parte, que eras alguien solamente para este presente abominable o para un futuro todavía impreciso, aunque muy levemente perfilado, no rechazado todavía como imposible. Y aquella sombra de futuro te sugería una vida siempre igual, bajo mantos similares a los del fraile, una vida por lo menos exenta de aquellos olores a rancias salazones, a brea, una vida sin mareos de ninguna clase, sobre el suelo firme, alternando las caminatas para atender a la feligresía con las misas, los rosarios, los oficios, las conmemoraciones y las pascuas.

Así, después de varios días, habías asumido con absoluta resignación la separación de la madre, del padre, de los hermanos y de los amigos. En las treguas que el mareo te concedía, repasabas los Evangelios con furiosa obstinación, hasta que te los aprendiste de memoria, y aún más, hasta saberlos de tal modo que las anécdotas perdieron su sentido, porque sobre ellas prevalecía la propia forma de las palabras. Y las palabras quedaron grabadas en tu mente como muescas que eras capaz de traducir, de interpretar automáticamente, pero que ya no tenían significado alguno.

Cuando el barco ancló definitivamente (la tierra de tu antepasado era solamente bruma y lluvia, más allá del agua oscura y de los muelles tenebrosos y húmedos) tu única emoción era la sensación de estar soñándolo todo: la travesía, el mundo que te esperaba (y que, como un complemento rutinario de aquella vestidura imaginada, los hábitos de fraile, te parecía también en gran parte sabido de memoria), tu origen familiar, Nueva España. Sin duda el persistente mareo, resuelto en incontables vómitos y perenne debilidad, velaba el correcto aprehender de tus sentidos.

Aquel destino tuyo, que para toda la familia resultó en principio indescifrable, tenía un sentido evidente para el fraile. Su vinculación a todos vosotros se hizo más profunda, y convirtió en rutina casi cotidiana las iniciales visitas, cuando leyó los memoriales y las escrituras del antepasado español, aquellos pergaminos y papeles ya tan oscuros de puro viejos que el padre conservaba envueltos en los paños de los dibujos maravillosos, en aquellas telas donde, con colores y trazos que parecían recién pintados, el artista había puesto extrañas figuras de guerreros, defensores e invasores, indios y españoles, agrupadas o distribuidas de forma también rara, entre cuadrados y redondeles.

El fraile estuvo revisando aquello sentado junto a la noria, sobre una gran piedra de las viejas ruinas, y parecía como absorto en alguna oración mientras repasaba los viejos documentos, hasta que el sol se puso. Volvió al día siguiente, y al otro, hasta que logró comprender los documentos en su totalidad. Se hizo desde entonces familiar a la casa. Cuando estaba el padre, conversaba con él; si no, rezaba el rosario con las mujeres, o se quedaba leyendo sus oraciones, sentado junto a la noria.

En aquellos memoriales, el fraile había encontrado al parecer algo propio: el relato de su tierra original y de sus gentes.

Con los ojos perdidos, en los labios una mueca semejante a un resoplido, sin acabar de comer su taco, el fraile contaba que el había nacido en el mismo pueblo que vuestro antepasado del otro lado del mar, allá en la lejana metrópoli, y señalaba al punto por donde el sol nacía, en algún país cuyos datos de identidad estaban señalados por un gran río en el que vertían otros ríos límpidos y poderosos, en un espacio entre enormes montañas blancas y ondulados oteros. El fraile tenía incluso vuestro apellido entre los suyos, y aquel paisanaje parecía resultarle, quién sabe por qué, especialmente significativo.

Se quedaba mirándote largo tiempo, con expresión de gran curiosidad, mientras tú estudiabas; te palmeaba sin razón aparente las espaldas, con manotazos sin embargo cordiales; te animaba con especial ahínco cuando coronabas los esfuerzos de alguna irreductible declinación.

Solía referirse a su pueblo, el mismo de tus orígenes españoles, sintetizando en unas frases, con satisfacción siempre renovada, el objetivo principal que parecía cumplir, para él, aquel destino a que te empujaba:

– Indio hasta la raíz del pelo: menuda cara pondrá esa gente cuando vea un fraile así, pero de su linaje.

E, indefectiblemente, soltaba una gran risa.

La visión de tus ojos, de tu rostro

La visión de tus ojos, de tu rostro, me ha traído al principio el recuerdo del caldero de oro, la imagen de la cabezona con aquellas largas cejas que se prolongaban en la curva de la nariz y que rodeaban los grandes ojos almendrados de iris vacío, pero inmediatamente ha suscitado en mí la iluminación de un descubrimiento insospechado.

Y mientras esa palabra, esa voz, continúa flotando sobre nosotros sin terminar de formularse, y esa luz rastrera, que debe ser la de alguna linterna, titubea contra las ramas peladas y saca chispas de tus ojos inmóviles, comprendo que nos equivocamos, Lupi. El abuelo no ocultó el caldero de oro en ningún lugar de la casa. Ahora me doy cuenta de lo inútil que fue nuestro esfuerzo: aquel trajín desde el desván hasta el sótano, moviendo los muebles, registrando los suelos, palpando las vigas, escarbando los lienzos de muro que sonaban a hueco.

Yo no estaba seguro de haber visto el caldero alguna vez, e incluso había llegado a sospechar que solamente se trataba de una fábula. Pero tu empecinado convencimiento consiguió hacerme creer que era cierto, que realmente existía, convencerme incluso de que yo mismo lo había comprobado por mis propios ojos, y mantenerme en el trance de aquella búsqueda febril, aquel desescombrar las ruinas que permanecían debajo de la casa, desde la mañana a la noche, deteniéndonos sólo para comer, y hasta eso de modo apresurado, casi sin hablar, cubiertos de polvo, mientras Olvido nos reconvenía por aquellos afanes que ella consideraba más pro-píos de unos locos.